Capítulos 1 / 2 / 3 / 4 / 5 / 6 / 7 / 8 / 9 / 10 / 11 / 12 / 13 / 14 / 15 / 16 / 17 / 18 / 19 / 20 / 21 / 22 / 23 / 24 / 25 / 26 / 27 / 28 / 29 / 30 / 31 / 32

Часть 1. Глава 1

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

I

Pues señor... fue el 15 de Mayo, día grande de Madrid (sobre este punto no hay desavenencia en las historias), del año... (esto sí que no lo sé; averígüelo quien quiera averiguarlo), cuando ocurrió aquella irreparable desgracia que, por más señas, anunciaron cometas, ciclones y terremotos, la muerte de doña Lupe la de los pavos, de dulce memoria.
     Y consta la fecha del tristísimo suceso, porque D. Francisco Torquemada, que pasó casi todo aquel día en la casa de su amiga y compinche, calle de Toledo, número... (tampoco sé el número, ni creo que importe) cuenta que, habiendo cogido la enferma, al declinar la tarde, un sueñecito reparador que parecía síntoma feliz del término de la crisis nerviosa, [6] salió él al balcón por tomar un poco el aire y descansar de la fatigosa guardia que montaba desde las diez de la mañana; y allí se estuvo cerca de media hora contemplando el sin fin de coches que volvían de la Pradera, con estruendo de mil demonios; los atascos, remolinos y encontronazos de la muchedumbre, que no cabía por las dos aceras arriba; los incidentes propios del mal humor de un regreso de feria, con todo el vino y el cansancio del día convertidos en fluido de escándalo. Entreteníase oyendo los dichos germanescos que, como efervescencia de un líquido bien batido, burbujeaban sobre el tumulto, revolviéndose con doscientos mil pitidos de pitos del Santo, cuando...
     «Señor -le dijo la fámula de doña Lupe, dándole tan tremendo palmetazo en el omóplato (2), que el hombre creyó que se le caía encima el balcón del piso segundo-, señor, venga, venga acá... Otra vez el accidente. De esta me parece que se nos va».
     Corrió a la alcoba D. Francisco, y en efecto, a doña Lupe le había dado la pataleta. Entre el amigo y la criada no la podían sujetar; trincaba la buena señora los dientes; en sus labios hervía una salivilla espumosa, y sus ojos se habían vuelto para dentro, como si quisieran cerciorarse por sí mismos de que ya [7] las ideas volaban dispersas por esos mundos. No se sabe el tiempo que duraron aquellas fieras convulsiones. Pareciéronle a D. Francisco interminables, y que se acababa el día de San Isidro y le seguía una larguísima noche, sin que doña Lupe entrase en caja. Mas no habían sonado las nueve, cuando la buena señora se serenó, quedándose como lela. Diéronle de un brebaje, cuya composición farmacológica no consta en autos, como tampoco el nombre de la enfermedad, se mandó recado al médico, y hallándose la enferma en completa quietud de miembros, precursora de la del sepulcro, con toda la vida que le restaba asomándose a los ojos, otra vez vivos y habladores, comprendió Torquemada que su amiga quería hablarle, y no podía. Ligera contracción de los músculos de la cara indicaba el esfuerzo para romper el lúgubre silencio. La lengua al fin, pellizcada por la voluntad, se despegó, y allá fueron algunas frases que sólo D. Francisco con su sutil oído y su conocimiento de cuanto pudiera pensar y decir la de los pavos podía entender.
     «Sosiéguese ahora...-le dijo-. Tiempo tenemos de hablar todo lo que nos dé la gana sobre esa incumbencia».
     -Prométame hacer lo que le dije, D. Francisco -murmuró la enferma alargando una [8] mano, como si quisiera tomar juramento-. Hágalo, por Dios...
     -Pero, señora... ¿Usted sabe...? ¿Cómo quiere que...?
     -¿Y cree usted que yo, su amiga leal -dijo la viuda de Jáuregui, recobrando como por milagro toda la facultad de palabra-, puedo engañarle? En ningún caso le aconsejaría cosa contraria a sus intereses, menos ahora, cuando veo las puertas de la eternidad abiertas de par en par delante de mí... cuando siento dentro de mi pobre alma la verdad, sí, la verdad, Sr. D. Francisco, pues desde que recibí al Señor... Si no me falla la memoria, ha sido ayer por la mañana.
     -No señora, ha sido hoy, a las diez en punto -replicó él, satisfecho de rectificar un error cronológico.
     -Pues mejor: ¿había yo de engañarle... con el Señor acabadito de tomar? Oiga la santa palabra de su amiga, que ya le habla desde el otro mundo, desde la región de... de la...
     Tentativa frustrada de dar un giro poético a la frase.
     «Y añadiré que lo que le predico le vendrá de perillas para el cuerpo y para el alma, como que resultará un buen negocio, y una obra de misericordia, en toda la extensión de la palabra... ¿No lo cree?...». [9]
     -¡Oh!, yo no digo que...
     -Usted no me cree... y algún día le ha de pesar si no lo hace... ¡Que siento morirme sin que podamos hablar largamente de esta peripecia! Pero usted se eternizó en Cadalso de los Vidrios, y yo en este camastro, consumiéndome de impaciencia por echarle la vista encima.
     -No pensé que estuviera usted tan malita. Hubiera venido antes.
     -¡Y me moriré sin poder convencerle!... D. Francisco, reflexione, haga caso de mí, que siempre le he aconsejado bien. Y para que usted lo sepa, todo moribundo es un oráculo, y yo muriéndome le digo: Sr. D. Paco, no vacile un momento, cierre los ojos y...
     Pausa motivada por un ligero amago. Intermedio de visita del médico, el cual receta otra pócima, y al partir, en el recodo del pasillo, pronostica, con sólo alargar los labios y mover la cabeza, un desenlace fúnebre. Intermedio de expectación y de friegas desesperadas. D. Francisco, desfallecido, pasa al comedor, donde en colaboración con Nicolás Rubín, sobrino de la enferma, despacha una tortilla con cebolla, preparada por la sirvienta en menos que canta un gallo. A las doce, doña Lupe, inmóvil y con los ojos vigilantes, pronunciaba frases de claro sentido, pero sin correlación [10] entre sí, truncadas, sin principio las unas, sin fin las otras. Era como si se hubiera roto en mil pedazos el manuscrito de un sabio discurso, convirtiéndolo en papeletas, que después de bien revueltas en un sombrero, se iban sacando, a semejanza del juego de los estrechos. Oíala Torquemada con profunda pena, viendo cómo se desbandaban las ideas en aquel superior talento, palomar hundido y destechado ya.
     «Las buenas obras son la riqueza perdurable, la única que, al morirse una, pasa a la cuenta corriente del Cielo... En la puerta del Purgatorio le dan a una una chapa, y luego, el día que se saca ánima, cantan: 'número tantos', y sale la que le toca... La vida es muy corta. Se muere una cuando cree que todavía está naciendo. Debieran darle a una tiempo para enmendar sus equivocaciones... ¡Qué barbaridad!, con el pan a doce, y el vino a seis, ¿cómo quieren que haya virtud? La masa obrera quiere ser virtuosa y no la dejan. Que San Pedro bendito mande cerrar las tabernas a las nueve de la noche, y veremos... Voy pensando que el morirse es un bien, porque si una viviera siempre y no hubiese entierros ni funerales, ¿qué comerían los ministros del Señor?... Veintiocho y ocho debieran ser cuarenta; pero no son más que treinta y [11] seis... Eso por andar la aritmética, desde que el mundo es mundo, tan mal apañada, en manos de maestros de escuela y de pasantes que siempre tiran a la miseria, a que triunfe lo poco, y lo mucho se... fastidie».
     Tuvo un ratito de lucidez, en el cual, mirando cariñosamente a su compinche, que junto al lecho era un verdadero espantajo de conmiseración silenciosa, volvió al tema de antes con igual insistencia: «Mire que me voy persuadida de que lo hará... No, no menee la cabeza».
     -Pero si no la meneo, mi señora doña Lupe, o la meneo para decir que sí.
     -¡Oh, qué alegría! ¿Qué ha dicho?
     Torquemada afirmaba, sin reparo de falsificar sus intenciones ante un moribundo. Bien se podía consolar con un caritativo embuste a quien no había de volver a pedir cuenta de la promesa no cumplida.
     «Sí, sí, señora -agregó-, muérase tranquila... digo, no; no hay que morirse... ¡cuidado!, quiero decir, que se duerma con toda tranquilidad... Con que... a dormirnos tocan».
     Doña Lupe cerró los ojos; pero no tardó en abrirlos otra vez, trayendo con el resplandor de ellos una idea nueva, la última, recogida de prisa y corriendo como un bulto olvidado que el viajero descubre en un rincón, [12] en el momento de partir. «¡Si sabré yo lo que me pesco al recomendarle que se junte con esa familia! Debe hacerlo por conciencia, y si me apura, hasta por egoísmo. ¿Usted sabe, usted sabe lo que puede sobrevenir?». Hizo esta pregunta con tanto énfasis, moviendo ambos brazos en dirección del asustado rostro del prestamista, que este se previno para sujetarla, viendo venir otro delirio con traqueteo epiléptico. «¡Ay! -añadió la señora, clavando en Torquemada una mirada maternal-, yo veo claro que ha de sobrevenir, porque el Señor me permite adivinar las cosas que a usted le convienen... y adivino que con su ayuda ganarán mis amigas el pleito... Como que es de justicia que lo ganen. ¡Pobre familia! Mi Sr. D. Francisco les lleva la suerte... Arrimamos el hombro, y pleito ganado. La parte contraria hecha un trapo miserable; y usted... No, no se han inventado todavía los números con que poder contar los millones que va usted a tener... ¡Perro, si no lo merece, por testarudo y por los moños que se pone!... ¡Menudo pleitazo! Sepa (bajando la voz, en tono de confidencia misteriosa), sepa D. Francisco, que cuando lo ganen, poseerán todita la huerta de Valencia, toditas las minas de Bilbao, medio Madrid en casas, y dos terceras partes de la Habana, en casas también... Ítem, una faja [13] de terreno de veinte y tantas leguas, de Colmenar de Oreja para allá, y tantas acciones del Banco de España como días y noches tiene el año; con más siete vapores grandes, grandes, y la mitad, próximamente, de las fábricas de Cataluña... Ainda mais, el coche correo de colleras que va de Molina de Aragón a Sigüenza, un panteón soberbio en Cabra, y no sé si treinta o treinta y cinco ingenios, los mejorcitos, de la isla de Cuba... y añada usted la mitad del dinero que trajeron los galeones de América, y todo el tabaco que da la Vuelta Abajo, y la Vuelta Arriba, y la Vuelta grande del Retiro...».
     Y no dijo más, o no pudo entender don Francisco las cláusulas incoherentes que siguieron, y que terminaron en gemidos cadenciosos. Mientras doña Lupe agonizaba, paseábase en el gabinete próximo con la cabeza mareada de tanto ingenio de Cuba y de tanto galeón de América como le metió en ella, con exaltación de moribunda delirante, su infeliz amiga.
     La cual tiró hasta las tres de la mañana. Hallábase mi hombre en la sala, hablando con una vecina, cuando entró el clérigo Nicolás Rubín, y consternado, pero sin perder su pedantería en ocasión tan grave, exclamó: Transit.
     «¡Bah!, ya descansó la pobrecita» -dijo Torquemada, [14] como dando a la difunta el parabién por la terminación de su largo padecimiento. No quiere decir esto que no sintiese la muerte de su amiga: pasados algunos minutos después de oído aquel lúgubre transit, notó un gran vacío en su existencia. Sin duda doña Lupe le había de hacer mucha falta, y no encontraría él, a la vuelta de una esquina, quien con tanta cordura y desinterés le aconsejase en todos los negocios. Caviloso y triste, midiendo con vago mirar del espíritu las extensiones de aquella soledad en que se quedaba, recorrió la casa, dando órdenes para lo que restaba que hacer. No faltaron allí parientes, deudos y vecinas que, con buena voluntad y todo el cariño que se merecía la difunta, le hicieron los últimos honores, esta rezando cuanto sabía, aquella ayudando a vestirla con el hábito del Carmen. De acuerdo con el presbítero Rubín, dictó D. Francisco acertadas disposiciones para el entierro, y cuando estuvo seguro de que todo saldría conforme a los deseos de la finada y al decoro de la familia y de él mismo, pues como amigo tan antiguo y principal, al par de la propia familia se contaba, retirose a su domicilio, echando suspiros por la escalera abajo y por la calle adelante. Ya despuntaba la aurora, y aún se oían, a lo largo de las calles obscuras, pitidos de [15] pitos del Santo, sonando estridentes por haberse cascado el tubo de vidrio. Oía también D. Francisco pasos arrastrados de trasnochantes y pasos ligeros de madrugadores. Sin hablar con nadie ni detenerse en parte alguna, llegó a su casa en la calle de San Blas, esquina a la de la Leche.

I

Так вот, сеньоры, 15 мая, в день великого мадридского праздника (на этот счет в летописях нет расхождений), в году... (уж и не припомню в каком: кто хочет, пусть сам доискивается) случилось непоправимое горе, еще раньше по всем приметам предсказанное ураганами, кометами и землетрясениями — умерла блаженной памяти донья Лупе, более известная под прозвищем Индюшатницы.
Итак, день печального события известен точно: ведь дон Франсиско Торквемада провел почти целые сутки у своего друга и сообщницы по ремеслу в ее доме на улице Толедо (не помню номера, да это и неважно). К вечеру, когда больная впала в глубокий сон, суливший, казалось, окончание кризиса, Торквемада вышел на балкон подышать свежим воздухом и немного отдохнуть после утомительного дежурства, длившегося с десяти часов утра. Там простоял он с полчаса, созерцая бесконечные вереницы адски грохочущих экипажей, кативших с Прадеры, шумную сутолоку людской толпы, беспорядочно, с заторами и водоворотами, сновавшей по тротуарам, уличные стычки, неизбежные к концу праздника при общей усталости и выпитом вине. До слуха его долетали бранные выкрики, что, словно пузыри взбиваемого теста, поднимались над городским шумом и лопались, покрываемые немолчным свистом сотен тысяч стеклянных свистулек, как вдруг...
— Сеньор, — окликнула его служанка доньи Лупе, так хватив ростовщика по спине, что тому показалось, будто на него балкон рухнул, — сеньор, скорее, подите сюда! Опять приступ! Сдается мне, конец ей приходит...
Дон Франсиско бросился в спальню: в самом деле, донья Лупе билась в судорогах. Торквемада и служанка едва могли удержать ее. Зубы доброй сеньоры были крепко стиснуты, на губах выступила пена, глаза закатились — казалось, они заглядывали внутрь, словно желая убедиться, что мысли умирающей уже покидают ее в беспорядочном бегстве. Неизвестно, сколько времени продолжался жестокий приступ, но дону Франсиско он показался бесконечным. Уже окончился день святого Исидро, за ним потянулась нескончаемая ночь, а донья Лупе все еще была жива. Около девяти часов утра добрая сеньора внезапно утихла, и на лице ее застыло бессмысленное выражение. Ей дали питье — состав, которого так и остался тайной для историков, равно как и название ее болезни, — и послали за врачом. Больная погрузилась в оцепенение, предвещавшее близкий конец; одни только глаза оставались живыми, и Торквемада понял: друг его желает что-то сказать ему, но не может. Едва заметное подергивание лица выдавало, как силится донья Лупе, нарушить тягостное молчание. Наконец воля одержала верх, и с языка страдалицы сорвалось несколько фраз, которые мог разобрать один Торквемада с его острым слухом и знанием всех помыслов Индюшатницы.
— Отдохните, — сказал он, — успеем еще наговориться вдоволь на сей счет.
— Обещайте сделать, что я просила, дон Франсиско,— пробормотала больная, простирая руку, словно желала взять с него обет. — Ради господа бога...
— Но, сеньора... Вы ведь знаете... Как же вы хотите, чтоб я...
— Неужто я, ваш истинный друг, могу обмануть нас? — сказала вдова Хауреги, будто чудом обретая вновь привычную бойкость речи. — Посоветую ли я вам во вред, особенно теперь, когда врата вечности отверсты предо мной... когда в моей бедной душе истина, да, истина, сеньор дон Франсиско... Ведь святой дух снизошел на меня... Если память мне не изменяет, я причастилась вчера утром...
— Нет, сеньора, сегодня ровно в десять, — ответил Торквемада, довольный, что поймал ее на хронологической ошибке.
— Тем лучше. Мне ли, причастившейся господа нашего, пускаться на обман? Внемлите святому слову друга — оно вещает вам уже из иного мира, из обители, где... где...
Она запнулась, тщетно стараясь придать фразе поэтический оборот.
— Еще добавлю: все, что я предрекаю, на пользу и душе вашей и телу: и дельце, глядишь, выгодное и милосердное деяние в, полном смысле слова... Не верите?
— Ох, да я ж не говорю...
— Нет, вы мне не верите... А когда-нибудь будете локти кусать, что не сделали, по-моему... Экая досада — помереть, не успевши обсудить все перипетии! Застряли на целый век у себя в Кадальсо-де-лос-Видриос, а я валялась тут как пригвожденная и сгорала от нетерпения, поджидая вас.
— Да знай, я, что вам так плохо, я бы раньше приехал.
— А теперь я умру, не убедив вас!.. Дон Франсиско, пораскиньте умом, послушайтесь меня: разве я когда вам худое советовала? Знайте: на смертном одре каждый — пророк, и я, умирая, говорю вам: сеньор дон Пако, не сомневайтесь ни минуты, зажмурьте глаза и...
Новый приступ вынудил больную умолкнуть. Пришел врач, прописал какой-то новый отвар и, выйдя в коридор, дал понять безнадёжность положения, вытягивая губы и качая головой. Снова осмотр, бесполезные растирания... Дон Франсиско, ослабев от усталости, прошел в столовую и там, в обществе племянника больной, Николаса Рубина, подкрепился яичницей с луком, которую служанка подала им в мгновение ока.
В полдень донья Лупе, неподвижно лежавшая с открытыми глазами, отчетливо произнесла несколько фраз; но они были бессвязны и отрывисты — одни без начала, другие без конца, словно в мозгу у нее разодрали на тысячу клочков рукопись старинного трактата: разделили на записочки, сложили в шапку и, перемешав, стали вынимать по одной, как при игре в фанты. С глубокой скорбью слушал Торквемада, как из головы, еще недавно столь здравой, разлетались во все стороны мысли, точно голуби из разоренной голубятни.
— Добрые дела — солидный капитал; как умрешь, его только и примут на текущий счет там, на небе... В дверях чистилища каждой душе дают по жетону, потом настает день, хор поет: «Номер такой-то!» — и... выходи, душа, одна за другой по очереди... Уж больно жизнь коротка. Думаешь, ты только на свет появилась, а глядишь — помирать пора. Они должны бы дать всякому время раскаяться... Вот ведь жестокость! В полдень — кусок хлеба, в шесть — вино, откуда же благочестию взяться? Рабочий люд и рад быть добродетельным, да не дают ему. А повелит святой Петр благословенный запирать кабаки в девять вечера — мы тогда и посмотрим... По мне смерть — благо: если бы все жили вечно, без отпеваний и похорон, чем бы кормились священники?.. Как ни верти, чтоб двадцать восемь и восемь было сорок, а все выходит только тридцать шесть. Почему? Да от сотворения мира бедная арифметика мыкается в руках школьных учителей и репетиторов-голодранцев! У нищих, ясно, малые числа в почете, а большие... большие прозябают...
В минуту просветления донья Лупе взглянула на скрягу, который молча, стоял у постели, всем своим видом выражая сочувствие, и с прежней настойчивостью заладила:
— Знаете, я все больше убеждаюсь, что вы так и сделаете... Нет, не качайте головой...
— Но, дорогая моя сеньора донья Лупе, если я и качаю головой, то лишь в знак согласия.
— Ах, какая радость! Что вы сказали?
Торквемада дал ей слово, не посовестившись лгать у одра умирающей. Легко утешать милосердной ложью того, кто не сможет вернуться и спросить с нас за неисполненное обещание.
— Да, да, сеньора, — добавил он, — помирайте себе спокойно... То есть нет, не надо умирать... будь оно неладно! Я хочу сказать, спите себе... и да будет сон ваш мирен, как вечерний благовест.
Донья Лупе сомкнула веки, но ненадолго; вдруг глаза ее озарились новой идеей,- последней, обретенной в прощальной спешке; так уже собравшийся в дорогу путник обнаруживает вдруг забытый в углу узелок.
— Неужто я ничего не смыслю и зря призываю вас породниться с этой семьей? По совести, вы должны это сделать, а если увильнете, то из одного лишь эгоизма. А знаете, что может случиться?
И столько лихорадочного возбуждения было в ее вопросе, в руках, простертых к самому носу перепуганного процентщика, что Торквемада бросился поддерживать ее, предвидя новый приступ горячечного бреда.
— Ах,— продолжала она, устремляя на Торквемаду матерински нежный взор, — я ясно вижу будущее... Господь вразумил меня. Я предсказываю: с вашей помощью мои друзья выиграют тяжбу... По всей справедливости они и должны ее выиграть. Несчастная семья!... Но дон Франсиско принесет им удачу... Взаимная поддержка — и дело выиграно... Противную сторону с грязью смешаем... А уж вам... числа не будет вашим миллионам... Черт меня побери, если вы их не заслужили с вашим-то упорством да стараньем... А выиграть процесс — легче легкого! Знайте (тут она понизила голос до таинственного, заговорщического шепота), знайте, дон Франсиско: как отсудят — все будет у них: сады Валенсии, рудники Бильбао, пол-Мадрида и десятки домов в Гаване. Кроме того, имение в двадцать с лишним лиг в Кольменар-де-Ореха, а уж акций Испанского банка — больше, чем дней в году! Да еще семь больших пароходов, большущих! И, почитай, половина всех фабрик в Каталонии... Мало того, контора дилижансов, что ходят из Молины-де-Арагон в Сигуенсу, великолепная усыпальница в Кабре и тридцать, а то и тридцать пять отменнейших сахарных заводов на Кубе... Прибавьте к этому половину денег, что привозят американские галионы, и весь табак провинций Вуэльта-Абахо, Вуэльта-Арриба, Вуэльта-Гранде-дель-Ретиро...
Она умолкла, а может быть, просто дон Франсиско не разбирал больше ее бессвязных речей, поминутно прерываемых вздохами. Пока донья Лупе боролась со смертью, он вышел в соседнюю комнату. Голова его кружилась от всех этих сахарных заводов на Кубе и американских галионов; несчастная сеньора совсем огорошила его своим предсмертным бредом.
До трех часов утра тянулась агония доньи Лупе. Дон Франсиско беседовал в гостиной с соседкой, когда на пороге появился с присущим ему видом ученого мужа священник Николас Рубин и мрачно провозгласил: «Transit!» — Ах, отходит, бедняжка!-—промолвил Торквемада, словно поздравляя умирающую с окончанием столь долгих мучений. Нельзя сказать, чтоб он остался бесчувственным к смерти своего друга: услышав скорбное «Transit», он ощутил, будто в жизни его образовался какой-то провал, пустота. Нет сомнения, ему будет очень не хватать доньи Лупе: не на каждом шагу попадается дельный советчик, столь разумно и бескорыстно помогавший ему во всех махинациях. Удрученный и подавленный, мысленно озирая безмерное одиночество, в которое он отныне погрузился, скряга обошел весь дом, отдавая необходимые приказания. Тем временем набилось полно родственников, кумушек и соседок, которые от души и со всей любовью, как того и заслуживала умершая, пришли отдать ей последний долг, прочесть молитвы в меру своего разумения и помочь обрядить донью Лупе в платье кармелитки. Посовещавшись со священником Николасом Рубином, дон Франсиско распорядился насчет погребения. В конце концов, убедившись, что все налажено в соответствии с волей усопшей, достоинством ее имени и его собственным — в качестве старинного и ближайшего друга он причислял себя к семье покойной, — Торквемада, вздыхая, спустился по лестнице и побрел домой.
Уже светало. Над темными улицами еще разносился дребезжащий свист надтреснутых свистулек, слышались тяжелые шаги полуночников и легкая поступь тех, кто встал на заре. Молча и нигде не останавливаясь, добрался дон Франсиско до своего дома на углу улиц Сан Блас и Молочной.

Часть 1. Глава 2

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

II

Sin permitirse más descanso que unas cinco horas de catre y hora y media más para desayuno, cepillar la ropita negra y ponérsela, calzarse las botas nuevas y echar un ojo a los intereses, volvió el usurero a la casa mortuoria, recelando que no harían poca falta allí su presencia y autoridad, porque las amigas todo lo embarullaban, y el sobrino cura no era hombre para resolver cualquier dificultad que sobreviniese. Por fortuna, toda iba por los trámites ordinarios. Doña Lupe, de cuerpo presente en la sala, dormía el primer sueño de la eternidad, rodeada de un duelo discreto y como de oficio. Los parientes lo habían tomado con calma, y la criada y la portera mostraban una tendencia al consuelo que había de acentuarse más cuando se llevasen el cadáver. Nicolás Rubín hociqueaba en su breviario con cierto recogimiento, entreverando [16] esta santa ocupación con frecuentes escapatorias a la cocina para poner al estómago los reparos que su debilidad crónica y el cansancio de la noche en claro exigían.
     De cuantas personas había en la casa, la que expresaba pena más sincera y del corazón era una señora que Torquemada no conocía, alta, de cabellos blancos prematuros, pues su rostro cuarentón y todavía fresco no armonizaba con la canicie sino en el concepto de que esta fuese gracia y adorno más que signo de vejez; bien vestida de negro, con sombrero que a D. Francisco le pareció una de las prendas más elegantes que había visto en su vida; señora de aspecto noble hasta la pared de enfrente, con guantes, calzado fino de pie pequeño, toda ella pulcra, decente, requetefina, despidiendo de su persona lo que Torquemada llamaba olorcillo de aristocracia. Después de rezar un ratito junto al cadáver, pasó la desconocida al gabinete, adonde la siguió el avaro, deseoso de meter baza con ella, haciéndole comprender que él, entre tanta gente ordinaria, sabía distinguir lo fino y honrarlo. Sentose la dama en un sofá, enjugando sus lágrimas, que parecían verdaderas, y viendo que aquel estafermo se le acercaba sombrero en mano, le tuvo por representación de la familia, que hacía los honores de la casa. [17]
     «Gracias -le dijo-, estoy bien aquí... ¡Ay, qué amiga hemos perdido!».
     Y otra vez lágrimas, a las que contestó el prestamista con un suspiro gordo, que no le costó trabajo sacar de sus recios pulmones.
     «¡Sí señora, sí, qué amiga, qué sujeta tan excelente...! ¡Como disposición para el manejo... pues... y como honradez a carta cabal, no había quien le descalzara el zapato! ¡Siempre mirando por el interés, y haciendo todas las cosas como es debido...! Para mí es una pérdida...».
     -¿Y para mí? -agregó la dama con vivo desconsuelo-. Entre tanta tribulación, con los horizontes cerrados por todas partes, sólo doña Lupe nos consolaba, nos abría un huequecito por donde viéramos lucir algo de esperanza. Cuatro días hace, cuando creíamos que la maldita enfermedad iba ya vencida, nos hizo un favor que nunca le pagaremos...
     Aquello de no pagar nunca sonó mal en los oídos de Torquemada. ¿Acaso era un préstamo el favor indicado por la aristócrata?
     «Cuatro días hace, me hallaba yo en mi finca de Cadalso de los Vidrios -dijo, haciendo una o redondita con dos dedos de la mano derecha-, sin sospechar tan siquiera la gravedad, y cuando me escribió el sobrino sobre la gravedad, vine corriendo. ¡Pobrecita! Desde [18] el 13 por la noche, su caletre, que siempre fue como un reloj, ya no marchaba, no señora. Tan pronto le decía a usted cosas que eran como los chorros de la verdad, tan pronto salía con otras que el Demonio las entendiera. Todo el día 14 se lo pasó en una tecla que me habría vuelto tarumba si no tuviera un servidor de usted la cabeza más firme que un yunque. ¿Qué locura condenada se le metió en la jícara, barruntándole ya la muerte? Figúrese si estaría tocada la pobrecita, que me cogió por su cuenta, y después de recomendarme a unas amigas suyas a quienes tiene dado a préstamo algunos reales, se empeñaba en...».
     -En que usted ampliase el préstamo, rebajando intereses...
     -No, no era eso. Digo, eso y algo más: una idea estrafalaria, que me habría hecho gracia si hubiera estado el tiempo para bromas. Pues... esas amigas de la difunta son unas que se apellidan Águilas, señoras de buenos principios, según oí, pobres porfiadas, a mi entender... Pues la matraca de doña Lupe era que yo me había de casar con una de las Águilas, no sé cuál de ellas, y hasta que cerró la pestaña, me tuvo en el suplicio de Tártaro con aquellos disparates.
     -Disparates, sí -dijo la señora gravemente-, [19] pero en ellos se ve la nobleza de su intención. ¡Pobre doña Lupe! No le guarde usted rencor por un delirio. ¡Nos quería tanto...! ¡Se interesaba tanto por nosotras...!
     Suspenso y cortado, D. Francisco contemplaba a la señorona, sin saber qué decirle.
     «Sí -añadió esta con bondad, ayudándole a salir del mal paso-. Esas Águilas somos nosotras, mi hermana y yo. Yo soy el Águila mayor... Cruz del Águila... No, no se corte; ya sé que no ha querido ofendemos con eso del supuesto casorio... Tampoco me lastima que nos haya llamado pobres porfiadas...».
     -Señora, yo no sabía... perdóneme.
     -Claro, no me conocía; nunca me vio, ni yo tuve el gusto de conocerle... hasta ahora, pues por las trazas paréceme que hablo con el Sr. D. Francisco Torquemada.
     -Para servir a usted... -balbució el prestamista, que se habría dado un bofetón en castigo de su torpeza-. ¿Conque usted...? Muy señora mía; haga cuenta que no he dicho nada. Lo de pobres...
     -Es verdad, y no me ofende. Lo de porfiadas se lo perdono: ha sido una ligereza de ésas que se escapan a las personas más comedidas cuando hablan de lo que desconocen...
     -Cierto.
     -Y lo del casamiento, tengámoslo por una [20] broma; mejor dicho, por un delirio de moribundo. Tanto como a usted le sorprende esa idea, nos sorprende a nosotras.
     -Y era una idea sola, una idea clavada, que le cogía todo el hueco de la cabeza, y en ella estaba como embutido todo su talento... ¡Y lo decía con un alma! Y era, no ya recomendación, sino un suplicar, un rogar como se pide a Dios que nos ampare... Y para que se muriera tranquila tuve que prometerle que sí... ¡Ya ve usted qué desatino!... Digo que es desatino en el sentido de... Por lo demás, como honra para mí, ¡cuidado!, supóngase usted... Pero digo que para aplacarle el delirio, yo le aseguraba que me casaría, no digo yo con las señoras Águilas mayores y menores, sino con todas las águilas y buitres del cielo y de la tierra... Naturalmente, viéndola tan sofocada, no podía menos de avenirme; pero en mi interior, naturalmente, echaba el pie atrás, ¡caramba!, y no por el materialismo del matrimonio, que... ya digo... mucha honra es para mí, si no por razones naturales y respectivas a mí mismo, como edad, circunstancias...
     -Comprendido. Nosotras, si Lupe nos hubiera hablado del caso, habríamos contestado lo mismo, que sí... para tranquilizarla; y en nuestro fuero interno... ¡Oh! ¡Casarse [21] con...! No es desprecio, no... Pero, respetando, eso sí, respetando a todo el mundo, esas bromas no se admiten, no señor; no pueden admitirse... Y ahora, Sr. D. Francisco...
     Levantose, alargando la mano fina y perfectamente enguantada, que el avaro cogió con muchísimo respeto, quedándose un rato sin saber qué hacer con ella.
     «Cruz del Águila... Costanilla de Capuchinos, la puerta que sigue a la panadería... piso segundo. Allí tiene usted su casa. Vivimos los tres solos, mi hermana y yo, y nuestro hermano Rafael, que está ciego».
     -Por muchos años... digo, no: no sabía que estuviera ciego su hermanito. Disimule... A mucha honra...
     -Beso a usted la mano.
     -Estimando a toda la familia...
     -Gracias...
     -Y... lo que digo... Conservarse.
     Acompañola hasta la puerta, refunfuñando cumplidos, sin que ninguno de los que imaginó le saliera correcto y airoso, porque el azoramiento le atascaba las cañerías de la palabra, que nunca fueron en él muy expeditas.
     «¡Valiente plancha acabo de tirarme!» -bramó airado contra sí mismo, echándose atrás el sombrero, y subiéndose los pantalones con movimiento de barriga ayudado de [22] las manos. Maquinalmente se metió en la sala, sin acordarse de que allí estaba, entre velas resplandecientes, la difunta; y al verla, lo único que se le ocurrió fue decirle con el puro pensamiento:
     «¿Pero usted... ¡ñales!, por qué no me advirtió...?».

II

Позволив себе соснуть часов пять на складной кровати, ростовщик позавтракал, почистил черный сюртук, облачился в него, надел новые башмаки—на все это ушло еще часа полтора — и, уделив минутку внимания делам, вернулся в дом покойницы. Он подозревал, что там давно уже нуждаются в его присутствии и авторитете: подружки усопшей, должно быть, все перепутали, а ее племянник-священник был человеком нерешительным. К счастью, все шло своим чередом. Донья Лупе спала первым сном вечности в зале, окруженная сдержанной, словно официальной, скорбью. Родственники отнеслись к событию спокойно, служанка и привратница также почти утешились, что стало особенно заметно при выносе тела. Николас Рубин с сосредоточенным видом перелистывал свой требник, отрываясь от святого занятия лишь затем, чтобы сбегать на кухню закусить: при его хилом сложении и усталости от ночного дежурства это было далеко не лишним.
Среди находившихся в доме людей лишь одна особа выражала сердечное, неподдельное горе. Моложавое лицо этой сеньоры не вязалось с преждевременной сединой, скорее украшавшей, чем старившей ее. Черное платье дамы было сшито со вкусом, а шляпка показалась дону Франсиско верхом изящества. Врожденное благородство манер, перчатки, хорошенькие туфельки на маленьких ногах, опрятность и простота одежды — от всего ее облика веяло тем, что Торквемада называл «аристократическим душком».
Помолившись у гроба, незнакомка перешла в кабинет; скряга последовал туда же, стремясь завязать с ней беседу и тем показать, что умеет распознать и оценить истинное благородство среди множества заурядных посетителей. Дама опустилась на диван и отерла, казалось, искренние слезы. Увидев подле себя какое-то чучело со шляпой в руке, она приняла его за распорядителя на похоронах из числа родственников усопшей.
— Благодарю вас, — сказала она, — мне здесь удобно... Ах, какого друга мы потеряли!
И снова слезы выступили у нее на глазах; ответом на них был глубокий вздох, который процентщику не так уж трудно было исторгнуть из своей жирной груди.
— Да, да, сеньора, какого друга! Что за личность! Какие способности в коммерции... и при этом — безупречная честность... Да все прочие ей и в подметки не годятся! Вечно в хлопотах, в заботах… Для меня это такая утрата...
— А для меня? — горестно подхватила дама. — Среди стольких терзаний, когда тучи со всех сторон сгустились над нами, одна лишь донья Лупе утешала нас; это она приоткрыла щелочку, откуда забрезжил слабый луч надежды. Четыре дня тому назад, когда мы еще верили, что грозная болезнь будет побеждена, донья Лупе оказала нам благодеяние, за которое нам вовек ей не отплатить...
Слова «вовек не отплатить» не понравились Торквемаде. Неужто благодеяние, о котором толковала аристократка, — всего-навсего ссуда?
— Четыре дня тому назад я был в своем имении Кадальсо-де-лос-Видриос, — сказал он, складывая в кружок два пальца правой руки. — Я и не подозревал, что она так плоха. Когда ее племянник написал мне об этом, я примчался сломя голову. Бедняжка!.. В ночь на тринадцатое в мозгу у нее все перемешалось, — а ведь, бывало, голова как часы работала! То сыплет мудрыми изречениями, почем зря, а то примется нести такую околесицу — сам черт не разберет. А четырнадцатого с утра как заладила одно и то же, — я бы совсем одурел, не будь у вашего покорного слуги котелок потверже наковальни. И какой только вздор она перед смертью не молола! Совсем обезумела женщина! Вдобавок еще и меня втравила в свои глупости: поручила мне каких-то приятельниц, которым она дала ссуду, и все настаивала...
— Чтобы вы увеличили ссуду, снизив проценты?
— Нет, не то. То есть и это, конечно, но не только... Затея показалась бы мне забавной, имей я охоту шутить. Словом, подружки покойницы, некие Агила, — особы благородных правил, судя по слухам... а, по-моему, просто нищие попрошайки... Представьте, она задумала женить меня на одной из них, уж и не знаю на которой, и пока не отдала богу душу, все терзала меня этими бреднями, словно муками ада.
— Бредни, разумеется, бредни, — сказала дама серьезно, — но в них видно благородство намерений. Бедная донья Лупе! Не таите против нее злобу за этот бред. Она так нас любила! Так заботилась о нас!
Оторопев, не находя слов, смотрел пораженный дон Франсиско на сеньору.
— Да, — продолжала дама мягко, помогая ему исправить оплошность, — эти Агила — мы: я и моя сестра» Я старшая, Крус дель Агила... Не смущайтесь, я знаю, своим упоминанием о предполагавшемся браке вы не хотели оскорбить нас... Я не обижаюсь, что вы назвали нас нищими попрошайками...
— Сеньора, я не знал... простите...
— Конечно, вы со мной никогда не встречались. Я также не имела удовольствия знать вас... до этой минуты. Судя по всему, я говорю с доном Франсиско Торквемадой?
— К вашим услугам...— пролепетал процентщик, который с радостью отвесил бы сам себе оплеуху в наказание за промах. — Итак, вы... Дорогая сеньора, считайте, что я ничего не сказал... насчет нищих...
— Почему же, правда не может оскорбить. Ну, а «попрошаек» я вам прощаю: даже у самых учтивых людей иной раз срываются подобные легкомысленные слова, когда они говорят о том, чего не знают...
— Ну, да...
— А брак... примем его за шутку или, лучше сказать, за бред умирающей. Мысль о нем кажется нам такой же дикой, как и вам.
— Да, но ведь то была единственная мысль, которая занимала несчастную! Она вбила ее себе в голову, да так, что нелепая выдумка заполонила ей все мозги... А уж как душевно донья. Лупе об этом говорила — не советовала, а прямо молила, точно бога-заступника. Ну, надо ж было дать ей умереть спокойно — я и пообещал... Видите, какое безумие... То есть оно безумие, потому что... А в остальном — какая честь для меня, черт побери! Подумать только... Чтобы ее успокоить, я мог бы поклясться взять за себя не только сеньор дель Агила, младших и старших, но и всех орлов и стервятников неба и земли... Еще бы: посмотреть только, как она задыхалась, так и не на это согласишься, но в душе-то я знал, что пойду на попятный, черт побери! Не в деньгах тут дело... Для меня большая честь... но ведь есть и другие причины, относящиеся до меня лично: возраст, обстоятельства...
— Понимаю. Если бы донья Лупе заговорила об этом с нами, мы бы тоже сказали «да», чтобы ее утешить, а в глубине души... О! Выйти за... Тут не презрение, нет, но при всем моем уважении к вам и к ней нельзя этим шутить, подобные шутки недопустимы... А теперь, сеньор дон Франсиско...
Дама встала, протянула тонкую руку в надушенной перчатке, которую скряга принял с величайшим уважением и держал, молча, не зная, что ему с ней делать.
— Крус дель Агила... Улица Костанилья де Капучинос, вход рядом с булочной, третий этаж... Вы всегда будете у нас желанным гостем. Мы живем одни: я, моя сестра и наш брат Рафаэль, слепой.
— На веки вечные... То есть не то: я не знал, что братец ваш слепой. Простите... За честь почту.
— Всего хорошего.
— Мое почтение всему семейству.
— Благодарствуйте.
— И... то есть... будьте здоровы.
Торквемада проводил сеньору до дверей, бормоча вежливые фразы, но — увы! — ни одна из них не получилась правильной и изящной: смущение, казалось, окончательно парализовало его речь, которая и обычно-то текла не слишком плавно.
— Ну и глупость же я ляпнул, — прорычал он в гневе на самого себя, сдвинув на затылок шапку и подтягивая обеими руками штаны. Машинально вернулся он в залу, где, окруженная сиянием свечей, лежала усопшая; при виде ее он опомнился и мысленно спросил: «Но вы... черт побери... что ж вы-то меня не предупредили?»

Часть 1. Глава 3

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

III

Todo aquel día estuvo el avaro de malísimo temple, sin poder apartar del pensamiento su turbación infantil ante la dama, cuya figura y aristocrático porte le cautivaban. Era hombre muy pagado de las buenas formas y admirador sincero de las cualidades que no poseía, entre las cuales contaba en primer término, con leal modestia, la soltura de modales y el arte social de los cumplidos. Pensó que la tal doña Cruz habría bajado la escalera riéndose de él a todo trapo, y se la imaginaba contando el caso a la otra hermana, y partiéndose las dos de risa, llamándole gaznápiro y... ¡sabe Dios lo que le llamarían! Francamente, él tenía su puntillo de amor propio como cualquier hijo de vecino, y su dignidad y todos los perendengues de un sujeto merecedor de ocupar puesto honroso en la sociedad. Poseía fortuna suficiente (bien [23] ganadita con su industria), para no hacer el monigote delante de nadie, y eso de ser él personaje de sainete no le entraba... ¡cuidado! Verdad que, en el caso de aquel día, él tuvo la culpa, por haber hecho befa de las señoras del Águila, llamándolas pobres porfiadas en la propia fisonomía del rostro de la mayor de ellas, tan peripuesta, tan política, en toda la extensión de la palabra... ¡Ay!, al recordarlo le subían ardores a la cara y apretaba los puños. Porque verdaderamente, ya podía haber sospechado que aquella individua era... quien era. Y sobre todo, ningún hombre agudo dice cosas en desprecio de nadie delante de personas desconocidas, porque el diablo las carga, y cuando menos se piensa salta un compromiso... Hay que mirar lo que se parla, so pena de no poder meter el cuezo en cotarro de gente fina. «Yo -decía poniendo término a sus meditaciones, porque había llegado la hora de la conducción del cuerpo- tengo pesquis, bastante pesquis, comprendo todo muy bien. Dios no me ha hecho tonto, ni medio tonto, ¡cuidado!, y entiendo el trasteo de la vida. Pero ello es que no tengo política, no la tengo: en viéndome delante de una persona principal, ya estoy hecho un zángano y no sé qué decir, ni qué hacer con las manos... Pues hay que aprenderlo, ¡ñales!, que cosas más difíciles se [24] aprenden cuando sobran buena voluntad y entendederas... Ánimo, Francisco, que a nuevas posiciones, nuevos modos, y el rico no es bien que haga malos papeles. ¡Bueno andaría el mundo, si los hombres de peso, los hombres afincados, los hombres de riñón cubierto fueran cuento de risa!... ¡Eso no, no, no!».
     En el largo trayecto fúnebre, en la monotonía de aquel paseo perezoso y triste, los mismos pensamientos le acometieron. Delante veía el monstruoso y feísimo armatoste del carro mortuorio, con balances de barco; su cerebro se aletargaba con el rumor lento, sin solución ni fin, de las llantas de las ruedas rayando el suelo polvoroso de los mal cuidados caminos. Como unos veinte simones iban detrás del coche de cabecera, ocupado por don Francisco, Nicolás Rubín, otro clérigo y un señor, pariente lejano de doña Lupe, personas las tres que al usurero le cargaban, y más en aquella ocasión, por tenerlas tan cerca y sin poder zafarse de ella. No era Torquemada hombre para estar tanto tiempo embutido en angosto cajón, entre tipos que le daban de cara, y no hacía más que cambiar de postura, apoyándose ya en una, ya en otra cadera. Le estorbaban sus piernas y las de Nicolás Rubín, su chistera y la teja del otro cura; le estorbaban el continuo fumar y la charla de [25] aquellos tres puntos, que no sabían hablar más que del matute y de lo perdido que andaba el Ayuntamiento.
     Sin dignarse arrojar en la conversación más que algún vocablo afirmativo para que lo royeran, como hueso, aquellos pelagatos, que no poseían fincas en Cadalso de los Vidrios ni casas en Madrid, Torquemada seguía tejiendo en su meollo la tela empezada en la casa mortuoria.
     «Lo que digo, no tengo política... y hay que gastar política para ponerse a la altura que corresponde. ¿Pero cómo había yo de aprender nada tocante a la buena forma, si en mi vida he tratado más que con gente ordinaria?... Esta pobre doña Lupe, que en gloria esté, también era ordinaria, ¿qué duda tiene? No la ofendo, no, ¡cuidado!, persona buenísima, con mucho talento, un ojo para los negocios que ya lo quisieran más de cuatro. Pero, diga ella lo que quiera, y no la ofendo, lo que es persona fina... ¡que te quites! Intentaba serlo, y no le salía... ¡ñales!, no le salía. Su hipo era ser dama... y ¡que si quieres! Aunque se pusiera encima manteletas traídas de París, resultaba tan dama como mi abuela... ¡Ah!, para damas, las de esta mañana. Aquello sí que es del mismísimo cosechero. Y de nada le valió a mi amiga mirarse en tal espejo... [26] Ya era tarde, ya era tarde para aprender... ¡Pobre señora! Como trastienda y disposición, eso sí, ¡cuidado!, yo soy el primero en reconocer... Pero finura, tono... ¡quiá! Si ella, como yo, no trataba más que con gente de poco más o menos. ¿Y qué es lo que oye uno al cabo del día? Burradas y porquerías. Doña Lupe, me acuerdo bien, decía ibierno, áccido y Jacometrenzo, palabras que, según me ha advertido Bailón, no se dicen así... No vaya a creer que la ofendo por eso... Cualquiera equivoca el discurso cuando no ha tenido principios. Yo estuve diciendo diferiencia hasta el año 85... Pero para eso está el fijarse, el poner oído a cómo hablan los que saben hablar... El cuento es que cuando uno es rico, y lo ha sacado a pulso con su sudor, cavilando aquí, cavilando allá, está muy mal que la gente se le ría. Los ricos deben dar el ejemplo, ¡cuidado!, así de las buenas costumbres como de los buenos modos, para que ande derecha la sociedad, y todo lleve el compás debido... Que sean torpes y mamarrachos los que no tienen sobre qué caerse muertos me parece bien. Así hay equidad; eso es lo que llaman equilibrio. Pero que los acaudalados tiren coces, que los terratenientes y los que pagamos contribución seamos unos... unos asnos, eso no, no, no».
     Aún le duraba la correa de aquella meditación [27] cuando volvían del cementerio, después de dejar los fríos despojos de la gran hacendista perfectamente ennichados en uno de los tristísimos patios de San Justo. Los tres compañeros de coche, volviendo a engolosinarse con la comidilla del matute, contaron mil cuchufletas acerca del modo de introducir aceite, y de las batallas entre los guardias y toda la chusma matutera, mientras la imaginación de Torquemada iba en seguimiento de la señora del Águila, y fluctuaba entre el deseo y el temor de volverla a ver: deseo, por probar la enmienda de su torpeza mostrándose menos ganso que en la primera entrevista; temor, porque sin duda las dos hermanas se soltarían a reír cuando le viesen, tomándole el pelo en la visita. La más negra era que forzosamente tenía que visitarlas, por encargo expreso de doña Lupe y obligación ineludible. Había convenido con su difunta amiga en renovar un pagaré de las dos damas, añadiendo cierta cantidad. Y el nuevo pagaré no sería a la orden de los herederos de la viuda de Jáuregui, sino a las de Torquemada, a quien la difunta había dejado, con aquel y otros fines, algunos fondos, de cuyo producto gozarían unos parientes pobres de su difunto esposo. Que D. Francisco habría de cumplir con recta conciencia cuantos encargos [28] de este linaje le hizo su socia mercantil, no hay para qué decirlo. Lo difícil era cumplirlos sin personarse en el nido de las Águilas, como categóricamente le había ordenado la muerta, y aquí entraban los apuros del pobre hombre. ¿Cómo se presentaría? ¿Risueño o con cara de pocos amigos? ¿Cómo se vestiría? ¿Con los trapitos de cristianar o con los de diario? Porque pensar en evadir el careo, dando la comisión a otra persona, era un disparate; además, implicaba cobardía, deserción ante el peligro, y esto le malquistaba consigo mismo, pues su amor propio le pedía siempre apencar con las dificultades, y no volver la espalda a ninguna peripecia grave. Resolvió, pues, poner pecho a las Águilas, y en aquella duda sobre el vestir, su natural despejo triunfó de la vanidad, sugiriéndole la idea de presentarse con el traje de todos los días, la camisita limpia, eso sí, que aquella soez costumbre de la camisa de quincena ya no regía desde que el hombre empezó a ver claro en el panorama social. En suma: se presentaría tal cual era siempre, y hablaría lo menos posible, contestando con sencillez a cuanto le preguntasen. Si se reían que se rieran... ¡ñales! Pero no: probablemente le recibirían con palio, atendiendo al favor que les hacía y al consuelo que les llevaba con su visita, [29] pues debían de estar las pobres señoras, con toda su aristocracia y su innegable finura, esperando el santo advenimiento... como quien dice.

III

Весь тот день скряга находился в прескверном расположении духа: мысль о ребяческом смущении перед дамой, покорявшей своим изысканным аристократическим обликом, не шла у него из ума. Дон Франсиско был приверженцем тонкого обращения и искренне восхищался качествами, которыми сам не обладал: с должной скромностью чтил он в первую очередь непринужденность в обхождении и светское искусство говорить комплименты. Эта донья Крус, верно, от души смеялась, спускаясь по лестнице! Торквемада представил себе, как она рассказывает происшествие сестре и как обе заливаются смехом, называя его неотесанным чурбаном и бог знает кем еще. Сказать по совести, он не лишен был самолюбия, амбиции и прочих притязаний человека, заслужившего почетное место в обществе. С этаким капитальцем (да еще нажитым собственным горбом) невместно ему стоять болваном и разыгрывать шута перед кем бы то ни было... Черт побери! Правда, во вчерашнем происшествии он сам виноват: вольно ему было смеяться над сеньорами дель Агила, называть их «нищими попрошайками» прямо в лицо старшей сестре, разодетой и благовоспитанной, как живое воплощение хорошего тона... Ах! При воспоминании об этом кровь бросалась в лицо ростовщику и кулаки его сжимались. В самом деле, мог же он догадаться, кто она такая, эта особа. Да кроме того, ни один мало-мальски смыслящий человек ни о ком не станет отзываться пренебрежительно в присутствии посторонних: дьявол их разберет, кто они, — когда меньше всего ожидаешь, тут-то и попадешь впросак... Не распускай зря язык, вот тогда и не оплошаешь в обществе благовоспитанных людей. «У меня, — заключил он свои размышления, ибо настал час выноса тела, — сметки хватает, предостаточно сметки, соображаю-то я очень хорошо. Бог не создал меня ни дураком, ни олухом, черт возьми! Я разбираюсь в житейской кутерьме. Но чего нет, того нет; учтивому обхождению я не обучен: стоишь перед важной персоной болван болваном и не знаешь ни что сказать, ни как ступить. Пора всему этому научиться... чтоб его! Самым трудным вещам можно выучиться, если хватает разума и упорства... Смелей, Франсиско, взялся за гуж — не говори, что не дюж; богачу не пристало быть посмешищем. Хорош бы был мир, если бы люди денежные, с домами да имениями, служили предметом глупых шуток... Нет, нет и нет!»
По пути на кладбище те же мысли вновь охватили его среди однообразия медлительного и печального шествия. Впереди раскачивалась, точно корабль, чудовищно-безобразная громада катафалка; в ушах отдавался неумолчный одуряющий грохот окованных железом колес. Около двадцати извозчичьих карет следовало по пыльной, ухабистой дороге за коляской Торквемады, ехавшего во главе процессии вместе с Николасом Рубином, еще одним священником и каким-то дальним родственником доньи Лупе. Все трое и раньше были неприятны ростовщику; теперь же, когда они торчали у него под носом, и он не мог от них избавиться, попутчики раздражали его вдвойне. Не такой человек был Торквемада, чтоб столько времени трястись в тесном ящике лицом к лицу с подобными субъектами, мозолившими ему глаза. Но выхода не было; оставалось лишь беспрерывно менять положение тела, валясь то на один, то на другой бок. Всё-то ему мешало: и его собственные ноги, и ноги Николаса Рубина, свой цилиндр и шляпа священника; его выводило из себя беспрерывное курение и болтовня этих трех пройдох, что умели говорить лишь о контрабанде да о непорядках в муниципалитете. Торквемада не удостаивал их беседой; лишь изредка он ронял какое-нибудь междометие, словно швыряя кость этим голодранцам, не владевшим ни имениями в Кадальсо-де-лос-Видриос, ни особняками в Мадриде; он продолжал плести в своем мозгу нить рассуждений, начатых в доме покойницы.
«Я и говорю, нет у меня учтивости, а без нее не обойтись, коли метишь повыше. Впрочем, откуда ж мне было набраться приличий, раз я всю жизнь только с простым людом и знался? Покойница донья Лупе — царство ей небесное — тоже, видит бог, не сильна была по этой части. Я не хочу сказать о ней ничего худого, достойнейшая была женщина и умнейшая, а уж в делах — такой верный глаз, что многие бы позавидовали! Но как ни верти, а сказать, чтоб она была тонкого обхождения — где там! Хотелось ей быть учтивой, это да, но не выходило, чтоб его, никак не выходило. Спала и видела быть благородной дамой, но... ничего не попишешь. Хоть парижские кружева нацепи — на даму она была похожа не больше, чем моя прабабка... Вот давешняя — дама! Наивысшей марки винцо! А моя покойная приятельница смотрелась в эдакое зеркало и ничего-то там не высмотрела. Поздно уж ей было учиться... Бедняжка! Благоразумие, способности — да, черт возьми! Тут я первый подпишусь. Но благовоспитанность, манеры - какое! Ведь она, как и я, возилась с такими людишками — серость одна. Чего за день-то наслушаешься? Вздор, свинство. Донья Лупе, помнится, говорила «весна», «случай», «кажный», а Байлон учил меня по-иному эти словечки произносить. Не то чтоб я ее за это осуждал... Кто угодно ошибется, ежели правилам не обучен. Я сам до восемьдесят пятого года говорил «проздравляю»... Но надо слушать, как говорят люди образованные, понемногу, глядишь, и наберешься ума-разума... Когда ты разбогател, трудясь в поте лица, без конца ломая себе голову, как свести концы с концами, не пристало тебе посмешищем быть — вот о чем речь. Богатые должны подавать пример, черт побери! — пример добрых нравов и достойных манер, да. Тогда все пойдет как по писаному, и общество с пути не собьется. Пусть неуклюжими и косноязычными остаются те, у кого не на что саван сшить, — не возражаю. Это — по справедливости, это, что называется, равновесие... Но чтоб богачи были грубиянами, чтоб слыли ослами помещики, исправные плательщики налогов — ну уж нет! Дудки!»
На обратном пути, когда хладные останки прославленной финансистки уже покоились в глубине одного из печальнейших кладбищ монастыря Сан-Хусто, Торквемада все еще продолжал разматывать нить своих размышлений. Его спутники по экипажу, вернувшись к излюбленной теме, толковали о способах перевозки оливкового масла и о стычках пограничной охраны с шайками контрабандистов, а воображение дона Франсиско уносилось вслед за сеньорой дель Агила, и он колебался между желанием и страхом увидеть ее снова. Он то хотел этого свидания, чтобы загладить бестактность, показав себя не таким невежей, как в первый раз, то боялся его — ведь сестры как пить дать покатятся со смеху, едва завидят гостя.
Ужаснее всего, что ему совершенно необходимо посетить их в силу строжайшего наказа доньи Лупе и добровольно взятого на себя обязательства. Ведь он обещал покойнице переписать этим дамам вексель, несколько увеличив ссуду, и переписать не в пользу наследников вдовы Хауреги, а в свою: усопшая оставила ему кое-что по завещанию с тем, чтобы проценты с капитала поступали в распоряжение бедных родственников ее покойного мужа. Нечего и говорить, что дон Франсиско намеревался неукоснительно исполнить все подобные поручения своей товарки по ремеслу. Но как это осуществить? Покойница строго-настрого наказала ему самолично явиться в дом к сеньорам дель Агила — вот в чем горе. Как туда явиться? С улыбкой или сурово насупившись? Что надеть? Праздничное платье или будничное? Поручить дело третьему лицу просто глупо, не говоря уже о том, что подобный поступок означает трусость и малодушие. Эта мысль задевала его за живое: самолюбие всегда подстрекало скрягу смотреть опасности прямо в лицо и не пасовать перед трудностями. Наконец он порешил грудью встретить врага, а что касается наряда, то его природный здравый смысл восторжествовал над тщеславием: он явится в обычном костюме, только наденет чистую сорочку; от дурной привычки менять рубаху не чаще двух раз в месяц герой наш отказался с тех пор, как глазам его открылись пружины общественного устройства... Итак, он придет, словно невзначай и будет говорить как можно меньше, скупо отвечая на вопросы. А если станут смеяться, пусть, шут с ними! Но нет, скорей всего они встретят его с распростертыми объятиями; как-никак, он им оказывает милость, облегчает жизнь: ведь при всем аристократизме и бесспорном изяществе они всего лишь две бедные женщины и, как говорится, только святым духом и живы.

Часть 1. Глава 4

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

IV

Elegida la hora que le pareció conveniente, encaminose el hombre a la Costanilla. La casa no tenía pérdida en calle tan pequeña y con las señas mortales de la tahona. Vio D. Francisco, arrimados a una puerta dos o tres hombres enharinados, y más arriba una tienda de antigüedades, que más bien debiera llamarse prendería. Allí era, segundo piso. Al mirar el rótulo de la tienda, lanzó una exclamación de gozo: «Pues si a este prendero le conozco yo. Si es Melchor, el que antes estaba en el 5 duplicado de la calle de San Vicente». Excuso decir que le entraron ganas de echar un párrafo con su amigo antes de subir a la visita. No tardó el prendero en darle referencias de las señoras del Águila, pintándolas como lo más decente que él se había echado a la cara desde que andaba en aquel comercio. Pobres, eso sí, como las ratas, pero si nadie en pobreza les ganaba, en dignidad tampoco, ni en resignación para llevar la cruz de su miseria. ¡Y qué educación fina, qué manera [30] de tratar a la gente, qué meterse por los ojos y ganarse el corazón de cuantos les hablaban!... Con estas noticias sintió el avaro que se le disipaba el susto, y subió corriendo. La misma doña Cruz le abrió la puerta, y aunque estaba de trapillo (sin perjuicio de la decencia, eso sí), a él se le antojó tan elegante como el día anterior la vio, de tiros largos.
     «Sr. D. Francisco... -dijo la dama, con más alegría que sorpresa, pues sin duda esperaba la visita-. Pase, pase...».
     Las primeras palabras del visitante fueron torpes: «¡Cómo había de faltar!... ¿Y qué tal? ¿Toda la familia buena?... Gracias... Es comodidad». Y se metió por donde no debía, teniendo ella que decirle: «No, no; por aquí».
     Su azoramiento no le impidió observar muchas cosas desde los primeros instantes, cuando Cruz del Águila le llevaba, por el pasillo de tres recodos, a la salita. Fijose en la hermosa cabeza, bien envuelta en un pañuelo de color, de modo que no se veía ni poco ni mucho la cabellera blanca. Observó también que vestía bata de lana, antiquísima, pero sin manchas ni jirones, con una toquilla blanca cruzándole el pecho, todo muy pulcro, revelando el uso continuo y esmerado de aquellas personas que saben eternizar las prendas de ropa. Lo más extraño era que tenía [31] guantes, viejos y con los dedos tiznados.
     «Dispénseme -dijo con graciosa modestia-, estaba limpiando los metales».
     -¡Ah!... ¡perfectamente...!
     -Porque ha de saber usted, si ya no lo sabía, que no tenemos criada, y nosotras lo hacemos todo. No, no vaya a creer que me quejo por esta nueva privación, una de las muchas que nos ha traído nuestro adverso destino. Hemos convenido en que las criadas son una calamidad, y cuando una se acostumbra a servirse a sí misma, lleva tres ventajas: primera, que no hay que lidiar con fantasmonas; segunda, que todo se hace mucho mejor y a nuestro gusto; tercera, que se pasa el día sin sentirlo, con ejercicio saludable.
     -Higiénico -dijo Torquemada, gozoso de poder soltar una palabra bonita que tan bien encajaba. Y el acierto le animó de tal modo, que ya era otro hombre.
     -Con permiso de usted -indicó Cruz-, seguiré. No estamos en situación de gastar muchos cumplidos, y como usted es de confianza...
     -¡Oh!, sí, de toda confianza. Tráteme la señora mismamente como a un chiquillo... Y si quiere que la ayude...
     -¡Quia! Eso sería ya faltar al respeto, y... De ninguna manera. [32]
     Con la cajita de los polvos en la mano izquierda y un ante en la derecha, ambas manos enguantadas, se puso a dar restregones en la perilla de cobre de una de las puertas, y al punto la dejó tan resplandeciente que de oro fino parecía.
     «Ahora saldrá mi hermana, a quien usted no conoce. (Suspirando fuerte.) Es triste decirlo; pero... está en la cocina. Tenemos que ir alternando en todos los trabajos de casa. Cuando yo declaro la guerra al polvo, o limpio los metales, ella friega la loza o pone el puchero. Otras veces, guiso yo, y ella barre, o lava, o compone la ropa. Afortunadamente tenemos salud; el trabajo no envilece; el trabajo consuela y acompaña, y además fortifica la dignidad. Hemos nacido en una gran posición: ahora somos pobres. Dios nos ha sometido a esta prueba tremenda... ¡ay, qué prueba, Sr. D. Francisco! Nadie sabe lo que hemos sufrido, las humillaciones, las amarguras... Más vale no hablar. Pero el Señor nos ha mandado al fin una medicina maravillosa, un específico que hace milagros... la santa conformidad. Véanos usted hoy ocupadas las dos en estos trajines, que en otro tiempo nos habrían parecido indecorosos; vivimos en paz, con una especie de tristeza plácida que casi casi se nos va pareciendo a la alegría. Hemos [33] aprendido, con las duras lecciones de la realidad, a despreciar todas las vanidades del mundo, y poquito a poco hemos llegado a creer hermosa esta honrada miseria en que vivimos, a mirarla como una bendición de Dios...».
     En su pobrísimo repertorio de ideas y expresiones, no halló el bárbaro nada que pudiera ser sacado dignamente ante aquel decir elegante y suelto, sin afectación. No supo más que admirar y gruñir asintiendo, que es el gruñido más fácil.
     «También conocerá usted a mi hermano, el pobrecito ciego».
     -¿De nacimiento?
     -No señor. Perdió la vista seis años ha. ¡Ay, qué dolor! Un muchacho tan bueno, llamado a ser... qué sé yo, lo que hubiera querido... ¡Ciego a los veinte y tantos años! Su enfermedad coincidió con la pérdida de nuestra fortuna... para que nos llegara más al alma. Créalo usted, D. Francisco, la ceguera de mi hermano, de ese ángel, de ese mártir, es un infortunio al cual mi hermana y yo no hemos podido resignarnos todavía. Dios nos lo perdone. Claro que de arriba nos ha venido el golpe; pero no lo admito, no bajo la cabeza, no señor... la levanto... aunque a usted le parezca mal mi irreverencia. [34]
     -No señora... ¿qué ha de parecerme? El Padre Eterno... es atroz. ¿Pero usted sabe lo que me hizo a mí? No es que yo me le suba a las barbas, ¡cuidado!... pero francamente... ¡quitarle a uno toda su esperanza! Al menos usted no la habrá perdido; su hermanito podrá curarse...
     -¡Ah!, no señor... No hay esperanza.
     -¿Pero usted sabe?... Hay en Madrid los grandes ópticos...
     En el momento de decirlo conoció el hombre la enormidad de sus lapsus lingüe (3). ¡Vaya, que decir ópticos por oculistas! Quiso enmendarlo; pero la señora, que al parecer no había parado mientes en el desatino, le dio fácil salida por otra parte. Pidiole permiso para ausentarse brevemente, a fin de traer a su hermana, lo que a D. Francisco le supo muy bien, aunque las zozobras no tardaron en acometerle de nuevo. ¿Cómo sería la hermanita? ¿Se reiría de él? ¡Si por artes del enemigo no era tan fina como Cruz, y se espantaba de verle a él tan ordinario, tan zafiote, tan...! «Vamos, no es tanto -se dijo, estirando el cuello para verse en un espejo que frontero al sofá, pendía de la pared, con inclinación hacia adelante, como haciendo una cortesía-, no es tanto... Lo que digo... llevo muy bien mi edad, y si yo me perfilara, daría [35] quince y raya a más de cuatro mequetrefes que no tienen más que la estampa».
     En esto estaba cuando sintió a las dos hermanas en el pasillo, disputando con cierta viveza:
     «Así mujer, ¿qué importa? ¿No ves que es de toda confianza?».
     -¿Pero cómo quieres que entre así? Deja siquiera que me quite el delantal.
     -¿Para qué? Si somos nuestras propias criadas, y nuestras propias señoras, y él lo sabe bien, ¿qué importa que te vea así? Este es un caso en que la forma no supone nada. Si estuviéramos sucias o indecentes, bueno que no nos vieran humanos ojos. Pero a limpias nadie nos gana, y las señales del trabajo no nos hacen desmerecer a los de una persona tan razonable, tan práctica, tan... sencilla. ¿Verdad, D. Francisco?
     Esto lo dijo alzando la voz, ya cerca de la puerta, y el aturrullado prestamista creyó que la mejor respuesta era adelantarse a recibir airosamente a las dos damas, diciendo: «Bien, bien; nada de farándulas conmigo, que soy muy llano, y tan trabajador como el primero; y desde la más tierna infancia...».
     Iba a seguir diciendo que él se limpiaba sus propias botas y se barría el cuarto; pero le cortó la palabra la aparición de la segunda [36] Águila, que le dejó embobado y suspenso.
     «Mi hermana Fidela» -dijo Cruz, tirando de ella por un brazo hasta vencer su resistencia.

IV

Избрав подходящий час, Торквемада отправился на Костанилью. На маленькой улочке отыскать нужный дом рядом с пекарней оказалось не трудно: несколько человек, перепачканных мукой, стояли, прислонившись к дверям. Чуть подальше дон Франсиско заметил магазин антиквара, больше походивший на лавку старьевщика. Здесь! Торквемада взглянул на вывеску и вскрикнул от радости: «Кажется, хозяин этой лавки мне знаком. Да ведь это Мельчор, что торговал раньше на улице Сан Висенте!» Тут же он решил порасспросить своего дружка, прежде чем идти с визитом. Старьевщик охотно удовлетворил его любопытство: сеньоры дель Агила бесспорно самые приличные особы из всех, кто попадался ему здесь на глаза с тех пор, как он открыл свою лавку.
Бедны они, — что, правда, то, правда, — как церковные крысы, но зато никому не сравниться с ними в достоинстве и в христианском смирении, с каким несут они крест нищеты. А уж что за обходительность: стоит, раз увидеть этих дам, чтобы тут же привязаться к ним всем сердцем! От слов Мельчора страх скряги рассеялся, и он поспешно поднялся по лестнице. Дверь открыла сама донья Крус; в простеньком, хоть и вполне приличном платье, она показалась Торквемаде такой же изящной, как и накануне в парадном туалете.
— Сеньор дон Франсиско... — сказала Крус скорее ласково, чем удивленно, ибо, без сомнения, ожидала его визита. — Входите, входите, пожалуйста...
Первые слова гостя были бессвязны: «Как я мог не навестить... Что слышно? Семейство в добром здравии?.. Благодарствуйте... Великолепно»: И ткнулся не в ту дверь, так что донье Крус пришлось сказать ему: «Нет, нет, вот сюда».
Однако смущение не помешало Торквемаде окинуть взором многое в первые же мгновенья, пока Крус дель Агила вела его извилистым коридором в маленькую гостиную. Он заметил цветной шарф на ее красивой голове, ловко скрывающий седые волосы. Разглядел и шерстяной капот, весьма поношенный, но не рваный и без единого пятнышка; белую косынку, повязанную крест-накрест на груди, — все сверкало чистотой и обличало в хозяйке уменье необыкновенно долго носить одежду. К удивлению Торквемады, на руках у нее были перчатки, старые и с запачканными пальцами.
— Прошу прощения, — сказала она с милой застенчивостью.— Я чистила дверные ручки.
— Ах... в самом деле!
— Надобно вам знать, сеньор, если вам еще не известно, что мы не держим прислуги и все делаем сами. Не подумайте, будто я жалуюсь на новое лишение, одно из многих, ниспосланных нам злосчастной судьбой. Просто мы убедились, что со служанками одно несчастье, и если привыкнешь хозяйничать сама, то выйдет целых три преимущества: во-первых, не нужно больше связываться с этими истуканами; во-вторых, все в доме делается лучше и по твоему вкусу; и, в-третьих, день пролетает незаметно, в хлопотах, полезных для здоровья.
— Да, это гигиенично, — сказал Торквемада, радуясь возможности вставить звучное и столь уместное словцо. Удача так воодушевила его, что он словно переродился.
— С вашего разрешения, — сказала Крус, — я продолжу свое занятие. Нам ведь не надо тратить времени на лишние приветствия, вы человек свой.
— Ну, разумеется, свой, сеньора. Обращайтесь со мной без церемоний. Если желаете, я помогу вам...
— Ну, что вы! Это было бы неуважением и... Ни в коем случае.
Держа в одной руке коробку с наждаком, а в другой — кусок замши, она принялась натирать медные ручки двери, и вскоре они засверкали точно золото.
— Сейчас выйдет моя сестра, еще незнакомая вам. — Крус глубоко вздохнула.— Грустно говорить, но... она на кухне. Вместе, с ней мы выполняем всю работу по дому. Когда я вытираю пыль или чищу медь, она моет посуду и варит обед. В другие дни я стряпаю, а она подметает, стирает или чинит одежду. К счастью, мы здоровы; труд не унижает нас; работа утешает и отвлекает и, кроме того, укрепляет нас в нашем достоинстве. Мы родились богатыми и знатными; теперь мы бедны. Господь ниспослал нам тяжкое испытание... ах, какое тяжкое, сеньор дон Франсиско! Никто не знает наших страданий, унижения и горя... Лучше и не говорить о них... Но господь даровал нам чудодейственный бальзам — святую покорность. Взгляните: обе мы заняты делами, которые в прежние времена показались бы нам неподобающими. Живем спокойно, с кроткой печалью в душе, почти похожей на радость. Тяжкие уроки судьбы научили нас презирать суетность мира; мало-помалу мы стали считать прекрасной нашу честную бедность и смотреть на нее как на благословение божие.
В своем жалком запасе слов и выражений ростовщик не мог найти достойного ответа на изящную, простую и непринужденную речь доньи Крус Он мог лишь восхищаться и одобрительно хмыкать.
— Вы познакомитесь также с моим братом, бедняжкой-слепцом.
— От рождения?
— Нет, сеньор. Он потерял зрение шесть лет тому назад. Такое несчастье! Юноша недюжинного ума, призванный быть... Да мало ли кем, стоило лишь пожелать! Ослепнуть, не имея и тридцати лет от роду... Его болезнь совпала с нашим разорением — еще один удар судьбы. Поверьте, дон Франсиско, ни я, ни сестра не можем по сей день примириться со слепотой нашего страдальца-брата, истинного ангела. Да простит нас господь! Разумеется, этот удар ниспослан нам небом; но я не могу принять его, не могу покорно склониться, нет, сеньор… Я держу голову высоко. Но может, вам не по душе мой ропот?
— Нет, что вы, сеньора... Всевышний отец наш... жесток. А со мной-то он как поступил? Не почтите за кощунство... Черт побери!.. Но, по совести сказать... отнять у человека все его упование. Все-таки вы своего не схоронили; братца вашего еще можно вылечить...
— Увы, сеньор... Надежды нет.
— Но вы, должно быть, знаете... в Мадриде есть знаменитые оптики...
В тот же миг Торквемада сообразил, какую чушь он сморозил: ну надо же сказать «оптики» вместо «окулисты»! Он хотел исправить ошибку, но сеньора, словно и не заметив ее, заговорила о другом. Она попросила разрешения ненадолго отлучиться — пойти за сестрой, чему дон Франсиско только обрадовался, хотя тревога тут же вновь закралась в его сердце. Какая она, эта сестрица? Будет ли смеяться над ним? Что, если по наущению лукавого она не так обходительна, как Крус, и, увидав грубого мужлана, попятится в ужасе? «Ладно,— не такой уж я мужлан, — подумал он. Вытягивая шею, наклоняясь вперед, он старался заглянуть в зеркало, висевшее на противоположной стене. — Не такой уж... Сказать по правде, я еще выгляжу молодцом для своих лет, а если принаряжусь, так дам сто очков вперед всем этим вертопрахам, у которых только и .есть что смазливая рожа».
Тут до него донеслись из коридора голоса оживленно споривших сестер:
— Ну, что за важность? Право, он держится как свой человек.
— Но как же я пойду в таком виде? Дай мне хоть передник снять.
— Зачем? Раз уж мы сами себе служанки,— а он это прекрасно знает, — так что за важность, если и увидит тебя в переднике? Наряд тут роли не играет. Стыдно было бы показываться, будь мы грязны или неопрятны; но в чистоте никто с нами не сравнится, а трудолюбие не унижает нас в глазах человека, столь рассудительного, трезвого... простого. Не правда ли, дон Франсиско?
Последние слова она произнесла уже громко у самой двери, и смущенный процентщик решил поспешить навстречу дамам: «Да, конечно, какие могут быть со мной церемонии? Я человек простой, я сам труженик. С самого детства я...»
Он пустился было рассказывать, как сам чистил башмаки и подметал пол, но вошла младшая из сестер дель Агила, и дон Франсиско растерянно умолк.
— Моя сестра Фидела,— сказала Крус, ведя за собой упиравшуюся девушку.

Часть 1. Глава 5

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

V

«¿Qué importa que yo las vea en traje de mecánica, si ya sé que son damas, y muy requetedamas? -argumentó D. Francisco, que a cada nuevo incidente se iba desentumeciendo de aquel temor que le paralizaba-. Señorita Fidela, por muchos años... ¡Si está muy bien así!... Las buenas mozas no necesitan perfiles...».
     -¡Oh!, perdone usted -dijo la Águila menor, toda vergonzosa y confusa-. Mi hermana es así: ¡hacerme salir en esta facha!... con unas botas viejas de mi hermano, este mandil... y sin peinarme.
     -Soy de confianza y conmigo, ¡cuidado!, con Francisco Torquemada no se gastan cumplidos... ¿Y qué tal? ¿Usted buena? ¿Toda la familia buena? Lo que digo, la salud es lo primero, y en habiendo salud todo va bien. Pienso, de conformidad con ustedes, que no hay chinchorrería como el tener criadas, generalmente puercas, enredadoras, golosas, y [37] siempre, siempre, soliviantadas con los malditos novios.
     A todas éstas, no le quitaba ojo a la cocinerita, que era una preciosa miniatura (4). Mucho más joven que su hermana, el tipo aristocrático presentaba en ella una variante harto común. Sus cabellos rubios, su color anémico, el delicado perfil, la nariz de caballete y un poquito larga, la boca limpia, el pecho de escasísimo bulto, el talle sutil, denunciaban a la señorita de estirpe, pura sangre, sin cruzamientos que vivifican, enclenque de nacimiento y desmedrada luego por una educación de esa. Todo esto y algo más se veía bajo aquel humilde empaque de fregona, que más bien parecía invención de chicos que juegan a las máscaras.
     Como la pobre niña (no tan niña ya, pues frisaba en los veintisiete) no se había penetrado aún de aquel dogma de la desgracia que prescribe el desprecio de toda presunción, esfuerzo grande le costaba el presentarse en tal facha ante personas desconocidas. Tardó bastante en aplomarse delante de Torquemada, el cual, acá para inter nos, le pareció un solemne ganso.
     «El señor -indicó la hermana mayor-, era grande amigo de doña Lupe».
     -¡Pobrecita! ¡Qué cariño nos tomó! -dijo [38] Fidela, sentándose en la silla más próxima a la puerta, y escondiendo sus pies tan mal calzados-. Cuando Cruz trajo la noticia de que había muerto la pobre señora, sentí una aflicción... ¡Dios mío! Nos vimos más desamparadas en aquel instante, más solas... La última esperanza, el último cariño se nos iban también, y me pareció ver allá, allá lejos, una mano arrugadita que nos hacía... (doblando los dedos a estilo de despedida infantil) así, así...
     «Pues esta -pensó el avaro, de admiración en admiración-, también se explica. ¡Ñales!, ¡qué par de picos de oro!».
     -Pero Dios no nos desampara -afirmó Cruz denegando expresivamente con su dedo índice-, y dice que no, que no, que no nos quiere desamparar, aunque el mundo entero en ello se empeñe».
     -Y cuando nos vemos más solas, más rodeadas de tinieblas, asoma un rayito de sol que va entrando, entrando, y...
     «Esto va conmigo. Yo soy ese sol... dijo para su sayo Torquemada; y en alta voz-: Sí señoras; pienso lo mismo. La suerte protege al que trabaja... ¡Vaya, que esta señorita tan delicada meterse en el materialismo de una cocina!».
     -Y lo peor es que no sirvo -dijo Fidela-. Gracias que esta me enseña... [39]
     -¡Ah!, ¿la enseña doña Cruz?... ¡Qué bien!
     -No, no quiere decir esto que yo aprenda... Empieza ella por no ser una eminencia ni mucho menos. Yo me aplico, eso sí; pero soy muy distraída, ¡y hago cada barbaridad...!
     -Bueno, ¿y qué? -indicó la mayor en tono festivo-. Como no cocinamos para huéspedes exigentes, como esto no es hotel, y sólo tenemos que gustamos a nosotras mismas, cuantas faltas se cometan están de antemano perdonadas.
     -Y una vez porque sale crudo, otras porque sale quemado, ello es que siempre tenemos diversión en la mesa.
     -Y en fin, que nos resulta una salsa con que no contamos: la alegría.
     -Que no se compra en ninguna tienda -dijo Torquemada, muy gozoso de haber comprendido la figura-. Justo y cabal. Que me den a mí esa salsa, y le meto el diente a todas las malas comidas de la cristiandad. Pero usted, señorita Fidela, dice que guisa mal por modestia... ¡Ah!, ya quisieran más de cuatro...
     -No, no, lo hago malditamente. Y puede usted creerme -añadió con la expresión viva que era quizás la más visible semejanza que tenía con Cruz-, puede usted creerme que me gustaría cocinar bien; pero muchísimo. Sí, sí, el arte culinario paréceme un arte [40] digno del mayor respeto, y que debe estudiarse por principios y practicarse con seriedad.
     -¡Como que debiera ser parte principal de la educación! -afirmó Cruz del Águila.
     -Lo que digo -apuntó Torquemada-; debieran poner en las escuelas una clase de guisado... Y que las niñas, en vez de tanto piano y tanto bordado de zapatillas, aprendieran a poner bien un arroz a la vizcaína, o un atún a la marinera.
     -Apruebo.
     -Y yo.
     -Con que... -murmuró el prestamista, golpeando con ambas manos los brazos del sillón, manera ruda y lacónica de expresar lo siguiente-: «Señoras mías, bastante tiempo hemos perdido en la parlamenta. Vamos ahora al negocio...».
     -No, no, no venga usted con prisas -dijo la mayor, risueña, alardeando de una confianza que trastornó más al hombre-. ¿Qué tiene usted que hacer ahora? Nada. No le dejamos salir de aquí sin que conozca a nuestro hermano.
     -Con sumísimo gusto... No faltaba más. Como prisa, no la hay, Es que no quisiera molestar...
     -De ningún modo. [41]
     Fidela fue la primera que se levantó, diciendo: «No puedo descuidarme. Dispénseme».
     Y se fue presurosa, dejando a su hermana en situación conveniente para hacerle el panegírico.
     «Es un ángel de Dios. Por la diferencia de edad, que no es menor de doce años, soy para ella, más que hermana mayor, una madre. Hija y madre somos, hermanas, amiguitas, pues el cariño que nos une no sólo es grande por lo intenso, Sr. D. Francisco, sino por la extensión... no sé si me explico...».
     -Comprendido -indicó Torquemada, quedándose a obscuras.
     -Quiero decir que la desgracia, la necesidad, la misma bravura con que Fidela y yo luchamos por la vida, ha dado a nuestro cariño ramificaciones...
     -Ramificaciones... justo.
     -Y por mucho que usted aguce su entendimiento, Sr. D. Francisco, ya tan agudo, no podrá tener idea de la bondad de mi hermana, de la dulzura de su carácter. ¡Y con qué mansedumbre cristiana se ha sometido a estas duras pruebas de nuestro infortunio! En la edad en que las jóvenes gustan de los placeres del mundo, ella vive resignada y contenta en esta pobreza, en esta obscuridad. Me parte el alma su abnegación, que parece una [42] forma de martirio. Crea usted que si a costa de sufrimientos mayores aún de los que llevo sobre mí, pudiera yo poner a mi pobre hermana en otra esfera, lo haría sin vacilar. Su modestia es para esta triste casa el único bien que quizás poseemos hoy; pero es también un sacrificio, consumado en silencio para que resulte más grande y meritorio, y, la verdad, quisiera yo compensar de algún modo este sacrificio... Pero... (confusa) no sé lo que digo... no puedo expresarme. Dispénseme si le doy un poquito de matraca. Mi cabeza es un continuo barajar de ideas. ¡Ay, la desgracia me obliga a discurrir tanto, pero tanto, que yo creo que me crece la cabeza, sí!... Tengo por seguro que con el ejercicio del pensar se desarrolla el cráneo por la hinchazón de todo el oleaje que hay dentro... (Riendo). Sí, sí... Y también es indudable que no tenemos derecho a marear a nuestros amigos... Dispénseme, y venga a ver a mi hermano.
     Camino del cuarto del ciego, Torquemada no abrió el pico, ni nada hubiera podido decir aunque quisiera, porque la elocuencia de la noble señora le fascinaba, y la fascinación le volvía tonto, dispersando sus ideas por espacios desconocidos, e inutilizando para la expresión las poquitas que quedaban.
     En la mejor habitación de la casa, un gabinetito [43] con mirador, hallábase Rafael del Águila, figura inmóvil y melancólica que tenía por peana un sillón negro. Hondísima impresión hizo en Torquemada la vista del joven sin vista, y la soberana tristeza de su noble aspecto, la resignación dulce y discreta de aquella imagen, a la cual no era posible acercarse sin cierto respeto religioso.

V

— Эка важность — будничное платье! Ведь я знаю, что вы благородные дамы, да еще какие дамы, — изрек дон Франсиско, мало-помалу оправляясь от смущения.— Сеньорита Фидела, клянусь вам... Вы и в этом платье хороши!.. Красивой женщине ни к чему наряды...
— Ах, извините, — сказала сконфуженная Агила-младшая. — Это все сестра. Заставила меня выйти в подобном виде: в старых башмаках брата, в переднике, непричесанной...
— Я ведь свой человек, и со мной, с Франсиско Торквемадой, нечего церемониться... Ну, как дела? Как поживаете? Семейство в добром здравии? По мне, здоровье — первое дело; кто здоров, тот и счастлив. Я с вами согласен: хуже нет докуки, чем прислугу держать; все они неряхи, обжоры, склочницы, и вечно проклятые ухажеры подзуживают их перечить хозяйке.
Разглагольствуя, Торквемада не спускал глаз с миловидной маленькой поварихи. Она была гораздо моложе сестры, но не уступала ей в благородстве лица и осанки., Белокурые волосы, бледность кожи, тонко очерченный профиль, чуть удлиненный нос с горбинкой, нежный рот, невысокая грудь и тонкий стан — все обличало в ней породу, голубую кровь без оздоровляющей примеси, кровь, вялую от рождения и ослабленную тепличным воспитанием. Убогий наряд не вязался с внешностью сеньориты: казалось, она облачилась в него ради забавы, играя в переодевания.
Бедная девушка, впрочем, уже не юная (ей было лет двадцать шесть), не успела еще вполне привыкнуть к нищете и не утратила чувства собственного достоинства; ей стоило больших усилий появиться при госте в затрапезном виде. Не сразу оправилась она от смущения перед Торквемадой, который показался ей, inter nos, изрядным невежей.
— Сеньор был большим другом доньи Лупе, — проговорила старшая сестра.
— Бедняжка! Как она нас любила! — подхватила Фидела, опускаясь на стул подле двери и старательно пряча скверно обутые ноги. — Когда Крус принесла нам весть о кончине доброй сеньоры, меня охватило такое горе... Боже мой! Мы сразу почувствовали себя еще более беззащитными и одинокими... Исчезла последняя надежда, единственное утешение... и мне показалось, будто чья-то морщинистая рука издали машет нам... — И Фидела, по-детски сложив пальцы, помахала рукой. — Вот так, вот так...
«Ну и ну, эта тоже из речистых, — в восхищении подумал скряга. — Чтоб их! Прямо златоусты обе!»
— Но бог не оставляет нас, — подняв к небу руки, промолвила Крус. — Он не покинет нас, ни за что не покинет, даже если на нас ополчатся все беды мира. И теперь, когда мы еще более одиноки и мрак вокруг нас еще непрогляднее, нам забрезжил луч солнца и светит, светит...
«Это она про меня. Я луч солнца», — подумал Торквемада, а вслух сказал:
— Да, сеньоры, я тоже так думаю. Провидение хранит тех, кто трудится... Подумать только — такая нежная сеньорита и возится на кухне!
— Всего печальней, что я ничего не умею, — возразила Фидела. — Хорошо еще, сестра меня учит...
— Ах! Донья Крус вас учит? Как это славно! — Да вот беда — ученье мне не впрок... Хоть Крус и говорит, что она сама не бог весть как готовит, однако мне далеко до нее... Я, конечно, стараюсь изо всех сил, но я так рассеяна, то и дело все порчу.
— Ну, так что же, — весело перебила старшая. — Мы ведь не готовим для взыскательных гостей, у нас не гостиница, и угождаем мы только на себя самих. Если иной раз и промахнемся, заранее себе прощаем.
— Сегодня пригорит, завтра недожарится — все-таки развлечение в доме.
— В конце концов, получается такая приправа, на которую мы и не рассчитывали, — веселье.
— А его не купишь в лавке, — сказал Торквемада, очень довольный, что понял остроту. — Совершенно справедливо. Да с этой приправой я на самую дрянную еду соглашусь! Но вы, сеньорита Фидела, скромничаете. Уж не так-то худо вы стряпаете... Многим хотелось бы так...
— Нет, нет, я и в самом деле прескверно готовлю, — добавила Фидела с живостью, в которой только и сказывалось ее сходство с Крус. — Поверьте, мне бы очень хотелось делать это получше. Да, кулинарное искусство кажется мне достойным всяческого уважения; его стоило бы изучать основательно, со всею серьезностью.
— И считать важнейшей частью образования, — добавила донья Крус.
— Вот и я говорю, — подтвердил Торквемада, — в школах надо бы завести кулинарные классы. И чтобы девочки вместо нудного бренчания на фортепиано да вышивания домашних туфель учились бы готовить рис по-бискайски или тунца по-матросски.
— Верно.
— По-моему, тоже.
— Ну... — пробормотал процентщик и по своей грубой привычке хлопнул ладонями по ручкам кресла, что должно было означать: «Сеньоры мои, довольно уже мы с вами болтаем. Теперь к делу».
— Нет, нет, не торопитесь, — сказала старшая, улыбаясь с тем выражением доверия, которое особенно льстило Торквемаде. — Что у вас за дела? Пустяки! Мы вас не отпустим, пока не познакомим с братом.
— С превеликим удовольствием... Еще бы. Спешить-то я не спешу. Надоедать вам не хотел...
— Ну, что вы!
Фидела поднялась первая со словами: «Извините меня. Мне надо вернуться на кухню».
И она торопливо вышла. А Крус, оставшись с Торквемадой, принялась нахваливать ему младшую сестру.
— Сущий ангел божий, эта Фидела. Между нами ведь большая разница в возрасте — почти двенадцать лет,— так что я, скорее мать ей, чем старшая сестра. Мы с нею мать и дочь, сестры, подруги; любовь, объединяющая нас, не только сильна, сеньор дон Франсиско, не только глубока, но и всеобъемлюща. Не знаю, поняли ли вы меня...
— Как же, понял, — сказал Торквемада, теряясь в догадках.
— Невзгоды, нужда, мужество, с которым Фидела и я боремся с жизнью, придали нашей привязанности новые черты...
— Черты... ну, конечно...
— Доброта и мягкость ее характера просто непостижимы, сеньор... Какие тяжкие испытания вынесла она с покорностью поистине христианской! В том возрасте, когда девушки ищут светских развлечений, она живет смиренно и безропотно, в нищете, в безвестности. Ее самоотверженность — прямо подвижничество — разрывает мне сердце. Поверите ли, если бы я могла ценой страданий, еще больших, чем те, что я вытерпела, создать бедняжке другую жизнь, я не колеблясь, пошла бы на это. Ее кротость — единственное благо нашего печального дома. За эту жертву, приносимую в молчании (отчего она только дороже и достойнее), я бы хотела как-нибудь вознаградить ее... Но, — смутилась Крус, — я и сама не знаю, что говорю... Как бы это объяснить... Простите, ежели докучаю вам своей болтовней. В голове у меня такая каша... Ах, иной раз просто ум мутится от всех забот и мыслей. Право, чем больше думаешь, тем хуже; кажется, что голова пухнет! (Она засмеялась.) Да, да... Но, однако, не стоит надоедать друзьям... Извините меня и пойдемте навестим моего брата.
Они направились к комнате слепого. Торквемада не открывал рта, да если бы и хотел что-нибудь сказать, то, верно, не смог бы: красноречие благородной сеньоры так его обворожило, что почти все его мысли разлетелись неведомо куда, а на оставшихся он, одурев, никак не мог сосредоточиться.
В лучшей комнате дома — кабинете с балконом — неподвижно сидел в кресле Рафаэль дель Агила, точно застывшее на черном пьедестале печальное изваяние. До глубины души поразил Торквемаду вид слепого юноши: возвышенная грусть его благородного лица, кроткого и смиренного, напоминала икону, невольно внушающую чувство набожного почтения.

Часть 1. Глава 6

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

VI

Imagen dije, y no me vuelvo atrás, pues con los santos de talla, mártires jóvenes, o Cristos guapos en oración, tenía indudable parentesco de color y líneas. Completaban esta semejanza la absoluta tranquilidad de su postura, la inercia de sus miembros, la barbita de color castaño, rizosa y suave, que parecía más obscura sobre el cutis blanquísimo de nítida cera; la belleza, más que afeminada, dolorida y mortuoria, de sus facciones, el no ver, el carecer de alma visible, o sea mirada.
     «Ya me han dicho las señoras que... -balbució el visitante, entre asombrado y conmovido-. Pues... digo que es muy sensible que usted perdiera el órgano... Pero ¡quién sabe...! Buenos médicos hay, que...».
     -¡Ah!, señor mío -dijo el ciego con una [44] voz melodiosa y vibrante que estremecía-, le agradezco sus consuelos, que desgraciadamente llegan cuando ya no hay aquí ninguna esperanza que los reciba.
     Siguió a esto una pausa, a la cual puso término Fidela entrando con una taza de caldo, que su hermano acostumbraba tomar a aquella hora. Torquemada no había soltado aún la mano del ciego, blanca y fina como mano de mujer, de una pulcritud extremada.
     «Todo sea por Dios -dijo el avaro entre un suspiro y un bostezo. Y rebuscando en su mente, con verdadera desesperación, una frase del caso, tuvo la dicha de encontrar ésta-: En su desgracia, pues... la suerte le ha desquitado dándole estas dos hermanitas tan buenas, que tanto le quieren...».
     -Es verdad. Nunca es completo el mal, como no es completo el bien -aseguró Rafael volviendo la cara hacia donde le sonaba la voz de su interlocutor.
     Cruz enfriaba el caldo pasándole de la taza al plato, y del plato a la taza. D. Francisco, en tanto, admiraba lo limpio que estaba Rafael, con su americana o batín de lana clara, pantalón obscuro, y zapatillas rojas admirablemente ajustadas a la medida del pie. El señorito de Águila mereció en su tiempo, que era un tiempo no muy remoto, fama de muchacho [45] guapo, uno de los más guapos de Madrid. Lució por su elegancia y atildada corrección en el vestir, y después de quedarse sin vista, cuando por ley de lógica parecía excusada e inútil toda presunción, sus bondadosas hermanas no querían que dejase de vestirse y acicalarse, como en los tiempos en que podía gozar de su hermosura ante el espejo. Era en ellas como un orgullo de familia el tenerle aseado y elegante, y si no hubieran podido darse este gusto entre tantas privaciones, no habrían tenido consuelo. Cruz o Fidela le peinaban todas las mañanas con tanto esmero como para ir a un baile; le sacaban cuidadosamente la raya, procurando imitar la disposición que él solía dar a sus bonitos cabellos; le arreglaban la barba y bigote. Gozaban ambas en esta operación, conociendo cuán grata era para él la toilette minuciosa, como recuerdo de su alegre mocedad; y al decir ellas: «¡qué bien estás!» sentían un goce que se comunicaba a él, y de él a ellas refluía, formando un goce colectivo.
     Fidela le lavaba y perfumaba las manos diariamente, cuidándole las uñas con un esmero exquisito, verdadera obra maestra de su paciencia cariñosa. Y para él, en las tinieblas de su vida, era consuelo y alegría sentir la frescura de sus manos. En general, la limpieza [46] le compensaba hasta cierto punto de la obscuridad. ¿El agua sustituyendo a la luz? Ello podría ser un disparate científico; pero Rafael encontraba alguna semejanza entre las propiedades de uno y otro elemento.
     Ya he dicho que era el tal una figura delicada y distinguidísima, cara hermosa, manos cinceladas, pies de mujer, de una forma intachable. La idea de que su hermano, por estar ciego y no salir a la calle, tuviese que calzar mal, sublevaba a las dos damas. La pequeñez bonita del pie de Rafael era otro de los orgullos de la raza, y antes se quitaran ellas el pan de la boca, antes arrostrarían las privaciones más crueles que consentir en que se desluciera el pie de la familia. Por eso le habían hecho aquellas elegantísimas zapatillas de tafilete, exigiendo al zapatero todos los requisitos del arte. El pobre ciego no veía sus pies tan lindamente calzados; pero se los sentía, y esto les bastaba a ellas, sintiendo al unísono con él en todos los actos de la existencia.
     No le ponían camisa limpia diariamente, porque esto no era posible en su miseria, y además no lo necesitaba, pues su ropa permanecía días y semanas en perfecta pulcritud sobre aquel cuerpo santo; pero aun no siendo preciso, le mudaban con esmero... y cuidado [47] con ponerle siempre la misma corbata. «Hoy te pones la azul de rayas -decía con candorosa seriedad Fidela-, y el anillo de la turquesa». Él contestaba que sí, y a veces manifestaba una preferencia bondadosa por otra corbata, tal vez porque así creía complacer más a sus hermanas.
     El esmerado aseo del infeliz joven no fue la mayor admiración de D. Francisco en aquella casa, en la cual no escaseaban los motivos de asombro. Nunca había visto él casa más limpia. En los suelos, alfombrados tan sólo a trozos, se podía comer; en las paredes no se veía ni una mota de suciedad; los metales echaban chispas... ¡Y tal prodigio era realizado por personas, que según expresión de doña Lupe, no tenían más que el cielo y la tierra! ¿Qué milagros harían para mantenerse?... ¿De dónde sacaban el dinero para la compra? ¿Tendrían trampas? ¡Con qué artes maravillosas estirarían la triste peseta, el tristísimo perro grande o chico! ¡Había que verlo, había que estudiarlo, y meterse hasta el cuello en aquella lección soberana de la vida! Todo esto lo pensaba el prestamista, mientras Rafael se tomaba el caldo, después de ofrecerle.
     «¿Quiere usted, D. Francisco, un poquito de caldo?» -le dijo Cruz.
     -¡Oh! No. Gracias, señora. [48]
     -Mire usted que es bueno... Es lo único bueno de nuestra cocina de pobres...
     -Gracias... Se lo estimo...
     -Pues vino no podemos ofrecerle. A este no le sienta bien, y nosotras no lo gastamos, por mil y quinientas razones, de las cuales con que usted comprenda una sola, basta.
     -Gracias, señora doña Cruz. Tampoco yo bebo vino más que los domingos y fiestas de guardar.
     -¡Vea usted qué cosa tan rara! -dijo el ciego-. Cuando perdí la vista, tomé en aborrecimiento el vino. Podría creerse que el vino y la luz eran hermanos gemelos, y que a un tiempo, por un solo movimiento de escape, huían de mí.
     Fáltame decir que Rafael del Águila seguía en edad a su hermana Cruz. Había pasado de los treinta y cinco años; mas la ceguera, que le atacó el 83, y la inmovilidad y tristeza consiguientes, parecían haber detenido el curso de la edad, dejándole como embalsamado, con su representación indecisa de treinta años, sin lozanía en el rostro, pero también sin canas ni arrugas, la vida como estancada, suspensa, semejando en cierto modo a la inmovilidad insana y verdosa de aguas sin corriente.
     Gustaba el pobre ciego de la amenidad en [49] la conversación. Narraba con gracejo cosas de sus tiempos de vista, y pedía informes de los sucesos corrientes. Algo hablaron aquel día de doña Lupe; pero Torquemada no se interesó poco ni mucho en lo que de su amiga se dijo, porque embargaban su espíritu las confusas ideas y reflexiones sobre aquella casa y sus tres moradores. Habría deseado explicarse con las dos damas, hacerles mil preguntas, sacarles a tirones del cuerpo sus endiablados secretos económicos, que debían de constituir toda una ley, algo así como la Biblia, un código supremo, guía y faro de pobres vergonzantes.
     Aunque bien conocía el avaro que se prolongaba más de la cuenta la visita, no sabía cómo cortarla, ni en qué forma desenvainar el pagaré y los dineros, pues esto, sin saber por qué, se le representaba como un acto vituperable, equivalente a sacar un revólver y apuntar con él a las dos señoras del Águila. Nunca había sentido tan vivamente la cortedad del negocio, que esto y no otra cosa era su perplejidad; siempre embistió con ánimo tranquilo y conciencia firme en su derecho a los que por fas o por nefas necesitaban de su auxilio para salir de apuros. Dos o tres veces echó mano al bolsillo, y se le vino al pico de la lengua el sacramental introito: [50] «Conque señoras...» y otras tantas la desmayada voluntad no llegó a la ejecución del intento. Era miedo, verdadero temor de faltar al respeto a la infeliz cuanto hidalga familia. La suerte suya fue que Cruz, bien porque conociera su apuro, bien porque deseara verle partir, tomó la iniciativa, diciéndole: «Si a usted le parece, arreglaremos eso». Volvieron a la sala, y allí se trató del negocio tan brevemente, que ambos parecían querer pasar por él como sobre ascuas. En Cruz era delicadeza, en Torquemada el miedo que había sentido antes, y que se le reprodujo con síntomas graves en el acto de ajustar cuentas pasadas y futuras con las pobrecitas aristócratas. Por su mente pasó como un relámpago la idea de perdonar intereses en gracia de la tristísima situación de las tres dignas personas... Pero no fue más que un relámpago, un chispazo, sin intensidad ni duración bastantes para producir explosión en la voluntad... ¡Perdonar intereses! Si no lo había hecho nunca, ni pensó que hacerlo pudiera en ningún caso... Cierto que las señoras del Águila merecían consideraciones excepcionales; pero el abrirles mucho la mano, ¡cuidado!, sentaba un precedente funestísimo.
     Con todo, su voluntad volvió a sugerirle, allá en el fondo del ser, el perdón [51] de intereses. Aún hubo en la lengua un torpe conato de formular la proposición; pero no conocía él palabra fea ni bonita que tal cosa expresara, ni qué cara se había de poner al decirlo, ni hallaba manera de traer semejante idea desde los espacios obscuros de la primera intención a los claros términos del hecho real. Y para mayor tormento suyo, recordó que doña Lupe le había encargado algo referente a esto. No podía determinar su infiel memoria si la difunta había dicho perdón o rebaja. Probablemente sería esto último, pues la de los pavos no era ninguna derrochadora... Ello fue que en su perplejidad, no supo el avaro lo que hacía, y la operación de crédito se verificó de un modo maquinal. No hizo Cruz observación alguna. Torquemada tampoco, limitándose a presentar a la señora el pagaré ya extendido para que lo firmase. Ni un gemido exhaló la víctima, ni en su noble faz pudiera observar el más listo novedad alguna. Terminado el acto, pareció aumentar el aturdimiento del prestamista; y despidiéndose grotescamente, salió de la casa a tropezones, chocando como pelota en los ángulos del pasillo, metiéndose por una puerta que no era la de salida, enganchándose la americana en el cerrojo, y bajando al fin casi a saltos; pues no se fijó en que eran curvas [52] las vueltas de la escalera; y allá iba el hombre por aquellos peldaños abajo, como quien rueda por un despeñadero.

VI

Я не случайно сказал «икона»: в облике Рафаэля было нечто родственное скульптурным изображениям юных мучеников и спасителя нашего на молитве. Это сходство еще усиливалось полной неподвижностью позы, вьющейся каштановой бородкой, оттенявшей бледную восковую кожу, женственной и болезненной красотой лица и незрячим, лишенным выражения взглядом.
— Сеньоры ваши сестрицы сказали мне, что... — пролепетал пораженный посетитель. — Так вот... очень это прискорбно для вас — потерять орган... Но кто знает. Есть ведь хорошие доктора...
— Ах, сеньор мой, — отозвался слепой мелодичным и проникновенным голосом, от которого скрягу бросило в дрожь, — благодарю вас за слова утешения, но они — увы! — бесполезны: надежды больше нет.
Вошла Фидела с чашкой бульона для брата и прервала наступившее было неловкое молчание. Торквемада все еще держал руку слепого, прекрасную, тонкую и белую, как у женщины.
— На все божья воля, — выпалил, наконец, скряга.
Он мучительно искал в уме подходящую к случаю фразу. — Ведь вот какое несчастье, но... судьба вознаградила вас: сестрицы ваши так добры, так вас любят.
— Это правда. Нет худа без добра, как и добра без худа, — промолвил Рафаэль, повернувшись по направлению голоса собеседника.
Крус охлаждала бульон, переливая его из чашки в блюдце и обратно. Дон Франсиско с удивлением разглядывал Рафаэля: безупречную опрятность его светлой шерстяной блузы, темных брюк и красных домашних туфель, облегавших ногу. Не так давно еще сеньорито дель Агила слыл одним из красивейших юношей в Мадриде и славился умением одеваться с безукоризненным вкусом. С потерей зрения все это утратило смысл, но любящие сестры наперебой старались одевать и наряжать его, как если бы он по-прежнему мог любоваться своей красотой перед зеркалом. Следить за внешностью брата сделалось для них делом фамильной гордости; среди всех невзгод и лишений эта прихоть была их единственной отрадой. Крус или Фидела каждое утро причесывали Рафаэля так тщательно, точно снаряжали на бал, заботливо разбирая на пробор его красивые волосы, как прежде укладывал их он сам; холили его усы и бородку. Обе они знали, что этот внимательный уход приятен ему как напоминание о беззаботной юности. «Как ты хорош!»— говорили они, чтобы доставить удовольствие брату, и сами радовались вместе с ним.
Фидела ежедневно мыла ему руки душистой водой, заботливо подстригая ногти, и их красота была плодом ее терпения и преданной заботы. Во тьме его печальной жизни прикосновение мягких рук сестры утешало и радовало Рафаэля. Чистота словно вознаграждала его за слепоту. Вода вместо света? Это может показаться надуманным, но Рафаэль находил некоторое сходство между тем и другим.
Я говорил уже о благородной осанке и прекрасном лице слепого, холеных руках и маленьких, словно у женщины, ногах безупречной формы. Сестрам и в голову не приходило, что ослепший брат, почти безвыходно сидевший дома, не нуждается в обуви. Они гордились его маленькой ступней, воплощавшей для них аристократическую древность рода дель Агила, и скорее лишили бы себя куска хлеба, пошли бы на любые жертвы, чем оставить брата без хороших башмаков. Они заказывали самую изящную сафьяновую обувь, требуя от сапожника особой тщательности. Бедный слепой не видел своих прелестных туфель, но он их ощущал, и сестры радовались, что живут с братом общей жизнью и общими чувствами. Бедность не позволяла им ежедневно подавать Рафаэлю свежую сорочку; впрочем, в том не было и нужды: его платье не грязнилось неделями. Однако белье ему меняли все же чаще, чем это требовалось. А уж, сколько хлопот доставлял галстук! «Сегодня ты наденешь голубой в полоску, — серьезно говорила Фидела, — и булавку с бирюзой». Рафаэль соглашался, а иной раз, желая угодить сестрам, просил повязать себе другой галстук. Необыкновенная опрятность несчастного юноши поразила дона Франсиско, хотя в этом доме было немало и других поводов для изумления. Никогда не видывал он такого чистого жилища. Полы, — далеко не везде, правда, покрытые коврами, — такие, что хоть ешь на них; на стенах ни пятнышка; дверные ручки ослепительно сверкают. И весь этот блеск наведен руками женщин, которые, по словам доньи Лупе, питаются одним лишь воздухом! Каким чудом добывают они средства к жизни? Откуда берут деньги на пропитание? Влезают в неоплатные долги? Или растягивают жалкие гроши с фантастической изворотливостью? Стоит приглядеться, стоит поучиться этому и намотать себе на ус, как жизненный урок! Вот о чем думал процентщик, пока Рафаэль пил свой уже остывший бульон.
— Не желаете ли и вы, дон Франсиско, немного бульона? — предложила Крус.
— Нет, нет. Благодарю вас, сеньора.
— Он очень хорош... Единственное вкусное блюдо в нашей кухне бедняков.
— Спасибо. Я не сомневаюсь...
— Вина ведь мы не можем предложить вам. Брат его не переносит, а мы не пьем по тысяче причин, из которых достаточно и одной, вам известной.
— Благодарствуйте, сеньора донья Крус. Я тоже не пью вина, кроме как по воскресеньям да по праздникам.
— Удивительное дело! — вмешался слепой. — Когда я потерял зрение, вино вдруг опротивело мне, точно вино и свет, как два близнеца, разом ушли из моей жизни.
Мне остается сообщить читателю, что Рафаэль дель Агила был немногим моложе Крус. Ему минуло уже тридцать пять лет, но слепота, поразившая его в 1883 году, и вызванное ею неподвижное и печальное существование задержали для него бег времени, словно забальзамировав в тридцатилетнем возрасте: исчезла цветущая свежесть лица, но не появилось, ни седины, ни морщин; жизнь в нем как бы остановилась, застыла, подобно зеленоватой нездоровой воде непроточного пруда
. Беседа развлекла и оживила бедняжку-слепого. Он рассказывал весьма остроумно эпизоды из своей зрячей жизни и с интересом расспрашивал о событиях последних дней. Зашла речь о донье Лупе; но Торквемада не поддержал разговора о почившей приятельнице: сбивчивые мысли об этом доме и трех его обитателях совсем сковали ум скряги. Он желал бы объясниться с дамами, задать им тысячу вопросов, выведать дьявольские секреты хозяйства; несомненно, на сей счет у них есть некий высший кодекс, свято чтимый, точно библия, извечный маяк и путеводитель людей, скрывающих свою бедность...
Прекрасно понимая, что визит его слишком затянулся, дон Франсиско никак не мог распрощаться, не решаясь вытащить вексель и деньги. Он чувствовал себя так, будто должен вынуть не вексель, а пистолет и направить его на сестер дель Агила. Никогда прежде он не сознавал так ясно всей низменности своего ремесла; от этого и проистекало теперь его замешательство. Обычно он приступал к делу со спокойной душой и твердым сознанием правоты перед бедняками, что всеми правдами и неправдами добивались от него помощи в стесненных . обстоятельствах. Два или три раза гость совал руку в карман, и привычные слова: «Так вот, сеньоры...» — уже готовы были сорваться у него с языка, но решимость тут же покидала его, и намерение оставалось неисполненным. Он до ужаса боялся в чем-либо погрешить против уважения к столь благородной и несчастной семье. Наконец Крус, догадавшись, что творится в его душе, или желая поскорее избавиться от посетителя, начала первая: «Если вам угодно, давайте обсудим...» Они вернулись в залу и порешили дело с такой быстротой, будто оба сидели на иголках. В Крус говорила щепетильность, в Торквемаде — давешний страх, с новой силой обуявший его, когда они стали уточнять прошлые и будущие счеты. Словно молния, в его мозгу сверкнула мысль отказаться от процентов ввиду удручающего положения этих трех достойнейших особ. Но то была лишь мгновенная вспышка, слишком слабая и непродолжительная, чтобы воспламенить волю... Отказаться от процентов! Сроду он ничего подобного не делал и в уме не держал... Конечно, сеньоры дель Агила заслуживают особого уважения; но развязать ради них свою мошну — черт побери! — он чуял, что добром это не кончится.
И все-таки в глубине души Торквемада готов был пожертвовать процентами; неловкое предложение уже вертелось у него на языке, но слова — ни грубые, ни изящные — не давались ему, не знал он, какое выражение лица при этом уместно, — словом, не находил способа вызвать подобное намерение из бездны небытия и облечь в плоть и кровь. А к пущему мучению он вспомнил, что дал донье Лупе какое-то обещание на этот счет. Вероломная память никак не хотела подсказать ему, требовала ли покойница простить или только снизить проценты. Скорее всего — последнее: ведь Индюшатница не была мотовкой... В полном замешательстве, не ведая, что творит, скряга машинально переписал вексель. Крус не промолвила ни слова, Торквемада, также молча, протянул на подпись сеньоре уже продленный вексель. Несчастная жертва не издала ни единого стона; на ее благородном челе и самый проницательный человек не прочел бы ни признака удивления. Закончив сделку, Торквемада почувствовал, как замешательство его все растет. Неуклюже попрощавшись, он, спотыкаясь, вышел, налетая на все углы в коридоре, толкнулся не в ту дверь, зацепился полой сюртука за задвижку и, не заметив крутизны и поворотов лестницы, кубарем покатился вниз.

Часть 1. Глава 7

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

VII

Su confusión y atontamiento no se disiparon, como pensaba, al pisar el suelo firme de la calle; antes bien, este no le pareció absolutamente seguro. Ni las casas guardaban su nivel, dígaselo que se dijera; tanto que por evitar que alguna se le cayera encima, ¡cuidado!, D. Francisco pasaba frecuentemente de una acera a otra. En el café de Zaragoza, donde tenía una cita con cierto colega para tratar de un embargo, en dos o tres tiendas que visitó después, en la calle, y por fin en su propia casa, en la cual recaló ya cerca de anochecido, le perseguía una idea molesta y tenaz que sacudió de sí sin conseguir ahuyentarla; y otra vez le atacaba, como el mosquito en la obscura alcoba desciende del techo con su trompetilla y su aguijón, y cuando más se le ahuyenta más porfiado el indino, más burlón y sanguinario. La pícara idea concluyó por producirle una desazón indecible que le impedía comer con el acompasado apetito de costumbre. Era una mala opinión de sí mismo, un voto unánime de todas las potencias [53] de su alma contra su proceder de aquella mañana. Claro que él quería rebatir aquel dictamen con argumentos mil que sacaba de este y el otro rincón de su testa; pero la idea condenatoria podía más, más, y salía siempre triunfante. El hombre se entregaba al fin, ante el aterrador aparato de lógica que la enemiga idea desplegaba, y dando un trastazo en la mesa con el mango del tenedor, se echó a su propia cara este apóstrofe: «Porrón de Cristo... ¡ñales!, mal que te pese, Francisco, confiesa que hoy te has portado como un cochino».
     Abandonó los nada limpios manteles sin probar el postre que, según rezan las historias, era miel de la Alcarria, y tragado el último buche de agua del Lozoya, se fue a su gabinete, mandando a la tarasca, su sirvienta, que le llevase la lámpara de petróleo. Paseándose desde la cama al balcón, o sea desde la mitad de la alcoba al extremo del gabinete; dando tal cual bofetada a la vidriera que ambas piezas separaba, y algún mojicón a la cortina para que no le estorbara el paso, se rindió, como he dicho, a la idea vencedora. Porque, lo que él decía, alguna ocasión había de llegar en que fuera indispensable tener un rasgo. Él jamás tuvo ningún rasgo, ni había hecho nunca más que apretar, apretar y apretar. [54] Ya era tiempo de abrir un poco la mano, pues había llegado a reunir, trabajando a pulso, una fortuna que... Vamos, era más rico de lo que él mismo pensaba; poseía casas, tierras, valores del Estado, créditos mil, todos cobrables, dineros colocados con primera hipoteca, dineros prestados a militares y civiles con retención de paga, cuenta corriente en el Banco de España; tenía cuadros de gran mérito, tapices, sin fin de alhajas valiosísimas; era, hablando bien y pronto, un hombre opíparo, vamos al decir, opulento... ¿Qué inconveniente había, pues, en darse un poco de lustre con las señoras del Águila, tan buenas y finas, damas, en una palabra, cual él nunca las había visto? Ya era tiempo de tirar para caballero, con pulso y medida, ¡cuidado!, y de presentarse ante el mundo, no ya como el prestamista sanguijuela, que no va más que a chupar, a chupar, sino como un señor de su posición (5) que sabe ser generoso cuando le sale de las narices el serlo. ¡Y qué demonios!, todo era cuestión de unas sucias pesetas, y con ellas o sin ellas él no sería ni más rico ni más pobre. Total, que había sido un puerco, y se privaba de la satisfacción de que aquellas damas le guardaran gratitud y le tuvieran en más de lo que le tenía el común de los deudores... Porque las circunstancias habían cambiado [55] para él con el fabuloso aumento de riqueza; se sentía vagamente ascendido a una categoría social superior; llegaban a su nariz tufos de grandeza y de caballería, quiere decirse, de caballerosidad... Imposible afianzarse en aquel estado superior sin que sus costumbres variaran, y sin dar un poco de mano a todas aquellas artes innobles de la tacañería. ¡Si hasta para el negocio le convenía una miaja de rumbo y liberalidad, hasta para el negocio... ¡ñales!, porque cuando se marcara más aquella transformación a que abocado se sentía, por la fuerza de los hechos, forzoso era que acomodara sus procederes al nuevo estado!... En fin, había que ver cómo se enmendaba el error cometido... Difícil era ¡re-Cristo!, porque ¿con qué incumbencia se presentaba él nuevamente allá? ¿Qué les iba a decir? Aunque parezca extraño, no encontraba el hombre, con toda su agudeza, términos hábiles para formular el perdón de intereses. Infinitos recursos de palabra poseía para lo contrario; pero del lenguaje de la generosidad no conocía ni de oídas un solo vocablo.
     Toda la prima noche se estuvo atormentando con aquellas ideas. Su hija Rufinita y su yerno estuvieron a visitarle, y achacaron su inquietud a motivos enteramente contrarios a los verdaderos. «A tu papá le han arreado [56] algún timo -decía Quevedito a su esposa cuando salían para irse al teatro a ver una función de hora-. ¡Y que debe de haber sido gordo!».
     Rufina, cogida del brazo de su diminuto esposo, y rebozada en su toquilla color de rosa, iba refunfuñando por la calle: «Es que papá no aprende... Aprieta sin compasión, quiere sacar jugo hasta de las piedras; no perdona, no considera, no siente lástima ni del Sursum Corda, y ¿qué resulta? Que la divina Providencia se descuelga protegiendo a los malos pagadores... y al pícaro prestamista, estacazo limpio... Papá debiera abrir los ojos, ver que con lo que tiene puede hacer otros papeles en el mundo, subirse a la esfera de los hombres ricos, usar levita inglesa y darse mucha importancia. ¡Vamos, que vivir en una casa de corredor, y no tratar más que con gansos, y vestir tan a la pata la llana...! Esto no está bien, ni medio bien. Verdad que a nosotros ¿qué nos va ni nos viene? Allá se entienda; pero es mi padre, y me gustaría verle en otra conformidad... Voy a lo que iba: papá estruja demasiado, ahoga al pobre, y... hay Dios en el cielo, que está mirando dónde se cometen injusticias para levantar el palo. Claro, ve que mi padre es una fiera para la cobranza, y allá va el garrotazo... Vete a saber [57] lo que habrá pasado hoy: alguno que no paga ni a tiros, y al ir a embargarle se han encontrado con cuatro trastos viejos que no valen ni las diligencias... O alguno que ha hecho la gracia de morirse, dejando a mi padre colgado; en fin, qué sé yo lo que será... Lo que digo, que a Dios no le hace maldita gracia que papá sea tan atroz, y le dice... '¡eh, cuidado!...'».

VII

От соприкосновения с твердой почвой улицы смущение и замешательство нашего героя против ожидания нисколько не рассеялись: он и на мостовой не чувствовал себя вполне надежно. Хотите верьте, хотите нет, — дома так и плясали перед его глазами, и, опасаясь, как бы стены — пропади они пропадом! — не обрушились ему на голову, Торквемада несколько раз переходил с одного тротуара на другой. В кафе «Сарагоса» у него было назначено свидание с приятелем — надо было договориться с ним о наложении ареста на имущество; затем скряга посетил две-три лавки и уже в сумерках добрался домой. Но везде — и на улице и дома — его преследовала назойливая, неотвязная мысль, от которой он, как ни старался, не мог избавиться. Снова и снова впивалась она в него, словно комар в темной спальне: звенит, жалит, и чем больше его отгоняют, тем негодный становится настойчивее, насмешливее и кровожаднее. Проклятая мысль так разбередила душу процентщика, что он даже лишился обычного аппетита. То было не что иное, как недовольство собой; сердце и разум скряги единогласно вынесли порицание утреннему его поступку. Долго выискивал он в сокровенных уголках мозга тысячи доводов против этого приговора, но осуждающая мысль становилась все сильнее и неизменно выходила победительницей, В конце концов, бедняга не устоял перед сокрушительным натиском мысли-врага и, стукнув вилкой по столу, крикнул гам себе: «Чертов болван... чтоб тебя! Хочешь — не хочешь, а признавайся: сегодня ты вел себя как скотина».
Он встал из-за стола, не притронувшись к сладкому, — а то был, как повествуют летописи, отменный алькаррийский мед, — глотнул лосойской воды и направился в кабинет, приказав ведьме-служанке подать керосиновую лампу. Не находя себе места, шагал он взад и вперед по комнате; трахнул по окну, распахнув обе створки сразу; стукнул кулаком по пологу кровати — не путайся под ногами! — и сдался, наконец, на милость мысли-победительницы. Что ни говори, твердил он, бывают же такие обстоятельства, когда надо ослабить петлю. Ведь всю жизнь он только и делал, что затягивал ее все туже и туже. Вот сейчас как раз время проявить щедрость: после долгих мытарств он сколотил, наконец, состояние, которое... Да что там, он теперь богат, сроду не думал, что станет таким богачом! Все у него есть: дома, земли, ценные бумаги, текущий счет в Испанском банке, ворох надежных векселей, просроченные заклады разных горемык, военных и штатских: прекрасные картины, ковры, драгоценности, словом, он теперь человек состоятельный, богач... Что стоило ему расщедриться и пожалеть сеньор дель Агила, таких добрых и обходительных, настоящих светских дам, каких он и отродясь не видывал? Пора уже показать себя джентльменом — разумеется, с осмотрительностью и в меру, черт побери! — и предстать пред миром не кровопийцей-ростовщиком, высасывающим последние соки, а сеньором с положением, умеющим быть великодушным, когда приспичит. Вот дьявольщина! И ведь речь-то шла всего-навсего о жалких грошах: с ними не прибудет, без них не убудет. Короче говоря, он поступил как свинья и лишил себя удовольствия заслужить расположение дам и внушить им несколько более лестное мнение о себе.
Вместе со сказочным обогащением изменились и обстоятельства жизни: ростовщик неясно сознавал, что поднялся к вершинам общества; его ноздри уже вдыхали сладкий аромат величия и рыцарства, то есть... он хотел сказать — джентльменства... Невозможно утвердиться в высших сферах, если не изменить своих повадок, не унять, хоть на йоту подлую скаредность. Да и для дела не повредит капелька бескорыстия: раз уж ты нацелился на высокое положение, приспосабливайся и жертвуй... Да, но как же все-таки загладить промах? Трудненько это будет... чтоб его! Под каким предлогом явиться вновь к сеньорам дель Агила? Что им сказать? Как ни странно, но при всей своей изворотливости дон Франсиско не находил подходящих слов, чтобы отказаться от процентов. Для противоположной цели у него их было хоть пруд пруди; но из лексикона великодушия он не знал ни единого слова даже понаслышке.
Весь вечер Торквемада терзался этими мыслями. Пришедшие навестить его Руфина и зять приписали беспокойство дона Франсиско причинам, крайне далеким от истинных. «Твоего отца, верно, надули на каком-нибудь деле, — сказал Кеведито, выходя от тестя и направляясь с женой в театр смотреть нашумевшую пьесу. — И дельце, видать, нешуточное!»
Руфина, под руку с коротышкой супругом, бормотала, кутаясь в розовую мантилью: «Не желает он понять... Давит безо всякого сострадания, хочет даже из камня сок выжать. Никому не прощает, ни с чем не считается, готов последнюю рубашку снять, и что же? Божественное провидение попустительствует неисправным должникам, а жадный процентщик остается с носом. Пора бы уже отцу открыть глаза; с его состоянием он может играть другую роль в обществе: войти в круг богатых людей, носить английский сюртук и снискать всеобщее уважение. Ну, слыханное ли дело — жить в доходном доме, общаться с одним мужичьем и одеваться как простолюдин! Что тут хорошего? Правда, нам от этого ни тепло, ни холодно, но ведь он мой отец, мне хотелось бы видеть его "другим. Слишком уж он людей прижимает, душит бедняков... А ведь есть бог на небе, он видит все несправедливости и наказывает за них. Не избежать отцу божьей кары, когда-нибудь поплатится он за свою безжалостность... Поди знай, что именно сегодня стряслось: или кто-нибудь не платит, хоть ты из него дух вышиби, а пойдешь описывать имущество — найдешь тряпье, из-за которого и стараться не стоило... Или должник отправился на тот свет, а отца оставил в дураках... Словом, не знаю... Одно ясно: жестокость всевышнему неугодна, вот он и предупреждает отца: «Эй, смотри у меня!»

Часть 1. Глава 8

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

VIII

Desde la muerte de su hijo Valentín, de triste memoria, Torquemada se arregló una vivienda en el principal de la casa de corredor que poseía en la calle de San Blas. Juntando los dos cuartitos principales del exterior, le resultó una huronera bastante capaz, con más piezas de las que él necesitaba, todo muy recogido, tortuoso y estrecho, verdadera vivienda celular en la cual se acomodaba muy a gusto, como si en cada uno de aquellos escondrijos sintiera el molde de su cuerpo. A Rufina le dio casa en otra de su propiedad, pues aunque hija y yerno eran dos pedazos de pan, se encontraba mejor solo que bien acompañado. Había dado Rufinita en la tecla de refistolear (6) los negocios de su padre, de echarle tal cual sermoncillo por su avaricia, y él [58] no admitía bromas de esta clase. Para cortarlas y hacer su santa voluntad sin intrusiones fastidiosas, que cada cual estuviese en su casa, y Dios... o el diablo en la de todos.
     Tres piezas tan sólo, de aquel pequeño laberinto, servían de vivienda al tacaño para dormir, para recibir visitas y para comer. Lo demás de la huronera teníalo relleno de muebles, tapices y otras preciosidades adquiridas en almonedas, o compradas por un grano de anís a deudores apurados. No se desprendía de ningún bargueño, pintura, objeto de talla, abanico, marfil o tabaquera sin obtener un buen precio, y aunque no era artista, un feliz instinto y la costumbre de manosear obras de arte le daban ciencia infalible para las compras así como para las ventas.
     En el ajuar de las habitaciones vivideras se notaba una heterogeneidad chabacana. A los muebles de la casa matrimonial del tiempo de doña Silvia habíanse agregado otros mejores, y algunos de ínfimo valor, desmantelados y ridículos. En las alfombras se veían pedazos riquísimos de Santa Bárbara cosidos con fieltros indecentes. Pero lo más particular de la vivienda del gran Torquemada era que, desde la muerte de su hijo, había proscrito toda estampa o cuadro religioso en sus habitaciones. Acometido, en aquella gran desgracia, [59] de un feroz escepticismo, no quería ver caras de santos ni Vírgenes, ni aun siquiera la de nuestro Redentor, ya fuese clavado en la cruz, ya arrojando del templo a los mercachifles. Nada, nada... ¡fuera santos y santas, fuera Cristos y hasta el mismísimo Padre Eterno fuera!... que el que más y el que menos, todos le habían engañado como a un chino, y no sería él, ¡ñales!, quien les guardase consideración. Cortó, pues, toda clase de relaciones con el Cielo, y cuantas imágenes había en la casa, sin perdonar a la misma Virgencita de la Paloma, tan venerada por doña Silvia, fueron llevadas en un gran canasto a la bohardilla, donde ya se las entenderían con las arañas y ratones.
     Era tremendo el tal Torquemada en sus fanáticas inquinas religiosas, y con el mismo desdén miraba la fe cristiana con todo aquel fárrago de la Humanidad y del Gran Todo que le había enseñado Bailón. Tan mala persona era el Gran Todo como el otro, el de los curas, fabricante del mundo en siete pasteleros días, y luego... ¿para qué? Se mareaba pensando en el turris-burris de cosas sucedidas desde la Creación hasta el día del cataclismo universal y del desquiciamiento de las esferas, que fue el día en que remontó su vuelo el sublime niño Valentín, tan hijo de Dios [60] como de su padre, digan lo que quieran, y de tanto talento como cualquier Gran Todo, o cualquier Altísimo de por allá. Creía firmemente que su hijo, arrebatado al cielo en espíritu y carne, lo ocupaba de un cabo a otro, o en toda la extensión del espacio infinito sin fronteras... ¡Cualquiera entendía esto de no acabarse en ninguna parte los terrenos, los aires o lo que fuesen!... Pero ¡qué demonio!, sin meterse en medidas, él creía a pies juntillas que o no había cielo ninguno, ni Cristo que lo fundó, o todo lo llenaba el alma de aquel niño prodigioso, para quien fue estrecha cárcel la tierra, y menguado saber todas las matemáticas que andan por estos mundos.
     Bueno. Pues con tales antecedentes se comprenderá que la única imagen que en la casa del prestamista representaba a la Divinidad era el retrato de Valentinito, una fotografía muy bien ampliada, con marco estupendo, colgado en el testero principal del gabinete, sobre un bargueño, en el cual había candeleros de plata repujada, con velas, pareciéndose mucho a un altar. La carilla del muchacho era muy expresiva. Diríase que hablaba, y su padre, en noches de insomnio, entendíase con él en un lenguaje sin palabras, más bien de signos o visajes de inteligencia, de cambio de miradas, y de un suspirar hondo a que respondía [61] el retrato con milagrosos guiños y muequecillas. A veces sentíase acometido el tacaño de una tristeza indefinible, que no podía explicarse, porque sus negocios marchaban como una seda, tristeza que le salía del fondo de toda aquella cosa interior que no es nada del cuerpo; y no se le aliviaba sino comunicándose con el retrato por medio de una contemplación lenta y muda, una especie de éxtasis, en que se quedaba el hombre como lelo, abiertos los ojos y sin ganas de moverse de allí, sintiendo que el tiempo pasaba con extraordinaria parsimonia, los minutos como horas, y estas como días bien largos. Excitado algunas veces por contrariedades, o cuestiones con sus víctimas se tranquilizaba haciendo la limpieza total y minuciosa del cuadro, pasándole respetuosamente un pañuelo de seda que para el caso tenía y a ningún otro uso se destinaba; colocando con simetría los candeleritos, los libros de matemáticas que había usado el niño y que allí eran como misales, un carretoncillo y una oveja que disfrutó en su primera infancia; encendiendo todas las luces y despabilándolas con exquisito cuidado, y tendiendo sobre el bargueño, para que fuese digno mantel de tal mesa, un primoroso pañuelo grande bordado por doña Silvia. Todo esto lo hacía Torquemada con cierta [62] gravedad, y una noche llegó a figurarse que aquello era como decir misa, pues se sorprendió con movimientos pausados de las manos y de la cabeza, que tiraban a algo sacerdotal.
     Siempre que le acometía el insomnio rebelde, se vestía y calzaba, y encendido el altar, se metía en pláticas con el chico, haciéndole garatusas, recordando con fiel memoria su voz y sus dichos, y ensalzando con una especie de hosanna inarticulado... ¿qué dirán ustedes?, las matemáticas, las santísimas matemáticas, ciencia suprema y única religión verdad en los mundos habidos y por haber.
     Dicho se está que aquella noche, por lo muy excitado que estaba el hombre, fue noche de gran solemnidad en tan singulares ritos. Sintiéndose incapaz de dormir, ni siquiera pensó en acostarse. La tarasca le dejó solo. Encendidas las luces, apagó la lámpara de petróleo, llevándola a la sala próxima para que el tufo no le apestara, y entregose a su culto. El recuerdo de las señoras del Águila, y el vigor con que su conciencia le afeaba la conducta observada con ellas, mezcláronse a otras y sentimientos, formando un conjunto extraño. Las matemáticas, la ciencia de la cantidad, los sacros números, embargaban su espíritu. Caldeado el cerebro, [63] creyó oír cantos lejanos sumando cantidades con música y todo... Era un coro angélico. El rostro de Valentinico resplandecía de júbilo. El padre le dijo: «Cantan, cantan bien... ¿Quiénes son esos?».
     En su interior sentía el retumbar de una gran verdad proferida como un cañonazo, a saber, que las matemáticas son el Gran Todo, y los números los espíritus, que mirados desde abajo... son las estrellas... Y Valentinico tenía en su ser todas las estrellas, y por consiguiente todito el espíritu que anda por allá y por acá. Ya cerca de la madrugada rindiose D. Francisco al cansancio, y se sentó frente al bargueño, apoyando la cabeza en el ruedo de sus brazos, y estos en el respaldo de la silla. Las luces se estiraban y enrojecían lamiendo el pábilo negro; la cera chorreaba, con penetrante olor de iglesia. El prestamista se aletargó, o se despabiló, pues ambos verbos, con ser contrarios, podían aplicarse al estado singular de sus nervios y de su cabeza. Valentín no decía nada, triste y mañoso como los niños a quienes no se ha hecho el gusto en algo que vivamente apetecen. Ni habría podido decir D. Francisco si le miraba realmente, o si le veía en los nimbos nebulosos de aquel sueñecillo que en la silla descabezaba. Lo indudable es que hijo y padre se hablaron; [64] al menos puede asegurarse, como de absoluta realidad, que D. Francisco pronunció estas o parecidas palabras: «Pero si no supe lo que hacía, hijo de mi alma. No es culpa mía si no sé tocar esa cuerda del perdón... y si la toco, no me suena, cree que no me suena».
     -Pues... lo que digo -debió de expresar la imagen de Valentín-, fuiste un grandísimo puerco... Corre allá mañana y devuélveles a toca teja los arrastrados intereses.
     Levantose bruscamente Torquemada, y despabilando las luces, se decía: «Lo haremos; es menester hacerlo... ¡Devolución... caballerosidad... rasgo! ¿Pero cómo se compone uno para el rasgo? ¿Qué se dice? ¿De qué manera y con qué retóricas hay que arrancarse? Direles ¡ñales!, que fue una equivocación... que me distraje... ¡ea!, que me daba vergüenza de ser rumboso... la verdad, la verdad por delante... que no acertaba con el vocablo por ser la primera vez que...».

VIII

После смерти сына Валентина — царство ему небесное! — Торквемада обосновался на втором этаже доходного дома на улице Сан Блас. Комнат в его квартире оказалось больше чем требовалось; все они, за исключением двух с окнами на улицу, были узкие, тесные, кривые,— настоящие клетки. Однако самому дону Франсиско его жилище приходилось по вкусу: каждая из каморок, как раковина улитки, хранила, казалось, отпечаток его существа. Руфине он выделил другой дом: хоть дочь и зять были добрейшие души, Торквемада предпочитал жить отдельно от них. Руфинита повадилась совать нос в отцовские дела и вечно читала ему наставления насчет его скупости. Процентщик терпеть не мог подобных шуток и решил вовремя пресечь их, дабы ничья назойливость не мешала ему поступать по собственному усмотрению; пусть каждый живет сам по себе, и да пребудет со всеми бог... или там дьявол!
В этом логове ростовщик пользовался лишь тремя комнатами: в одной он спал, в другой ел, в третьей принимал посетителей. Прочие помещения были забиты мебелью, коврами и другими ценными вещами, приобретенными на аукционах или купленными за гроши у неимущих должников. Ни с одним предметом — будь то резной шкафчик, картина, статуэтка, веер, безделушка из слоновой кости или табакерка — Душегуб не расставался без барыша, и хотя он отнюдь не родился художником, великолепное чутье и многолетний опыт безошибочно руководили им при покупке и продаже предметов искусства.
Разнобой в обстановке жилых комнат выдавал отсутствие вкуса у хозяина. К мебели из первого дома, приобретенной еще во времена доньи Сильвии, Торквемада добавил и более дорогую и совсем дешевую, старомодную и нелепую с виду. Ценнейшие гобелены мануфактуры святой Варвары уживались рядом с грубыми войлочными кошмами. Но самым удивительным в квартире великого Торквемады было полное отсутствие гравюр и картин религиозного содержания. В яростном неверии, охватившем его вслед за жестоким ударом судьбы — смертью сына, — он не желал видеть ни святых, ни богородицу, ни даже спасителя нашего, распятого на кресте или изгоняющего торгашей из храма — все равно. Ничего, ничего... Чтоб и духу не было святых, Христа и самого всевышнего! Все они, кто больше, кто меньше, провели его как малого ребенка, и не ему их почитать, не ему... чтоб их! Итак, он решительно порвал с небом и распорядился все изображения, не исключая и святой девы с голубем, столь чтимой когда-то доньей Сильвией, свалить в большую корзину и снести на чердак: пусть их там знаются с пауками да с мышами.
Торквемада был страшен в своей фанатической ненависти к религии; он презирал христианскую веру наравне с туманным хламом Человечности и Великого Целого из проповедей Байлона. Это Великое Целое — такой же негодник, как и тот, другой, о котором болтают в церкви, будто он состряпал мир в семь дней... а к чему, спрашивается? Ростовщик мучительно размышлял о неразберихе событий со дня творенья до дня всемирной катастрофы и крушения небесных сфер - дня; когда испустило последний вздох прекрасное дитя Валентин. Что там ни говори, Валентин был сыном бога столько же, сколько и его, Торквемады, а талантом0мог помериться-с любым Великим Целым и Предвечным отцом. Дон Франсиско слепо верил, что сын его своим духом и плотью до краев заполняет похитившее; его: небо, или же — если и впрямь несть конца ни земле, ни небесам — все бесконечное и безграничное пространство. Какого черта! Торквемада, конечно, не мерил, но был убежден, что либо вовсе не существует никакого неба, ни бога, его создавшего, либо все небесное пространство заполнено душой чудесного ребенка, которому тесна была тюрьма земной юдоли и мало всей математики подлунной.
Итак, после вышеизложенного читатель не удивится, что единственным образом, представлявшим в доме ростовщика божественную силу, был портрет Валентинито — увеличенная фотография в великолепной раме. Дон Франсиско повесил портрет на самом видном месте — над конторкой, где, словно на алтаре стояли чеканные серебряные канделябры со свечами. Выразительное личико ребенка казалось живым, и бессонными ночами отец вел с сыном беззвучные беседы жестами, взглядами и глубокими вздохами, а тот в ответ чудесным образом подмигивал и кивал головой. Хотя дела скряги шли как по маслу, его томила по временам глубокая, неизъяснимая печаль, и ничто не могло утолить эту тоску, кроме общения с портретом. Подолгу и безмолвно вглядывался в него дон Франсиско с бессмысленным лицом, выпучив глаза точно в экстазе, не в силах двинуться с места. Бег времени замирал, минуты тянулись как часы, а часы — как нескончаемые дни. Иной раз, выведенный из себя пререканиями и ссорами со своими жертвами, ростовщик успокаивался, тщательно вытирая пыль с портрета шелковым платком, предназначенным специально для этой цели; симметрично расставлял подсвечники, раскладывал кругом учебники по математике (для отца они были лучше молитвенников), доставал салазки и игрушечную овечку — детские забавы Валентина... Потом зажигал все свечи, старательно снимая с них нагар, и расстилал на конторке вместо скатерти большой платок, искусно расшитый руками доньи Сильвии. Все это проделывалось с торжественной важностью. Однажды ночью дону Франсиско померещилось, что он служит обедню: медленные движения его рук и головы напоминали священнодействие.
Мучимый бессонницей, он вставал, надевал халат и туфли, зажигал свечи на своем алтаре и вступал в беседу с сыном, прославляя его, воскрешая в памяти его голос и речи, и беззвучно пел осанну... чему бы вы думали? — математике, святой математике, высшей науке и единственной истинной религии в сущих и грядущих мирах.
И вот, как повествуют летописцы, Торквемада, придя той ночью в сильное возбуждение, торжественно отслужил свою еретическую обедню. Чувствуя, что ему не заснуть, он не стал и ложиться. Служанка вышла, оставив его одного. Дон Франсиско зажег свечи, прикрутил фитиль лампы и вынес ее в другую комнату, чтобы не пахло керосином, а затем предался своему странному обряду. Воспоминание о сеньорах дель Агила, угрызения совести за давешний поступок, другие видения и чувства — все спуталось в один неразрывный клубок. Математика, наука чисел, священные знаки парализовали его дух. Разгоряченному мозгу почудилось тихое пение: кто-то под музыку нараспев складывал и умножал... Это ангельский хор. Лик Валентинито сияет от восторга. «Как чудесно они поют!.. Кто это?» — спрашивает отец.
И вдруг великая истина, точно молния, озарила его душу: математика — это и есть Великое Целое, а числа — духи... звезды, если смотреть снизу... И Валентинито объемлет все светила, а значит, воплощает в себе святой дух.
Перед рассветом дона Франсиско сломила усталость; он присел у конторки, обхватив руками спинку стула и уронив голову на руки. Багровое пламя свечей колебалось, касаясь черных фитилей. Воск стекал струйками, наполняя комнату тяжелым запахом церкви. Процентщик не то спал, не то бодрствовал: оба слова в равной мере определяли странное состояние его нервов и мозга. Валентин молчал, надувшись, как ребенок, которому отказали в исполнении прихоти. Дон Франсиско не мог сказать, на самом ли деле видел он сына, или же тот явился ему в туманных видениях дремоты, сморившей его в кресле. Несомненно, лишь одно: отец и сын беседовали друг с другом; по крайней мере, дон Франсиско безусловно произнес эти или подобные слова: «Но ведь я же не знал, что делаю, сын души моей! Разве я виноват, что не умею дудеть в эту дудку прощенья... А если и возьмусь играть на ней, так не выходит у меня, уж ты мне поверь, не выходит...» — «Значит, — отвечало изображение Валентина, — ты был свинья свиньей... Беги туда утром же и верни им наличными эти несчастные проценты».
Торквемада вскочил и, снимая нагар со свечей, долго бормотал себе под нос: «Так и сделаем. Так и поступим. Вернуть деньги... Великодушие... Щедрость... Но с какого бока за нее взяться, за эту щедрость? Что сказать? С чего начать? О, черт бы их... Я им скажу, что это недоразумение... я такой рассеянный... Нет, лучше скажу — не хотел их подавлять великодушием... Эх, да что там, всю правду выложу: слов, слов не нашел — ведь это впервые...».

Часть 1. Глава 9

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

IX

¡La primera vez que perdonaba réditos! Confuso y mareado durante toda la mañana, se sentía en presencia de una estupenda crisis. Veía como un germen de otro hombre dentro de sí, como un ser nuevo, misterioso embrión, [65] que ya rebullía, queriendo vivir por sí dentro de la vida paterna. Y aquel sentimiento novísimo, apuntado como las ansias de amor en quien ama por vez primera, le producía una turbación juvenil, mezcla de alegrías y temor. Dirigiose, pues, a casa de las señoras del Águila, como el novato de la vida, que después de mil vacilaciones, se decide a lanzar su primera declaración amorosa. Y por el camino estudiaba la frase, rebuscando las que tuvieran el saborete melifluo que al caso correspondía. Dificultad grande era para él la palabra suave y cariñosa, pues en su repertorio usual todas sonaban broncas, ordinarias, como la percusión de la llanta de un carro sobre los desgastados adoquines.
     Recibido, como el día anterior, por Cruz, que se asombró mucho de verle, estuvo muy torpe en el saludo. Olvidósele todo el diccionario fino que preparado llevaba, y como la dama le preguntase por la feliz circunstancia a que debía el honor de tal visita, disparose el hombre, a impulsos de la expansiva ansiedad que dentro llevaba, y allá como el diablo le dio a entender fue echando de su boca este chorretazo de conceptos: «Porque verá usted, señora doña Cruz... ayer, como soy tan distraído... Pero mi intención, ¡cuidado!, era dar a ustedes una muestra... Soy hombre considerado [66] y sé distinguir. Crea usted que pasé un mal rato al percatarme, cuando salí, de mi descuido, de mi... estupefacción. Ustedes valen, ya lo creo, valen mucho, son personas dignísimas, y merecen que un amigo de corazón les dé una muestra...».
     Embarullándose, tomó otro hilo; pero siempre iba a parar a la muestra, hasta que dando un brinco, de locución, se entiende, fue a caer espanzurrado (7) en el terreno de la verdad pura y concisa: «¡Ea!, señora, que no cobro intereses, que no los cobro, aunque me lo mande el Verbo... Y aquí tiene usted, en buena moneda, lo que ayer descontamos».
     Quitósele un gran peso de encima, y se maravilló de que la dama no hiciese remilgos para tomar el dinero devuelto. Diríase que esperaba el rasgo, y su sonrisa benévola y graciosa de mujer bien curtida en la sociedad revelaba la satisfacción de una sospecha confirmada. Diole las gracias con delicadeza, sin lloriqueos de pobre en quien el tomar y el pedir ha venido a ser un oficio, y conociendo con tino admirable que al usurero le causaba enojo aquel asunto, por no ser de su cuerda, mudó airosamente de conversación (8). ¡Qué mal tiempo hacía! ¡Vaya que, después de tanto llover, venirse aquel frío seco del Norte, en pleno Mayo! ¡Y qué desastrosa temporada [67] para los infelices que tenían cajón en la pradera! Francamente, el Santo no se había portado bien aquel año. De aquí pasaron al disgusto de las dos señoras por la mala salud de Rafael. Era sin duda una afección hepática, efecto de su vida sedentaria y tristísima. Una temporada de campo, un viajecito, una tanda de baños alcalinos, serían quizás remedio seguro; pero no podían pensar en semejante cosa. Con discreción de buen tono se abstuvo la señora de recalcar en el tema de sus escaseces, porque no creyera el otro que pordioseaba su auxilio para llevar a baños al ciego.
     La mente de Torquemada se había chapuzado en un profundo cavilar sobre la pobreza decorosa de sus amigas, y aunque Cruz habló de muy distintas cosas, no podía él seguirla más que con algún que otro tropezón monosilábico. De repente, como el nadador que después de una larga inmersión sale a flote respirando fuertemente, se arrancó el hombre con esta pregunta: «¿Y ese pleito...?».
     Reproducíanse en su imaginación las estupendas ponderaciones de doña Lupe agonizante, y aquellas galeras cargadas de oro, las provincias enteras, los ingenios de Cuba y el cúmulo increíble de riquezas que por derecho pertenecían a los del Águila, y que sin duda [68] les había quitado algún malsín. ¡Hay tanta pillería en esta España hidalga!
     «¿Y ese pleitito...?» -volvió a decir, pues la señora no había contestado al primer tiro.
     -Pues el pleito -replicó al fin Cruz-, sigue sus trámites. Es de lo contencioso administrativo.
     -Quiere decirse que la parte contraria es el Gobierno.
     -Justo.
     -Pues entonces, no cansarse, lo perderán ustedes... El Gobierno se lo lleva todo. Es el amo. Peseta que en sus manos cae, no esperemos que vuelva a salir de aquellas condenadas arcas. Y dígame, ¿es de mucha cuantía?
     -¡Oh!, sí señor... Y en los seis millones del suministro de cebada en la primera guerra civil... negocio de nuestro abuelo, ¿sabe usted?... pues en los seis millones, la cosa es tan clara, que si no nos reconocen ese crédito, hay que despedirse de la justicia en España.
     Al oír el vocablo millones, Torquemada se quedó lelo, y aguzó el hocico soplando hacia arriba, manera muy suya de expresar la magnitud de las cosas juntamente con el asombro que produce.
     «Hay además otros cabos, otros asuntos. La cosa es muy compleja, Sr. D. Francisco... Mi padre fue despojado de sus tierras de la [69] Rioja y de la ribera del Jalón, que estuvieron afectas a una fianza, por la contrata de conducción de caudales. El gobierno no cumplió lo pactado, hizo mangas y capirotes de las cláusulas del arrendamiento, y echó mano a las fincas. Absurdos, Sr. D. Francisco, que sólo se ven en este país desquiciado... ¿Quiere usted conocer detalladamente el asunto? Pues véngase por aquí alguna de estas noches. En la soledad y desamparo en que vivimos, víctimas de tanta injusticia y de tanto atropello, alejadas de la sociedad en que nacimos y en la cual hemos sufrido tantos desaires y desengaños tan horribles, Dios misericordioso nos ha concedido un lenitivo, un descanso del alma, la amistad de un hombre incomparable, de un alma caritativa, hidalga y generosa, que nos sostiene en esta lucha y nos da ánimo. Sin ese hombre compasivo, sin ese ángel, nuestra vida sería imposible: ya nos habríamos muerto de tristeza. Ha sido el contrapeso de tanto infortunio. En él hemos visto a la Providencia, piadosa y bella, trayéndonos un ramito de oliva después del diluvio, y diciéndonos que no olvidemos que existe la esperanza. ¡Esperanza! Basta con saber que no ha sido arrebatada del mundo, para sentirla y vivir y alentar con ella. Gracias a ese buen amigo no lo creemos todo perdido. [70] Miramos a las tinieblas que nos cercan, y allá lejos vemos una lucecita, una lucecita...».
     -¿Y ese señor...? -dijo Torquemada, en quien la curiosidad pudo más que el gustillo de oír a la señora.
     -¿Conoce usted a D. José Ruiz Donoso?
     -Donoso, Donoso... Me parece que me suena ese nombre.
     -Persona muy conocida en Madrid, de edad madura, buena presencia, respirando respetabilidad; modales de príncipe, pocas palabras, acciones hidalgas sin afectación... D. José Ruiz Donoso... Sí, le habrá usted visto mil veces. Ha sido empleado en Hacienda, de esos que nunca quedan cesantes, pues sin ellos no hay oficina posible... Hoy le tiene usted jubilado con treinta y seis mil, y vive como un patriarca, sin más ocupación que cuidar a su mujercita enferma, y mirar por nosotras, activando el dichoso pleito, que si fuera cosa suya no le inspiraría mayor interés. ¡Ay, nos quiere mucho, nos adora! Fue íntimo de nuestro padre, y juntos siguieron en Granada la carrera de leyes. Hombre muy bien quisto en todo el Madrid oficial, para él no hay puerta cerrada en este y el otro ministerio, ni en el Tribunal de Cuentas, ni en el Consejo de Estado. Todo el día le tiene usted [71] de oficina en oficina, dando empujones al carro pesadísimo de nuestro pleito, que hoy se nos atasca en este bache, mañana en el otro. Conocedor como nadie del teclado jurídico y administrativo, ya toca el registro de la recomendación amistosa, ya el de la autoridad severa; un día le echa el brazo por el hombro al consejero A; otro le suelta una peluca al oficial B, del Tribunal de Cuentas; y así marcha el asunto, y así sabemos lo que es esperanza, y así vivimos. Crea usted que el día en que Donoso nos falte, para nosotros se acabó el mundo, y nada tendremos que hacer en él más que procurarnos una muerte cristiana que nos lleve al otro lo más pronto posible.
     Panegírico tan elocuente acreció la curiosidad de Torquemada, que no veía las santas horas de echarse a la cara al señor de Donoso, a quien, por el retrato trazado de tan buena mano, ya creía conocer. Le estaba viendo, le sentía, érale familiar.
     «No falta aquí ni una noche, aunque caigan capuchinos de bronce -añadió la dama-. Es nuestra única tertulia, y el único solaz de esta vida tristísima. Se me figura que han de simpatizar ustedes. Conocerá usted a un hombre muy severo de principios, recto como los caminos de Dios, veraz como el Evangelio, y de trato exquisito sin zalamerías, ese trato [72] que ya se va perdiendo, la finura unida a la dignidad y al sentimiento justo de la distancia que debe guardarse siempre entre las personas».
     -Sí que vendré -dijo D. Francisco, abrumado por la superioridad del personaje, tal como Cruz le pintaba.
     Algo más de lo conveniente alargó la visita, esperando que asomara Fidela, a quien deseaba ver. Oyó su voz dulce y cariñosa, hablando con el ciego en el gabinete próximo, como si amorosamente le riñera. Mas la cocinerita no se presentaba, y al fin el tacaño no tuvo más remedio que largarse, consolándose de su ausencia con el propósito firme de volver a la noche.

IX

Да, впервые отказывается Торквемада от барыша! Растерянный и измученный, он все утро чувствовал, что стоит на пороге какого-то резкого перелома. Ему чудилось, будто зародыш нового человека зреет в нем, таинственный побег, бурно растущий и властно пробивающий себе дорогу сквозь все препоны. И это неизведанное ощущение, жгучее, словно первое томление любви, наполняло его юношеским смятением, радостью и страхом.
Он отправился к сеньорам дель Агила как желторотый юнец, наконец-то отважившийся на первое любовное признание. Дорогой он подыскивал слова, выбирая из своего запаса самые медоточивые — уместные в таком деле. Ах, как трудно давались Торквемаде мягкие и ласковые обороты: обычно речь его грохотала подобно колесам двуколки по неровной брусчатой мостовой.
Как и день назад, дверь открыла Крус Она очень удивилась при виде гостя; дон Франсиско позабыл все приготовленные слова, и приветствие вышло неуклюжим. Дама спросила, какому счастливому и неожиданному случаю приписать подобную честь. В порыве мучительного замешательства Торквемада, точно его подталкивал дьявол, стал бессвязно и сбивчиво оправдываться: «Видитг ли, сеньора донья Крус... Поймите... Вчера... я такой рассеянный... Но я, черт возьми, хотел вам доказать... Я человек рассудительный и в людях разбираюсь. Поверьте, я тогда от вас вышел и так мучился от своей ошибки, от этого... одурения. Вы люди достойнейшие, благородные, я знаю, вы стоите, чтоб искренний друг вам оказал...»
Вконец запутавшись, дон Франсиско начал все сначала, но каждый раз, как доходил до «оказал», снова спотыкался. В полной досаде он перепрыгнул через препятствие (разумеется, фигурально) и с разбегу ляпнул чистую, неприкрашенную правду: «Ах, сеньора, не возьму я проценты, не возьму, хоть бы сам святой дух мне повелел. Вот вам разница наличными».
Словно гора свалилась у него с плеч; он с восхищением увидел, что дама взяла деньги без жеманства. Можно сказать,- она ждала этого. Милая и благосклонная улыбка этой светской женщины выражала удовлетворение. Она поблагодарила дона Франсиско с отменной учтивостью, без заискивающего хныканья бедняков, для которых клянчить и унижаться — дело привычное. С удивительным тактом поняла она, сколь тягостно ростовщику это объяснение, и непринужденно переменила тему, чтобы помочь ему избавиться от неловкости. Какая скверная погода! Подумать только: после бесконечных дождей еще и холода, прямо как на севере.- Это в мае-то месяце! Что за несчастье для злополучных лавочников, торгующих под открытым небом! По правде сказать, наш святой дурно ведет себя в этом году. Потом заговорили об огорчавшем обеих дам недомогании Рафаэля. Нет сомнений: у него болезнь печени — плод неподвижной и безрадостной жизни. Сельская местность, небольшое путешествие, щелочные ванны, наверное, быстро вылечили бы его; но ни о чем подобном сестры не могли и мечтать. Удерживаемая благовоспитанностью, Крус не стала распространяться о своей бедности: пусть ростовщик не думает, будто она напрашивается на его помощь ради ванн для слепого.
Торквемада погрузился в бездну размышлений о честной бедности своих новых друзей, и хотя Крус говорила о вещах вполне понятных, процентщик отвечал ей односложно и зачастую невпопад. Внезапно, подобно пловцу, который, вынырнув на поверхность после долгого пребывания под водой, спешит раскрыть рот и жадно вздохнуть, скряга выпалил: «А как насчет тяжбы?»
В его памяти ожил предсмертный бред доньи Лупе: груженные золотом галеры, обширнейшие поместья, сахарные заводы Кубы, все несметные богатства, по праву принадлежавшие семье дель Агила и, без сомнения, отнятые каким-то сутягой. В нашей благородной Испании столько мошенников!
— Как насчет тяжбы?.. — повторил он, так как сеньора не ответила ему сразу.
— Что ж, дело идет своим путем, — отвечала, наконец, Крус. — Оно затрагивает государственные интересы.
— Вы хотите сказать, что противная сторона — правительство?
— Именно.
— Если так, не стоит и трудиться... вы проиграете... Правительство сцапает все. Оно ведь хозяин положения. Уж если денежки попали в его проклятые сундуки, не надейтесь выманить их оттуда. А скажите, много ли там?
— О да, сеньор... Шесть миллионов только за поставки ячменя в первую гражданскую войну... Этим занимался еще наш дед—может быть, вам известно? Дело об этих шести миллионах столь бесспорно, что если и тут не признают наши права, придется распрощаться с законностью в Испании.
Обалдев от слова «миллионы», Торквемада откинул назад голову, вытянул губы и тихо свистнул: так обычно он выражал свое изумление, когда речь шла о вещах значительных.
— Есть у нас и другие тяжбы. Все это очень сложно, сеньор дон Франсиско... У моего отца отобрали земли в Риохе и по берегам Халона, заложенные в опекунском совете. Правительство произвольно истолковало в свою пользу статьи договора и наложило руку на нашу недвижимость. Нелепость, сеньор дон Франсиско, возможная только у нас, в стране, где все шиворот-навыворот. Может быть, вы хотите узнать подробности нашего процесса? Что ж, приходите к нам в один из ближайших вечеров. В горестном уединении, вдали от общества, где мы родились и где вынесли столько невзгод и тяжких разочарований, милосердный господь даровал нам — нам, жертвам несправедливости и произвола,— бесценную дружбу человека с сердцем добрым, благородным и щедрым. Он вселяет в нас бодрость и поддерживает в жизненной борьбе. Без этого сострадательного человека, без этого ангела наша жизнь была бы нестерпимой, мы бы умерли от отчаяния. Его дружба — утешение и отрада для нас, она вознаграждает нас за все несчастья. В его лице нам явилось благостное и прекрасное провидение; оно принесло нам после потопа оливковую ветвь и напомнило, что надежда еще жива. Надежда! Раз она существует на свете, можно жить и не падать духом. Благодаря этому доброму другу мы верим, что не все потеряно. Смотрим в окружающую нас темноту, и нам чудится вдали огонек, огонек...
— Кто же этот человек? — перебил Торквемада, в котором любопытство было сильнее, чем удовольствие слушать сеньору.
— Знаком вам дон Хосе Руис Доносо?
— Доносо, Доносо... Кажется, это имя я где-то слышал.
— Это очень известный в Мадриде человек. Он уже немолод, почтенной наружности, с превосходными манерами, немногословен, а поступки его исполнены врожденного благородства... Дон Хосе Руис Доносе.. Да вы, верно, не раз встречались с ним. Он был чиновником министерства финансов, одним из тех, кто никогда не остается за бортом: без них ни одно учреждение существовать не может. Теперь он в отставке, получает тридцать шесть тысяч пенсии и живет, как патриарх. Все его заботы — ухаживать за больной женушкой да хлопотать о нашем треклятом деле с таким рвением, будто речь идет о его собственной тяжбе. О, дон Хосе так нас любит, просто боготворит! Он был близким другом нашего отца: когда-то в Гранаде они вместе начинали адвокатскую практику. Весь деловой мир Мадрида уважает сеньора Доносо; перед ним открыты двери всех министерств, Коммерческого суда и даже Государственного совета. Целые дни ходит он из одной канцелярии в другую, подталкивая нелегкий воз нашей тяжбы, который сегодня вязнет в одной рытвине, а завтра застревает в другой. Дон Хосе знаком как никто с судебной процедурой и пускает в ход то дружеские связи, то силу закона. Сегодня похлопает по плечу знакомого советника, завтра даст нагоняй чиновнику из Коммерческого суда; так и идет дело, так познаем мы надежду, так и живем. Поверьте, тот день, когда Доносо покинет нас, будет для нас последним. Нам останется только пожелать себе христианской кончины, чтобы возможно скорее расстаться с этим миром и отойти в иной.
Восторженные похвалы подогрели любопытство Торквемады: ему не терпелось хоть одним глазком взглянуть на сеньора Доносо, которого он, казалось, уже знал по столь хвалебным описаниям. Он видел этого сеньора, слышал мысленно его речи, словно был с ним знаком уже не один год.
— Дон Хосе навещает нас неизменно каждый вечер,— продолжала дама. — Он составляет все наше общество и единственную отраду горестной жизни. Мне кажется, вы понравитесь друг другу. Вы познакомитесь с человеком твердых правил, прямым и непреклонным, как пути господни, правдивым, словно само евангелие, на редкость изысканным и обходительным. Благовоспитанность сочетается в нем с достоинством и необычайной деликатностью: он никому не лезет в душу и не способен на притворство и лесть.
— Я обязательно приду, — буркнул дон Франсиско, вконец подавленный превосходством этого достойного человека.
Торквемада затянул свой визит несколько дольше положенного, надеясь, что выйдет Фидела, которую ему очень хотелось повидать. Из соседней комнаты доносился ее милый и нежный голос, ласково журивший слепого брата. Но маленькая повариха так и не появилась, и в конце концов процентщику пришлось уйти, пообещав себе в утешение вернуться вечером».

Часть 1. Глава 10

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

X

Vestido con los trapitos de cristianar, se fue entre ocho y nueve, y cuando llamaba a la puerta, subía tosiendo y con lento paso el señor de Donoso. Entraron casi juntos, y en el saludo y presentación, dicho se está que habían de contrastar la soltura y práctica mundana del viejo amigo de la casa con la torpeza desmañada del nuevo. Era Donoso un hombre eminentemente calvo, de bigote militar casi blanco; las cejas muy negras, grave y [73] ceremonioso el rostro, como un emblema oficial que en sí mismo llevaba el respeto de cuantos lo miraban; lleno y bien proporcionado de cuerpo y talla, con cierta tiesura de recepción, obra de la costumbre y del trato social; vestido con acendrada pulcritud, todo muy limpio, desde el cráneo pelado que relucía como una tapadera de bruñido marfil, hasta las botas bien dadas de betún, y sin una mota del fango de las calles.
     Desde los primeros momentos cautivó a Torquemada, que no le quitaba ojo, ni perdía sílaba de cuanto dijo, admirando lo correcto de su empaque, y la fácil elegancia de sus expresiones. Aquella levita cerrada, tan bien ajustadita al cuerpo, era la pieza de ropa más de su gusto. Así, así eran galanas y señoras las levitas, herméticamente cerradas, no como la suya, del tiempo de Mariana Pineda, tan suelta y desgarbada, que no parecía, al andar con ella, sino un murciélago en el momento de levantar el vuelo. ¿Pues y aquel pantalón de rayas con tan buena caída, sin rodilleras?... ¡y todo, Señor, todo: los cuellos tiesos, blancos como la leche; las botas de becerro, gruesas sin dejar de ser elegantes, y hasta la petaca que sacó, con cifra, para ofrecerle un cigarrillo negro, de papel pectoral engomado! Todo, Señor, todo en D. José Ruiz Donoso, [74] delataba al caballero de esos tiempos, tal y como debían ser los caballeros, como Torquemada deseaba serlo, desde que esta idea de la caballería se le metió entre ceja y ceja.
     El estilo, o lo que D. Francisco llamaba la explicadera, le cautivaba aún más que la ropa, y apenas se atrevía el hombre a dar una opinión tímida sobre las cosas diversas que allí se hablaron. Donoso y Cruz se lo decían todo, y se lo comentaban a competencia. Ambos gastaban un repertorio inagotable de frases lucidísimas, que Torquemada iba apuntando en su memoria para usarlas cuando el caso viniese. Fidela hablaba poco; en cambio el ciego metía baza en todos los asuntos, con verbosidad nerviosa y con el donaire propio de un hombre en quien la falta de vista ha cultivado la imaginación.
     Dando mentalmente gracias a Dios por haberle deparado en el señor de Donoso el modelo social más de su gusto, D. Francisco se proponía imitarle fielmente en aquella transformación de su personalidad que le pedían el cuerpo y el alma; y más atento a observar que a otra cosa, no se permitía intervenir en la conversación sino para opinar como el oráculo de la tertulia. ¡Vamos, que también doña Cruz era oráculo, y decía unas cosas que ya las habría querido Séneca para sí! Torquemada [75] soltaba gruñiditos de aprobación, y aventuraba alguna frase tímida, con el encogimiento de quien a cada instante teme hacer un mal papel.
     Dicho se está que Donoso trataba al prestamista de igual a igual, sin marcar en modo alguno la inferioridad del amigo nuevo de la casa. Su cortesía era como de reglamento, un poco seca y sin incurrir en confianzas impropias de hombres tan formales. Representaba D. José unos sesenta años; pero tenía más, bastante más, muy bien llevados, eso sí, gracias a una vida arregladísima y llena de precauciones. Cuerpo y alma se equilibraban maravillosamente en aquel sujeto de intachables costumbres, de una probidad en que la maledicencia no pudo poner jamás la más mínima tacha; con la religión del método, aprendida en el culto burocrático y trasegada de la administración a todos los órdenes de la vida; de inteligencia perfectamente alineada en ese nivel medio que constituye la fuerza llamada opinión. Todo esto, con sagacidad adivinatriz, lo caló al instante Torquemada: aquel era su hombre, su tipo, lo que él debía y quería ser al encontrarse rico y merecedor de un puesto honroso en la sociedad.
     Picando aquí y allá, la conversación recayó en el pleito. Aquella noche, como todas, [76] Donoso llevaba noticias. Cuando no tenía algo nuevo que decir, retocaba lo de la noche anterior, dándole visos de frescura, para sostener siempre verdes las esperanzas de sus amigas, a quienes quería entrañablemente.
     «Al fin, en el Tribunal ha aparecido el inventario del año 39. No ha costado poco encontrarlo. El oficial es amigo mío, y ayer le acusé las cuarenta por su morosidad... El ponente del Consejo me ha prometido despachar el dictamen sobre la incidencia. Podemos contar con que antes de las vacaciones habrá recaído fallo... He podido conseguir que se desista del informe de Guerra, que sería el cuento de nunca acabar...». Y por aquí seguía. Cruz suspiraba, y Fidela parecía más atenta a su labor de frivolité que al litigio.
     «En este Madrid -dijo D. Francisco, que en aquel punto de la conversación se encontró con valor para irse soltando-, se eternizan los pleitos, porque los que administran justicia no miran más que a las influencias. Si las señoras las tienen, échense a dormir. Si no, esperen sentadas el fallo. De nada le vale al pobre litigante que su derecho sea más claro que el sol, si no halla buenas aldabas a que agarrarse».
     Dijo, y se sopló de satisfacción al notar lo bien que caía en los oyentes su discurso. Donoso [77] lo apoyaba con rápidos movimientos de cabeza, que producían en la convexidad reluciente de su calva destellos mareantes.
     «Lo sé por experiencia propia de mí mismo -agregó el orador, abusando lastimosamente del pleonasmo-. ¡Ay, qué curia, ralea del diablo, peste del infierno! Olían la carne; se figuraban que había dónde hincar la uña, y me volvían loco con esperas de hoy para mañana, y de este mes para el otro, hasta que yo los mandaba a donde fue el padre Padilla y un poquito más allá. Claro, como no me dejaba saquear, perdía, y por esto ahora, antes que andar por justicia, prefiero que todo se lo lleven los demonios».
     Risas. Fidela le miró, diciendo de improviso:
     «Señor D. Francisco, ya sabemos que en Cadalso de los Vidrios tiene usted mucha propiedad».
     -Lo sabemos -agregó Cruz-, por una mujer que fue criada nuestra y que es de allá. Viene a vernos de cuando en cuando, y nos trae albillo por Octubre, y en tiempo de caza, conejos y perdices.
     -¿Propiedad yo?... Regular, nada más que regular...
     -¿Cuántos pares? -preguntó lacónicamente Donoso. [78]
     -Diré a ustedes... Lo principal es viña. Cogí el año pasado mil y quinientas cántaras...
     -¡Hola, hola!
     -¡Pero si va a seis reales! Apenas se saca para el coste de laboreo, y para la condenada contribución.
     -No se achique -dijo Cruz-. Todos los labradores son lo mismo. Siempre llorando...
     -Yo no lloro, no señora... No vayan a creer que estoy descontento de la suerte. No hay queja, no. Tengo, sí señora, tengo. ¿A qué lo he de negar, si es el fruto de mi sudor?
     -Vamos, que es usted riquísimo -dijo Fidela en tono que lo mismo podía ser de burla que de desdén, con un poquito de asombro, como si detrás de aquella frase hubiese una vaga acusación a la Providencia por lo mal que repartía las riquezas.
     -Poco a poco... ¿Qué es eso de riquísimo? Hay, sí señora, hay para una mediana olla. Tengo algunas casas... Y en Cadalso, además del viñedo, hay un poco de tierra de labor, su poco de pasto...
     -Va a resultar -observó el ciego en tono jovial-, que con todos esos pocos se trae usted medio mundo en el bolsillo. ¡Si con nosotros no ha de partirlo usted!
     Risas. Torquemada, un poquitín corrido, [79] se arrancó a decir: «Pues bueno, señoras y caballeros, soy rico, relativamente rico, lo cual no quita que sea humilde, muy humilde, muy llano, y que sepa vivir a lo pobre, con un triste pedazo de pan si a mano viene. Miserable me suponen algunos que me ven trajeado sin los requilorios de la moda; por pelagatos me tienen los que saben mi cortísimo gasto de casa y boca, y el no suponer, el no pintarla nunca. Como que ignoro lo que es darse lustre, y para mí no se ha hecho la bambolla».
     Al oír este arranque, en que D. Francisco puso cierto énfasis, Donoso, después de reclamar con noble gesto la atención, endilgó un solemne discurso que todos oyeron religiosamente, y que merece ser consignado, pues de él se derivan actitudes y determinaciones de la mayor importancia en esta real historia.

X

Он оделся в лучшее платье и около девяти часов вечера уже стучал в заветную дверь, когда увидел сеньора Доносо, с легким покашливанием, не спеша поднимавшегося по лестнице. Они вошли почти одновременно и были представлены друг другу. При первых же словах приветствия бросилась в глаза светская непринужденность старого друга дома и грубоватая неуклюжесть нового.
У Доносо был высокий лоб, оттененный черными бровями, лысый череп и сильно поседевшие усы; серьезное и важное лицо хранило печать строгого достоинства, невольно внушая каждому глубокое почтение. Осанистый и хорошо сложенный, чуть суховатый в обращении — плод привычки и долгой службы, — он был одет с подчеркнутой опрятностью; от лысины, желтевшей как полированная крышка из слоновой кости, до ярко начищенных, без единого пятнышка башмаков — все в нем так и сверкало чистотой.
С первых же минут дон Хосе завладел вниманием Торквемады, который буквально пожирал его глазами, боясь упустить хоть слово. Скряга восхищался внешностью Доносо и плавностью его речей. Доверху застегнутый, превосходно сидевший сюртук особенно пришелся по вкусу Торквемаде. Что за благородный и нарядный вид у этих наглухо застегнутых сюртуков! Не сравнить с его мешковатым длиннополым кафтаном времен Марианы Пинеды! Такой ты в нем нескладный, ну прямо летучая мышь с растопыренными крыльями! А уж брюки у сеньора Доносо — в полоску, безукоризненно отутюженные, без единой морщинки! Да и все остальное, бог мой… Туго накрахмаленный белоснежный воротничок, толстые, но отличного фасона башмаки из телячьей кожи, табакерка с вензелем, откуда он, угощая дона Франсиско, вынул черную сигаретку от кашля... Словом, все в доне Хосе Доносо обличало рыцаря нашего века, истинного кабальеро современности, каким и жаждал стать Торквемада с тех пор, как вбил это себе в голову.
Речь Доносо или то, что дон Франсиско называл «выразительностью», покорила его еще больше, чем одежда; бедняга едва осмеливался вставить словечко в беседу. Доносо и Крус целиком завладели разговором, словно состязаясь в красноречии. Оба они обладали неистощимым запасом звучных и красивых фраз, которые Торквемада силился удержать в памяти, чтобы ввернуть, когда придется к слову. Фидела говорила мало. Зато слепой в приступе нервозной говорливости то и дело вступал в разговор с остроумием человека, вознагражденного за слепоту богатством воображения.
Мысленно возблагодарив бога, явившего ему в лице Доносо совершенный образец светскости, дон Франсиско решил во всем слепо подражать этому человеку. Он неотступно наблюдал за своим оракулом и если вмешивался в беседу, то лишь поддакивая ему. Впрочем, донья Крус не отставала от Доносо: вот уж подлинно оратор, сам Сенека ей бы позавидовал! Торквемада одобрительно хмыкал, лишь изредка отваживаясь произнести робкую фразу, где из каждого слова так и выпирало замешательство.
Доносо, надо сказать, обращался с процентщиком как с равным, ничем не подчеркивая своего превосходства над новым другом дома. Учтивость, несколько официальная и суховатая, охраняла его от всякого панибратства. На вид сеньору Доносо было под шестьдесят, хотя на самом деле — гораздо больше: он вел размеренную жизнь, избегая тревог, и легко переносил свой возраст. Равновесие физических и нравственных сил поддерживалось в нем строгостью нравов, честностью, не запятнанной даже злоречием, умеренной набожностью, усвоенной на службе и перенесенной из канцелярии в другие сферы жизни, наконец, умом того «среднего уровня», на котором зиждется сила, именуемая общественным мнением. Торквемада со свойственным ему нюхом мгновенно постиг, что это за человек. Теперь, когда он богат и достоин, занять почетное место в обществе, ему следует во всем равняться на дона Хосе.
Коснувшись различных предметов, беседа дошла и до тяжбы. Доносо, как всегда, сообщил новости. Он приносил их каждый вечер, а если нового ничего не случалось, повторял вчерашние известия, придавая им оттенок новизны, лишь бы поддерживать в сердцах своих приятельниц, которых он любил, как родных, неугасимый огонек надежды.
«Итак, в Коммерческом суде нашлись описи тридцать девятого года. Немалого труда стоило разыскать их. Тамошний чиновник — мой приятель, и вчера я без стеснения пробрал его за волокиту. Референт Совета обещал представить свое заключение по делу. Можно рассчитывать, что решение будет вынесено еще до каникул. Я насилу убедил их не запрашивать военное министерство: ведь то была бы сказка про белого бычка...» И так далее. Крус вздыхала, а Фидела вязала кружева и казалась более поглощенной своей работой, нежели процессом.
Но тут, наконец, развязался язык у дона Франсиско.
— В нашем Мадриде, — сказал он, — дела тянутся целую вечность: ведь для судейских существуют лишь люди со связями. Есть у вас, сеньоры, сильная рука — можете спать спокойно; а нет — не ждите ничего хорошего. Пусть у бедного истца дело ясно как божий день — ничто не поможет, коли, нет у него высокого покровителя.
Выпалил и засопел от удовольствия, увидав, что речь его пришлась по вкусу собеседникам. Доносо одобрительно кивал: лысина его так и сверкала, ослепляя Торквемаду.
— Я это по собственному опыту знаю, — продолжал оратор, повторяясь и злоупотребляя вниманием слушателей. — Ох уж эти мне крючки, дьявольское отродье, чумы на них нет! Чуют, где жареным пахнет! Они воображали, что можно на мне руки нагреть и прямо с ума меня сводили своими посулами: завтра, да послезавтра, да через месяц, пока я не послал их ко всем чертям.. Ну ясно, раз не дал им заработать, так и проиграл дело, и уж теперь — чем в суд подавать, пусть лучше сатане достанется!
Все засмеялись. Фидела взглянула на него и неожиданно спросила:
— Сеньор дон Франсиско, говорят, у вас большое имение в Кадальсо-де-лос-Видриос?
— Бывшая наша служанка, — добавила Крус, — родом оттуда. Время от времени она навещает нас, привозит осенью виноград, а зимой кроликов и куропаток. Она-то и рассказывала нам об имении.
— У меня большое имение?... Заурядное, самое заурядное.
— Сколько упряжек? — кратко спросил Доносо. — Сейчас скажу... Главное там — виноградник. В прошлом году я собрал полторы тысячи корзин...
— Ого! Вот это да!
— Так ведь идет-то он по шесть реалов! Всей выручки едва хватает на обработку земли да на проклятые налоги.
— Не прибедняйтесь, — сказала Крус. — Землевладельцы все на один лад. Вечно сетуют да плачутся...
— Я не сетую, сеньора... Не подумайте, будто я недоволен своей судьбой. Я на нее не в обиде. И состояние у меня есть, конечно. К чему отрекаться, раз оно моим потом заработано?
— Полноте, да вы просто богач, — сказала Фидела, и в тоне ее звучали не то шутка и удивление, не то презрение и легкий упрек всевышнему, столь дурно распределяющему земные блага.
— Полегче, сеньора... Да и что такое богач? Кое-что имею, бесспорно, на хлеб хватает... Есть у меня несколько домов... И в Кадальсо, кроме виноградников, найдется малость пахотной земли да выгонов немножко...
— В результате, — заметил слепой шутливо, — всего у вас понемножку, а глядишь — полмира в кармане. Впрочем, нам его с вами не делить!
Раздался общий смех. Торквемада, раздосадованный и слегка пристыженный, выпалил:
— Ну, хорошо, дамы и господа, я богат, скажем изрядно богат, но от этого я только скромнее и проще. Я умею жить как бедняк и довольствоваться чем бог пошлет. Кто встретит меня на улице в затрапезном платье, безо всех этих модных побрякушек, сочтет меня жалким бедняком. Узнав, как мало трачу я на дом и стол, назовут меня нищим; я не хвастаюсь и никому не расписываю своего достатка, кичливость мне не по нутру.
Эту неожиданную тираду дон Франсиско произнес с особым выражением. Когда он умолк, Доносо сдержанным жестом потребовал внимания и обратился к собеседникам с торжественной речью, которую все выслушали с благоговением. Речь эта достойна того, чтобы привести ее здесь полностью: она послужила толчком для поступков и решений, сыгравших немаловажную роль в нашей правдивой истории.

Часть 1. Глава 11

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

XI

«¿A qué hacer un misterio de la riqueza bien ganada? -dijo Donoso en tono grave, midiendo las palabras, y oyéndose el concepto, por lo que venía a ser a un tiempo mismo orador y público-. ¿A qué disimularla con mal entendida humildad? Resabio es ese, señor don Francisco, de una educación meticulosa, [80] y de costumbre que debemos desterrar, si queremos que haya bienestar y progreso, y que florezcan el comercio y la industria. ¿Y a qué vienen, Sr. D. Francisco, esa exagerada modestia, esos hábitos de sobriedad sórdida, sí señor, sórdida, en desacuerdo con los posibles atesorados por el trabajo? ¿A qué viene ese vivir con apariencias de miseria, poseyendo millones, y cuando digo millones, digo también miles, o lo que sea? No; cada cual debe vivir en armonía con sus posibles, y así tiene derecho a exigirlo la sociedad. Viva el jornalero como jornalero, y el capitalista como capitalista, pues si es chocante ver a un pobre pelele echando la casa por la ventana, no lo es menos ver a un rico escatimando el céntimo, y rodeado de escaseces y porquerías. No: cada cual según su porqué; y el rico que vive con miseria, entre gente zafia y ordinaria, peca gravemente, sí señor, pero contra la sociedad. Esta necesita constituir una fuerza resistente contra los embates del proletariado envidioso. ¿Y con qué elementos ha de constituir esa fuerza, sino con la gente adinerada? Pues si los terratenientes y los rentistas se meten en una covacha, y esconden lo que les da el derecho de ocupar las grandes posiciones, si renuncian a estas y se hacen pasar por mendigos, ¿en [81] quién, digo yo, en quién ha de apoyarse la sociedad para su mejor defensa?».
     Se cruzó de brazos. Nadie le contestaba, porque nadie se atrevía a interrumpir con palabra ni gesto retahíla tan elocuente. Siguió diciendo:
     «La riqueza impone deberes, señor mío: ser pudiente, y no figurar como tal en el cuadro social, es yerro grave. El rico está obligado a vivir armónicamente con sus posibles, gastándolos con la prudencia debida, y presentándose ante el mundo con esplendor decoroso. La posición, amigo mío, es cosa muy esencial. La sociedad designa los puestos a quienes deben ocuparlos. Los que huyen de ellos, dejan a la sociedad desamparada y en poder de la pillería audaz. No señor; hay que penetrarse bien de las obligaciones que nos trae cada moneda que entra en nuestro bolsillo. Si el pudiente vive cubierto de harapos, ¿me quiere usted decir cómo ha de prosperar la industria? Pues y el comercio, ¿me quiere usted decir cómo ha de prosperar? ¡Adiós riqueza de las naciones, adiós movimiento mercantil, adiós cambios, adiós belleza y comodidad de las grandes capitales, adiós red de caminos de hierro!... Y hay más. Las personas de posición constituyen lo que llamamos clases directoras de la sociedad. ¿Quién da la [82] norma de cuanto acontece en el mundo? Las clases directoras. ¿Quién pone un valladar a las revoluciones? Las clases directoras. ¿Quién sostiene el pabellón de la moralidad, de la justicia, del derecho público y privado? Las clases directoras. ¿Le parece a usted que habría sociedad, y que habría paz, y que habría orden y progreso, si los ricos dijeran: 'pues mire usted, no me da la gana de ser clase directora, y me meto en mi agujero, me visto con siete modas de atraso, no gasto un maravedí, como como un cesante, duermo en un jergón lleno de pulgas, no hago más que ir metiendo mis rentas en un calcetín, y allá se las componga la sociedad, y defiéndase como pueda del socialismo y de las trifulcas. Y la industria que muera, pues para nada me hace falta; y el comercio que lo parta un rayo; y las vías de comunicación que se vayan en hora mala. ¿Ferrocarriles? Si yo no viajo, ¿para qué los quiero? ¿Urbanización, higiene, ornato de las ciudades? ¿A mí qué? ¿Policía, justicia? Como no pleiteo, como no falto a la ley escrita, vayan con mil demonios...'».
     Detenido para tomar aliento, el labio palpitante, acalorado el pecho, oyose un vago rumor de aprobación, la cual no se manifestaba con aplausos por el excesivo respeto que a todos el orador infundía. [83]
     Pausa. Transición de lo serio a lo familiar. «No tome a mal, Sr. D. Francisco, esta filípica que me permito echarle. Óigala con benevolencia, y después usted, con su buen juicio, hará lo que le acomode... Hablamos aquí como amigos, y cada cual dice lo que siente. Pero yo soy muy claro, y con las personas a quienes estimo de veras uso una claridad que a veces encandila. Conozco bien la sociedad. He vivido más de cuarenta años en contacto con todas las eminencias del país; he aprendido algo; no me faltan ideas; sé apreciar las cosas; la experiencia me da cierta autoridad. Usted me parece persona muy sensata, de muy buen sentido, sólo que demasiado metido en su concha. Es usted el caracol, siempre con la casa acuestas. Hay que salir, vivir en el mundo... Me permito decirle mi parecer, porque yo predico a los hombres agudos: a los tontos no les digo nada. No me entenderían».
     -Bien, bien -murmuró Torquemada, que atontado por el terrible efecto de las amonestaciones de Donoso, no acertaba a expresar su admiración-. Ha hablado usted como Séneca; no, mejor, mucho mejor que Séneca... Es que... diré a ustedes... Como yo me crié pobre, y con estrechez he vivido ahorrando hasta la saliva, no puedo acostumbrarme... [84] ¿Cuál es el camino más derecho del mundo? La costumbre... y por él voy. ¿Yo metiéndome a clase directora? ¿Yo pintándola por ahí? ¿Yo echando facha y...? No, no puede ser; no me cae, no me comprendo así, vamos.
     -¡Si no es echar facha, por Dios!
     -Si más afectación, y por consiguiente más facha, hay en aparentar pobreza siendo rico.
     -Sólo se trata de dar a la verdad su natural semblante.
     -Se trata de representar lo que se es.
     -Otra cosa es engaño.
     -Mentira farsa.
     -No basta ser rico, sino parecerlo.
     -Justo.
     -Cabal.
     Estos comentarios, expresados rápidamente por los tres Águilas, sin dar a D. Francisco tiempo para hacerse cargo de cada uno de ellos, le envolvieron en un torbellino. Sus oídos zumbaban; las ideas penetraban en su mente como una bandada de alimañas perseguidas, y volvían a salir en tropel para revolotear por fuera. Balbuciente primero, con segura voz después, manifestose conforme con tales ideas, asegurando que ya había pensado en ello despacio, y que se reconocía fuera de su natural centro y clase; pero ¿cómo vencer [85] su genio corto y encogido, cómo aprender de golpe las mil cosas que una persona de posibles debe saber? Echose instintivamente por este camino de sinceridad, después de muchos tropezones y reticencias, y antes que pensara si le sería conveniente declarar su incapacidad para la finura, ya la había declarado y confesado como un niño sorprendido en falta. ¿Qué remedio ya? Lo dicho, dicho estaba, y no se volvía atrás. Donoso le arguyó con razones poderosas; Cruz sostuvo que otros más desmañados andaban por el mundo hechos unos príncipes, y Fidela y el ciego le animaban con observaciones festivas, que si algo tenían de burla, era esta tan discreta y sazonada que no podía ofenderle.
     Charla charlando, llegó el fin de la velada, y tan gustoso se encontraba allí el hombre, que habría podido creer que su conocimiento con las Águilas y con Donoso databa de fecha muy remota; de tal modo se le iban metiendo en el corazón. Juntos salieron los dos amigos de la casa, y por el camino platicaron cuanto les dio la gana sobre negocios, maravillándose D. Francisco de lo fuerte que estaba D. José en aquellas materias, y de lo bien que discurría sobre el interés del capital y demás incumbencias económicas.
     Y solo ya en su madriguera, recordaba [86] el prestamista, palabra por palabra, el réspice que le echó aquel su nuevo amigo y ya director espiritual, pues pensaba seguir lo mejor que pudiese su sapientísima doctrina. Lo que le había dicho sobre los deberes del rico y la ley de las posiciones sociales era cosa que se debía oír de rodillas, algo como el sermón de la Montaña, la nueva ley que debía transformar el mundo. El mundo en aquel caso era él, y Donoso el Mesías que había venido a volverlo todo patas arriba, y a fundar nueva sociedad sobre las ruinas de la vieja. En sus ratos de desvelo no pensaba D. Francisco más que en el sastre a que había de encargar una levita herméticamente cerrada como la de Donoso; en el sombrerero que le decoraría la cabeza, y en otras cosas pertinentes a la vestimenta. ¡Oh!, sin pérdida de tiempo había que declarar la guerra a la facha innoble, al vestir sucio y ordinario. Bastantes años llevaba ya de adefesio. La sociedad fina le reclamaba como a un desertor, y allá se iba derecho, con botas de charol y todo lo demás que le correspondía.
     Pero su mayor asombro era que en una sola noche de palique con aquellas dignísimas personas había aprendido más términos elegantes que en diez años de su vida anterior. Del trato con doña Lupe había sacado (en [87] justicia debía decirlo) diferentes modos de hablar que le daban mucho juego. Por ejemplo, con ella aprendió a decir: plantear la cuestión, en igualdad de circunstancias, hasta cierto punto, y a grandes rasgos. Pero ¿qué significaba esta miseria de lenguaje con las cosas bonitísimas que acababa de asimilarse? Ya sabía decir ad hoc (pronunciaba azoc), partiendo del principio, admitiendo la hipótesis, en la generalidad de los casos; y, por último, gran conquista era aquello de llamar a todas las cosas el elemento tal, el elemento cual. Creía él que no había más elementos que el agua y el fuego, y ahora salíamos con que es muy bello decir los elementos conservadores, el elemento militar, el eclesiástico, etc.
     Al día siguiente, todas las cosas se le antojaron distintas de como ordinariamente las veía. «¿Pero me he vuelto yo niño?» se dijo, notando en sí un gozo que le retozaba por todo el cuerpo, una como ansia de vivir, o dulce presagio de felicidades. Todas las personas de su conocimiento que aquel día vio, pareciéronle de una tosquedad intolerable. Algunas le daban asco. El café del Gallo y el de las Naranjas, a donde tuvo que ir en persecución de un infeliz deudor, pareciéronle indecorosos. Amigos encontró que no andaban a cuatro pies por especial gracia de Dios, [88] y los había que le apestaban. «Atrás, ralea indecente» se decía, huyendo del trato de los que fueron sus iguales, y refugiándose en su casa, donde al menos tenía la compañía de sus pensamientos, que eran unos pensamientos muy guapos, de levita y sombrero de copa, graves, sonrientes, y con tufillo de agua de colonia.
     Recibió a su hija con cierto despego aquel día, diciéndole: «¡Pero qué facha te traes! Hasta me parece que hueles mal. Eres muy ordinaria, y tu marido el cursi más grande que conozco, uno de nuestros primeros cursis».

XI

— Зачем делать тайну из честно приобретенного богатства? — серьезно и веско начал Доносо, прислушиваясь к собственным словам, словно он был одновременно и оратором и слушателем. — К чему с ложным смирением преуменьшать его? Это, сеньор дон Франсиско, наследие мещанского воспитания и обычаев, которые следует искоренять, коль скоро мы стремимся к благоденствию и прогрессу, к процветанию торговли и промышленности. Какая нам польза от чрезмерной скромности, от мерзкой — да, сеньор, мерзкой скаредности, не соответствующей состоянию, нажитому в поте лица? Стоит ли вести жалкую жизнь, владея миллионами или там тысячами, все равно? Нет! Каждому надлежит жить сообразно со средствами, и общество вправе требовать этого от нас. Пусть поденщик живет поденщиком, а капиталист — как подобает капиталисту. Жалкий шут, сорящий деньгами, вызывает негодование, но при виде богача, дрожащего над каждым грошом средь скудости и запустения, мы возмущаемся не меньше. Нет, как говорится, по парче лыком не шьют. Живя в нищете, среди серого, неотесанного люда, состоятельный человек тяжко грешит — да, сеньор, — грешит против общества. Нам нужна сила, способная противостоять натиску завистливой черни. Кто, кроме обеспеченных людей, составит эту силу? Ежели помещики и рантье забьются в свои норы, не заявляя прав на высокие посты, если они откажутся от почета и прослывут нищими, кто, спрашиваю я, послужит обществу опорой и защитой?
Тут Доносо скрестил руки на груди. Никто не возражал ему, не смея прервать ни словом, ни жестом столь красноречивую тираду. Дон Хосе продолжал:
— Богатство налагает обязанности, сеньор мой; быть богачом и скрывать свое состояние — тяжкая вина. Человеку денежному подобает жить в достатке, расходуя капитал с должной осмотрительностью, и появляться в обществе с приличествующим блеском. Положение, друг мой, вещь чрезвычайно важная. Общество указывает, кому какой -пост следует занимать, а кто уклоняется, тот оставляет беззащитных граждан на произвол наглых мошенников. Нет, сеньор: нужно проникнуться сознанием долга, налагаемого каждой монетой, что попадает в наш карман. Если богачи будут жить голодранцами, как, спрашиваю я вас, сможет развиваться промышленность? А торговля? Прости - прощай тогда богатство наций, процветание рынков, красота и комфорт великих столиц, железные дороги! Я больше скажу: лица, стоящие на высших ступенях, составляют, как мы говорим, правящий класс. Кто предписывает правила поведения на все случаи жизни? Правящий класс. Кто пресекает бунты? Правящий класс. Кто поддерживает знамя нравственности, законности, права частного и государственного? Правящий класс. Как вы думаете, смогут ли существовать общество и прогресс, порядок и мир, если богатые скажут: «У меня, видите ли, нет склонности управлять государством, я лучше залезу в свою берлогу, оденусь в прадедовский сюртук и не истрачу ломаного гроша; буду подобно нищему спать на грязном матраце и голодать, а кредитки складывать в чулок; пускай общество устраивается, как знает и без моей помощи опасается от анархистов и бунтовщиков. Пусть гибнет промышленность — нет мне до нее дела, и торговлю пусть гром разразит, а заодно и средства сообщения — пропади они пропадом! Железные дороги? Я ведь не путешествую — так что мне в них! Градостроительство, здравоохранение, благоустройство домов — не вижу во всем этом проку. Полиция, правосудие? Я не сужусь, мне не нужны законы — пусть катятся ко всем чертям...»
Доносо остановился перевести дух; губы его вздрагивали, он задыхался от возбуждения. Вокруг послышались тихие возгласы одобрения: глубокое уважение к оратору не позволяло собравшимся бурно выражать свое согласие с ним. Помолчали. Затем Доносо сменил патетический тон на обыденный: — Не обижайтесь, дон Франсиско, на мою гневную тираду. Примите мои слова благожелательно, а затем поразмыслите на досуге и поступайте по своему усмотрению... Мы здесь беседуем как друзья, и каждый высказывается начистоту. Я человек откровенный и с людьми, которых уважаю, говорю без обиняков, хоть иной раз это им и не по вкусу. Я хорошо изучил людей, больше сорока лет, проведя бок о бок с самыми выдающимися личностями Испании., Я не лишен образования, да и умом меня бог не обидел, знаю цену вещам, и мой жизненный опыт позволяет мне судить о многом. Вы, как мне кажется, человек здравомыслящий, только слишком ушли в свою скорлупу, точно улитка в раковину. Вам необходимо выйти в свет, жить с людьми... Я позволяю себе высказать все это, высоко ценя ваш ум; с неразумным человеком я не стал бы и говорить — где ему понять меня.
— Превосходно, превосходно, — не зная, как выразить свое восхищение, пробормотал Торквемада, ошарашенный выговором Доносо. — Вы толковали как Сенека... Нет, лучше, гораздо лучше Сенеки. Я объясню вам... Родился я в бедности, рос в нищете... Каждую копейку берег... Где ж тут к богатству привыкнуть? Какая дорога всех короче на свете? Старая, проторенная... По ней-то я и бреду... Мне быть правящим классом? Мне заноситься так высоко? Рядиться шутом гороховым, ломать комедию? Нет, это мне не по плечу, не гожусь, увольте.
— Да, боже мой, почему же непременно шутом?
— Хуже, когда богач прикидывается бедняком; вот уж подлинно комедию ломать!
— Речь лишь о том, чтобы показать свое истинное лицо.
— Быть самим собой.
— Ведь все прочее — обман.
— Ложь, притворство.
— Мало быть богатым, надо и выглядеть достойно
— Ясно...
— Безусловно.
Под градом замечаний трех Агила у ошеломленного дона Франсиско не было времени опомниться. В голове у него все закружилось точно в вихре. Мысли то стаями обуревали его мозг, то разбегались в беспорядке, подобно загнанным оленям. Сначала запинаясь, а затем все более уверенно Торквемада принялся говорить: он и сам уж подумывал об этом, догадываясь, что он не на своем месте в обществе. Но как сокрушить в себе дух приниженности и робости, как в один присест научиться тысяче вещей, необходимых состоятельному человеку? После долгих колебаний скряга пустился на откровенность; еще не успев обдумать, стоит ли признаваться, что тонкость обращения ему не под силу, он уже все выложил с чистосердечием напроказившего ребенка. Тут уж ничего не поделаешь — сказанного не воротишь. Но Доносо вескими доводами убедил его, что не все потеряно. Еще более неотесанным удалось выйти в люди, добавила Крус; слепой и Фидела наперебой подбодряли Торквемаду остроумными замечаниями, где тонкая насмешка была так ловко скрыта, что не могла его обидеть.
Так в беседах незаметно скоротали вечер. Торквемада испытывал большое удовольствие; все в этом доме настолько было ему по сердцу, будто он дружил с хозяевами и Доносо с незапамятных времен. Новые друзья вышли вместе и дорогой всласть наговорились о коммерции. Скряга поразился, как силен в этих делах дон Хосе, как великолепно разбирается он в росте процентов и прочих экономических тонкостях.
Наедине в своем логове процентщик припомнил слово в слово нагоняй, полученный от нового друга, уже ставшего его духовным наставником и руководителем. Он твердо решил изо всех сил следовать мудрым советам Доносо и готов был на коленях, как Нагорной проповеди, внимать его словам об обязанностях богачей. Подобно мессии, пришедшему основать новый мир на развалинах старого, дон Хосе перевернул вверх дном все его понятия. В часы бессонницы мечты дона Франсиско устремлялись к наглухо застегнутому сюртуку, — точь-в-точь как у Доносо, — к шляпе с высокой тульей и прочим предметам наряда. Ах! Не теряя ни минуты, должен он объявить войну затрапезной внешности, одежде повседневной и подлой. Довольно чучелом ходить! Благородное общество взывает к нему как к изменнику, и теперь он возвратится туда в лакированных башмаках и в платье с иголочки.
Но что всего удивительнее: за один вечер беседы с этими достойнейшими особами ростовщик усвоил больше литературных выражений, чем за десять предшествующих лет. Из общения с доньей Лупе скряга вынес — справедливости ради надо признать это—немало славных словечек. Так, например, от нее он научился говорить поставить вопрос, при прочих равных условиях, до известной степени... Но чего стоят эти жалкие выражения рядом с заученными вчера? Он теперь может сказать инцидент (дон Франсиско произносил инциндент), приняв за правило, допуская, что... в большинстве случаев. А главное, — венец всему, великая победа! — теперь он умеет называть все, что хочешь элементами: такой-то элемент, эдакий элемент. Раньше дон Франсиско полагал, будто элементов только и есть — вода да огонь, а выходит, что очень красиво звучит: консервативные элементы, военный элемент, духовный элемент и так далее.
Назавтра все окружающее представилось процентщику в новом свете. «Да что я — в детство впадаю?» — подумал он, чувствуя, как все его существо распирает бурная радость, неутолимая жажда жизни и сладкое предчувствие успеха. Знакомые, повстречавшиеся ему в этот день, все до единого показались скряге неотесанными грубиянами, а некоторые просто вызывали отвращение. В поисках некоего злополучного должника забрел он в кафе «Петух» и в другое, под вывеской «Апельсины», и оба показались ему непристойными. Попались ему там прежние друзья, которых бог вроде бы тоже создал по своему образу и подобию, но теперь Торквемаду мутило от одного их вида. «Прочь, грязный сброд!» — восклицал он мысленно и стремился избежать общения с теми, кого прежде считал равными себе. Наконец скряга укрылся дома, где ему сопутствовали лишь его мысли, всё такие изысканные, — о сюртуке, о цилиндре, — мысли приятные, радужные и благоухающие одеколоном.
Дочь свою он принял сурово, сказав ей: «Что это за платье на тебе?.. По-моему, ты даже пахнешь скверно. Слишком уж ты заурядная, и муж твой такой пошлый и безвкусный, что хуже и не придумаешь, самого что ни на есть дурного тона!»

Часть 1. Глава 12

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

XII

Dicho se está que antes faltaran las estrellas en la bóveda celeste, que Torquemada en la tertulia de las señoras del Águila, y en la confraternidad del señor de Donoso, a quien poco a poco imitaba, cogiéndole los gestos y las palabras, la manera de ponerse el sombrero, el tonito para saludar familiarmente, y hasta el modo de andar. Bastaron pocos días para entablar amistad. Empezó el tacaño por hacerse el encontradizo con su modelo en Recoletos, donde vivía; le visitó luego en su casa con pretexto de consulta sobre un préstamo a retro que acababan de proponerle, y por mediación [89] de Donoso hizo después otro hipotecario en condiciones muy ventajosas. De noche se veían en casa de las del Águila, donde el tacaño había adquirido ya cierta familiaridad. No sentía encogimiento, y viéndose tratado con benevolencia y hasta con cariño, arrimábase al calor de aquel hogar en que dignidad y pobreza eran una misma cosa. Y no dejaba de notar cierta diferencia en la manera de tratarle las cuatro personas de aquella gratísima sociedad. Cruz era quien mayores miramientos tenía con él, mostrándole en toda ocasión una afabilidad dulce y deseos de contentarle. Donoso le miraba como amigo leal. En Fidela creía notar cierto despego y algo de intención zumbona, como si delicadamente y con mucha finura quisiera a veces... lo que en estilo vulgar se llama tomar el pelo; y por fin, Rafael, sin faltar a la urbanidad, siempre correcto y atildado, le llevaba la contraria en muchas de las cosas que decía. Poquito a poco vio D. Francisco que se marcaba una división entre los cuatro personajes, dos a un lado, dos al otro. Si en algunos casos la división no existía, y todo era fraternidad y concordia, de repente la barrerita se alzaba, y el avaro tenía que alargar un poco la cabeza para ver a Fidela y al ciego de la parte de allá. Y ellos le miraban a él [90] con cierto recelo, que era lo más incomprensible. ¿Por qué tal recelo, si a todos les quería, y estaba dispuesto a descolgarse con algún sacrificio de los humanamente posibles, dentro de los límites que le imponía su naturaleza?
     Cruz sí que se le entraba por las puertas del alma con su afabilidad cariñosa, y aquel gracejo que le había dado Dios para tratar todas las cuestiones. Poquito a poco fue creciendo la familiaridad, y era de ver con qué salero sabía la dama imponerle sus ideas, trocándose de amiga en preceptora. «D. Francisco, esa levita le cae a usted que ni pintada. Si no moviera tanto los brazos al andar, resultaría usted un perfecto diplomático»... «D. Francisco, haga por perder la costumbre de decir mismamente y ojo al Cristo. No sienta bien en sus labios esa manera de hablar»... «D. Francisco, ¿quién le ha puesto a usted la corbata?, ¿el gato? Creeríase que no han andado manos en ella, sino garras»... «Don Francisco, siga mi consejo y aféitese la perilla, que mitad blanca y mitad negra, tiesa y amenazadora, parece cosa postiza. El bigote solo, que ya le blanquea, le hará la cara más respetable. No debe usted parecer un oficial de clase de tropa, retirado. A buena presencia no le ganará nadie, si hace lo que le digo»... [91] «D. Francisco, quedamos en que desde mañana no me trae acá el cuello marinero. Cuellito alto, ¿estamos? O ser o no ser persona de circunstancias, como usted dice»... «D. Francisco, usa usted demasiada agua de colonia. No tanto, amigo mío. Desde que entra usted por la puerta de la calle vienen aquí esos batidores del perfume anunciándole. Medida, medida, medida en todo...» «Don Francisco, prométame no enfadarse, y le diré... ¿se lo digo?... le diré que no me gusta nada su escepticismo religioso. ¡Decir que no le entra el dogma! Aparte la forma grosera de expresarlo, ¡entrarle el dogma!, la idea es abominable. Hay que creer, señor mío. Pues qué, ¿hemos venido a este mundo para no pensar más que en el miserable dinero?».
     Dicho se está que con estas reprimendas dulces y fraternales se le caía la baba al hombre, y allí era el prometer sumisión a los deseos de la señora, así en lo chico como en lo grande, ya en el detalle nimio de la corbata, ya en el grave empeño de apechugar a ojos cerrados con todas y cada una de las verdades religiosas.
     Fidela se permitía dirigirle iguales admoniciones, si bien en tono muy distinto, ligeramente burlón y con toques imaginativos muy graciosos. «D. Francisco, anoche soñé [92] que venía usted a vernos en coche, en coche propio, como debe tenerlo un hombre de posibles. Vea usted como los sueños no son disparates. La realidad es la que no da pie con bola, en la mayoría de los casos... Pues sí, sentimos el estrépito de las ruedas, salí al balcón, y me veo a mi D. Francisco bajar del landeau, el lacayo en la portezuela, sombrero en mano...».
     -¡Ay, qué gracia!...
     -Dijo usted al lacayo no sé qué... con ese tonillo brusco que suele usar... y subió. No acababa nunca de subir. Yo me asomé a la escalera, y le vi sube que te sube, sin llegar nunca, pues los escalones aumentaban a cientos, a miles, y aquello no concluía. Escalones, siempre escalones... Y usted sudaba la gota gorda... Ya por último, subía encorvadito, muy encorvadito, sin poder con su cuerpo... y yo le daba ánimos. Se me ocurrió bajar, y el caso es que bajaba, bajaba sin poder llegar hasta usted, pues la escalera se aumentaba para mí bajando como para usted subiendo...
     -¡Ay, qué fatiga, y qué sueños tan raros!
     -Esta es así -dijo Cruz riendo-. Siempre sueña con escaleras.
     -Es verdad. Todos mis sueños son de subir y bajar. Amanezco con las piernas doloridas y el pecho fatigado. Subo por escaleras de [93] papel, por escaleras de diamante, por escalas tan sutiles como hilos de araña. Bajo por peldaños de metal derretido, por peldaños de nieve, y por un sin fin de cosas, que son mis propios pensamientos puestos unos debajo de otros... ¿Se ríen?
     Sí que se reían, Torquemada principalmente, con toda su alma, sin sentirse lastimado por el ligero acento de sátira que salpimentaba la conversación de Fidela como un picante usado muy discretamente. El sentimiento que la joven del Águila le inspiraba era muy raro. Habría deseado que fuese su hija, o que su hija Rufina se le pareciese, cosas ambas muy difíciles de pasar del deseo a la realidad. Mirábala como una niña a quien no se debía consentir ninguna iniciativa en cosas graves, y a quien convenía mimar, satisfaciendo de vez en cuando sus antojos infantiles. Fidela solía decir que le encantaban las muñecas, y que hasta la época en que la adversidad le impuso deberes domésticos muy penosos se permitía jugar con ellas. Conservaba de los tiempos de su niñez opulenta algunas muñecas magníficas, y a ratos perdidos, en la soledad de la noche, las sacaba para recrearse y charlar un poco con sus mudas amigas, recordando la edad feliz. Confesábase, además, golosa. En la cocina, siempre que [94] hacían algún postre de cocina, fruta de sartén o cosa tal, lo saboreaba antes de servirlo, y el repuesto de azúcar tenía en la cocinera un enemigo formidable. Cuando no mascaba un palito de canela, roía las cáscaras de limón; se comía los fideos crudos, los tallos tiernos de lombarda, y las cáscaras de queso. «Soy el ratón de la casa -decía con buena sombra-, y cuando teníamos jilguero, yo le ayudaba a despachar los cañamones. Me gusta extraordinariamente chupar una hojita de perejil, roer un haba, o echar en la boca un puñadito de arroz crudo. Me encanta el picor de la corteza de los rabanitos, y la miel de la Alcarria me trastorna hasta el punto de que la estaría probando, probando, por ver si es buena, hasta morirme. Por barquillos soy yo capaz de no sé qué, pues me comería todos los que se hacen y se pueden hacer en el mundo; tanto, tanto me gustan. Si me dejaran, yo no comería más que barquillos, miel y... ¿a que no lo acierta D. Francisco?».
     -¿Cacahuet?
     -No.
     -¿Piñones confitados?
     -Tampoco.
     -¿Pasas, alfajores, guirlache, almendras de Alcalá, bizcochos borrachos?
     -Los bizcochos borrachos también me emborrachan [95] a mí. Pero no es eso, no es eso. Es...
     -Chufas -dijo el ciego para concluir de una vez.
     -Eso es... Me muero por las chufas. Yo mandaría que se cultivara esa planta en toda España, y que se vendiera en todas las tiendas, para sustituir el garbanzo. Y la horchata debiera usarse en vez de vino. Ahí tiene usted una cosa que a mí no me gusta, el vino. ¡Qué asco! ¡Vaya con lo que inventan los hombres! Estropear las uvas, una cosa tan buena, por sacar de ellas esa bebida repugnante... A mí me da náuseas, y cuando me obligan a beberlo me pongo mala, caigo dormida y sueño los desatinos más horripilantes: que la cabeza me crece, me crece hasta ser más grande que la iglesia de San Isidro, o que la cama en que duermo es un organillo de manubrio, y yo el cilindro lleno de piquitos que volteando hace sonar las notas... No, no me den vino, si no quieren que me vuelva loca.
     ¡Lo que se divertían Donoso y Torquemada con estas originalidades de la simpática joven! Deseando mostrarle un puro afecto paternal, no iba nunca D. Francisco a la tertulia sin llevar alguna golosina para el ratoncito de la casa. Felizmente, en la Travesía del Fúcar, camino de la calle de San Blas, tenía su tienda de esteras y horchata un valenciano [96] que le debía un pico a Torquemada, y este no pasaba por allí ninguna tarde sin afanarle con buenos modos un cartuchito de chufas. «Es para unos niños», solía decirle. El confitero de la calle de las Huertas, deudor insolvente, le pagaba, a falta de moneda mejor, intereses de caramelos, pedacitos de guirlache, alguna yema, melindres de Yepes, o mantecadas de Astorga, género sobrante de la última Navidad, y un poco rancio ya. Hacía de ello el tacaño paquetitos, con papeles de colores que el mismo confitero le daba, y corriéndose alguna vez a adquirir en la tienda de ultramarinos el cuarterón de pasas, o la media librita de galletas inglesas, no había noche que entrara en la tertulia con las manos vacías. Todo ello no le suponía más que una peseta y céntimos cada vez que tenía que comprarlo, y con tan poco estipendio se las daba de hombre galante y rumboso. Rebosando dulzura, con todas las confiterías del mundo metidas en su alma, presentaba el regalito a la damisela, acompañándolo de las expresiones más tiernas y mejor confitadas que podía dar de sí su tosco vocabulario. «Vamos; sorpresa tenemos. Esta no la esperaba usted... Son unas cosas de chocolate fino, que llaman pompones, con hoja de papel de plata fina, y más rico que mazapán». No podía [97] corregirse la costumbre de anunciar y ponderar lo que llevaba. Acogía Fidela la golosina con grandes extremos de agradecimiento y alegría infantil, y D. Francisco se embelesaba viéndola hincar en la sabrosa pasta sus dientes, de una blancura ideal, los dientes más iguales, más preciosos y más limpios que él había visto en su condenada vida; dientes de tan superior hechura y matiz, que nunca creyó pudiese existir en la humanidad nada semejante. Pensando en ellos decía: «¿Tendrán dientes los ángeles?, ¿morderán?, ¿comerán?... Vaya usted a saber si tendrán dientes y muelas, ellos, que, según rezan los libros de religión, no necesitan comer. ¿Y a qué es plantear esa cuestión? Falta saber que haiga ángeles».

XII

Да будет известно читателю, что скорее звезды погасли бы на небе, чем Торквемада пропустил хоть один вечер у сестер дель Агила. Он стал там завсегдатаем не хуже сеньора Доносо, которому усиленно подражал, перенимая его слова, жесты, походку, манеру непринужденно кланяться и даже умение носить шляпу. Не прошло и недели, как они подружились. Раза два скряга, будто бы ненароком, повстречался со своим кумиром на Реколетос, где тот жил; затем он под предлогом совета нанес визит дону Хосе: ему, мол, только что предложили одно дельце... В дальнейшем Доносо помог дону Франсиско ссудить деньги под заклад недвижимости на очень выгодных условиях. По вечерам они видались в доме сеньор дель Агила, где процентщик стал уже до некоторой степени своим человеком. Он больше не робел, встречая благожелательное, почти ласковое обращение: его согревало тепло очага, где состязались достоинство и бедность. Он, однако, не мог не заметить, что четыре члена тесного семейного круга обходились с ним отнюдь не одинаково. Крус больше других с ним считалась, была неизменно приветлива и предупредительна. Доносо относился к нему как к преданному другу. В обращении Фиделы сквозили холодок и легкая насмешка, точно ей иногда не терпелось — разумеется, в рамках приличия — подразнить гостя. Наконец Рафаэль, хотя вежливо и сдержанно, почти всегда возражал ему.
Понемногу маленькое собрание разбилось на две группы. Порой эта отчужденность ни в чем не проявлялась, и в гостиной внешне царили согласие и мир, но вдруг невидимая преграда возникала перед процентщиком, отделяя его от слепого и Фиделы. И что самое удивительное — оставшиеся по ту сторону как-то чудно и настороженно поглядывали на ростовщика. Откуда это недоверие, раз он так предан семье и готов на любую жертву, на какую только способен от природы? Зато Крус все больше завоевывала его сердце своей любезностью и ниспосланным свыше даром остроумной беседы. Мало-помалу близость между ними возросла, и надо было видеть, с какой грацией умела сеньора влиять на скрягу, преображаясь из приятельницы в наставницу: «Дон Франсиско, в этом сюртуке вы просто картинка. Не размахивай вы так руками на улице, вы вполне сошли бы за дипломата...» «Дон Франсиско, пора уж вам отвыкнуть говорить так же само, и разрази меня бог. В чьих — в чьих, но в ваших устах эти выражения неуместны...» «Дон Франсиско, не кошка ли повязала вам сегодня галстук? Впечатление такое, будто он завязан лапами, а не руками...» «Послушайтесь моего совета, дон Франсиско, сбрейте бороду! Она у вас не то седая, не то черная, растрепана, как мочало, да и стоит торчком, будто накладная. Оставьте лишь усы, и увидите — лицо ваше станет гораздо солиднее. К чему вам походить на отставного служаку? Поверьте, сделаете, по-моему — никто не сравнится с вами в представительности!..» «Дон Франсиско, чтоб этого отложного воротника я на вас больше не видела. Стоячий крахмальный воротничок — договорились? Как вы сами любите выражаться, уж коли соответствовать своему положению, так соответствовать...» «Вы злоупотребляете одеколоном, друг мой дон Франсиско. Едва переступите порог дома, как запах, опережая вас, докладывает о вашем приходе в гостиной. Во всем ведь надо знать меру, не так ли?..» «Дон Франсиско, обещайте не сердиться на меня, я должна вам кое-что сказать... можно?.. Не по душе мне ваше неверие. Вы любите повторять: «Не лезет в меня эта вера!» Я уж не говорю о грубом выражении «не лезет в меня», но сама по себе мысль возмутительна. Надобно веровать, сеньор мой. Не родились же мы на свет ради одной лишь презренной корысти!»
Мягкие и дружелюбные наставления Крус умасливали душу скряги, и он покорялся воле сеньоры во всем, начиная от пустяка вроде галстука и кончая серьезным обязательством слепо следовать скрепя сердце христианскому вероучению. Фидела также позволяла себе журить его, хотя и в ином тоне — с легкой насмешкой и очаровательными блестками фантазии.
— Дон Франсиско, сегодня мне приснилось, будто вы приехали к нам в карете; да, да, в собственном экипаже, как и подобает состоятельному человеку. Вот и говорите после этого, что нет вещих снов! По большей части действительность отражается в них, как в зеркале... Так вот, вдруг слышится стук колес, я выбегаю на балкон и что же вижу? Наш любезнейший дон Франсиско выходит из ландо, лакей со шляпой в руке распахивает дверцу...
— Ах, как мило!
— Вы что-то сказали лакею вашим обычным резким тоном... и поднялись на крыльцо. Но целая вечность прошла, а вы все не стучите. Я высунулась на лестницу, гляжу — вы пыхтите, карабкаетесь, а взобраться не можете: ступеньки все растут, растут — сотни, тысячи, конца-краю нет. Ступеньки, ступеньки... А с вас пот так и льется градом. Согнулись в три погибели, еле ползете.,., Я подбодряю вас как умею, наконец бегу к вам навстречу... Спускаюсь, спускаюсь, а вы все дальше от меня, все дальше, ступеньки между нами все множатся, множатся...
— Что за чудной сон! И как же, верно, вы устали!
— Нашей Фиделе вечно лестницы снятся, — засмеялась Крус.
— Да, во сне я всегда либо лечу вниз, либо на головокружительную высоту карабкаюсь. Встаю измученная, разбитая, ноги болят... И по каким только лестницам я не взбиралась! Из бумаги, из брильянтов, по тоненьким, как паутинка, перекладинам... А когда спускаюсь, под ногами у меня то скользкий лед, то раскаленное железо... Все эти ступеньки — мои мысли, нагроможденные одна на другую... Вы смеетесь?
Ну как тут было не смеяться! Торквемада хохотал от души, не смущаясь еле заметным налетом иронии, которая, подобно щепотке перца, сдабривала болтовню Фиделы. Младшая из сестер дель Агила внушала ему совсем особое чувство. Хорошо бы стать ей отцом или Руфине принять ее облик — желания равно неосуществимые. Дон Франсиско обращался с Фиделой как с маленькой девочкой, не позволяя ей вмешиваться в серьезные дела и охотно потакая ее ребяческим прихотям
. Фидела часто твердила, что обожает играть в куклы; она долго позволяла себе эту детскую забаву, пока разорение семьи не наложило на нее тягостных домашних обязанностей. Из прошлой жизни у нее сохранилось несколько дорогих кукол, и на досуге, в ночной тиши, она отводила душу, беседуя с немыми подругами и предаваясь воспоминаниям счастливых, беспечных лет детства. По собственному признанию, Фидела была также страшной лакомкой. Когда к обеду готовилось что-нибудь сладкое или пеклись оладьи, маленькая повариха не могла удержаться, чтоб не отщипнуть кусочек от десерта, прежде чем подать его на стол; она же была заклятым врагом экономии сахара. Фидела всегда находила что погрызть: палочку корицы, цедру, сырую красную капусту, вермишель или корочку сыра. «Я в доме вместо мышки, — говорила она добродушно. — А когда у нас жил ручной щегол, я взапуски с ним щелкала конопляные семечки. Если бы вы знали, какое наслаждение пососать листик петрушки, погрызть бобы или пригоршню сырого риса! А как приятно щиплют язык очистки редьки! По алькаррийскому меду я просто схожу с ума: так бы и пробовала его по ложечке без конца, до самой смерти. А уж вафли! Ради них я на все готова. Кажется, съела бы все, сколько их ни на есть в целом свете! Будь моя воля, я ничего, кроме вафель да меда, и не ела бы. Вафли, мед и... угадайте-ка что, дон Франсиско?
— Земляные орехи?
— Нет!
— Кедровые орешки в сахаре?
— Не угадали!
— Изюм, медовые пряники, марципан, засахаренный миндаль, ромовые бабы?
— От ромовых баб я тоже без ума. Но не о них речь, не о них...
— Фисташки, — выдал Рафаэль секрет сестры.
— Верно! Умереть, готова за фисташки. Я бы приказала засадить ими все земли Испании и продавать на каждом углу вместо гороха. А вино велела бы заменить оршадом, потому что вина я не переношу, знайте это, дон Франсиско. Фу, какая гадость! И чего только не придумают люди! Подумайте — портить чудный вкусный виноград для такого противного напитка! Меня тошнит от него. Когда выпью, — заставляют ведь иногда,— совсем больная делаюсь. Тут же засыпаю, и все мне такие несуразности снятся... Будто голова у меня пухнет, пухнет и становится огромной — больше церкви святого Исидро. Или приснится, будто постель моя — шарманка, а я верчусь там вместо валика и исторгаю музыку... Нет, лучше не давать мне вина, не то я, пожалуй, совсем ума лишусь!
Доносо и Торквемада от души забавлялись, слушая наивную болтовню милой девушки. Желая выказать чисто отеческую нежность к этому прелестному мышонку, дон Франсиско никогда не являлся в дом без лакомства для Фиделы. Проходя по улице Травесия дель Фукар, где держал лавчонку один валенсиец, его должник, скряга каждый раз уносил с собой фунтик фисташек. «Это, знаешь, ребятишкам тут одним», — ронял он небрежно. Другой несостоятельный должник, кондитер с улицы Лас Уэртас, за неимением денег платил' проценты карамелью, восточными сладостями, бисквитом, миндальным печеньем или пирожными с кремом — товар далеко не первой свежести, залежавшийся с прошлого рождества. Торквемада тут же заворачивал лакомства в цветную бумагу, которую услужливо предлагал ему кондитер. Иногда он забегал еще и к бакалейщику, где брал четвертушку изюма или полфунта английских галет; словом, никогда не приходил с пустыми руками. Покупая сладости у бакалейщика, герой наш тратил немногим более песеты, так что ему не дорого стоило прослыть щедрым и внимательным. Тая от умиления, подносил он подарок, подбирая самые сладкие и медоточивые выражения из своего скудного словаря: «Уж и удивимся же мы сейчас! Такого вы, пожалуй, и во сне не видывали. Чистый шоколад, в серебряной обертке, не как-нибудь, почище вашего марципана». (Он никак не мог отучиться от дурной привычки громогласно расхваливать свои подношения.) Фидела брала лакомство с шумными изъявлениями благодарности и ребяческого восторга, а восхищенный дон Франсиско глядел, как смаковала она угощенье, вгрызаясь в него своими зубками — самыми ровными, белыми и красивыми, какие только доводилось ему видывать за всю его жизнь. Ему даже казалось, что зубы такой дивной формы и цвета не могли принадлежать существу земному. «А есть ли зубы у ангелов? — думал он, наблюдая за Фиделой. — Могут ли они грызть, кусать? Поди, узнай, есть ли у них зубы, раз им не надо вкушать пищу, как сказано в писании. Да и к чему задаваться такими вопросами? Достаточно знать, что ангелы пребудут».

Часть 1. Глава 13

Torquemada en la cruz

Benito Pérez Galdós

Торквемада на кресте

Перевод М. Абезгауз

XIII

La amistad entre Donoso y Torquemada se iba estrechando rápidamente, y a principios del verano, D. Francisco no ponía mano en cosa alguna de intereses sin oír el sabio dictamen de hombre tan experto. Donoso le había ensanchado las ideas respecto al préstamo. Ya no se reducía al estrecho campo de la retención de pagas a empleados civiles y militares, ni a la hipoteca de casas en Madrid. [98] Aprendió nuevos modos de colocar el dinero en mayor escala, y fue iniciado en operaciones lucrativas sin ningún riesgo. Próceres arruinados le confiaron su salvación, que era lo mismo que entregársele atados de pies y manos; sociedades en decadencia le cedían parte de las acciones a precio ínfimo, con tal de asegurar sus dividendos, y el Estado mismo le acogía con benignidad. Todo el mecanismo del Banco, que para él había sido un misterio, le fue revelado por Donoso, así como el manejo de Bolsa, de cuyas ventajas y peligros se hizo cargo al instante con instinto seguro. El amigo le asesoraba con absoluta lealtad, y cuando decía: «Compre usted Cubas sin miedo», D. Francisco no vacilaba. Armonía inalterable reinaba entre ambos sujetos, siendo de admirar que en la intervención de Donoso en los tratos Torquemadescos resplandecía siempre el más puro desinterés. Habiéndole proporcionado dos o tres negocios de gran monta, no quiso cobrarle corretaje ni cosa que lo valiera.
     Al compás de esta transformación en el orden económico, iba operándose la otra, la social, apuntada primero tímidamente en reformas de vestir, y llevada a su mayor desarrollo por medio de transiciones lentas, para que el cambiazo no saltara a la vista con crudezas [99] de sainete. El uso del hongo atenuaba la rutilante aparición de un terno nuevo de paño color de pasa, y los resplandores de la chistera flamante se obscurecían y apagaban con un gabán de cuello algo seboso, contemporáneo de la entrada de nuestras valientes tropas en Tetuán. Tenía suficiente sagacidad para huir del ridículo, o para sortearlo con hábiles combinaciones. Aun así, la metamorfosis fue cogida al vuelo por más de un guasón de los barrios en que residían sus principales conocimientos, y no faltaron cuchufletas ni venenosas mordeduras. Sin hacer caso de ellas, D. Francisco iba dando de lado a sus tradicionales relaciones, y ya no podía disimular el despego que le inspiraban sus amigos del café del Gallo, y de diversas tiendas y almacenes de la calle de Toledo, despego que para algunos era antipatía más o menos declarada, y para otros aversión. Alguien encontraba natural que D. Francisco quisiera pintarla, poseyendo, como poseía, más que muchos que en Madrid iban desempedrando las calles en carretelas no pagadas, o que vivían de la farsa y del enredo. Y no faltó quien, viéndole con pena alejarse de la sociedad en que había ganado el primer milloncito de reales, le tildara de ingrato y vanidoso... Al fin, hacía lo que todos: después de [100] chupar a los pobres, hasta dejarles sin sangre, levantaba el vuelo hacia las viviendas de los ricos.
     Y si en los hábitos, particularmente en el vestir, la evolución se marcaba con rasgos y caracteres que podía observar todo el mundo, en el lenguaje no se diga. Ya sabía decir cada frase que temblaba el misterio, y se iba asimilando el hablar de Donoso con un gancho imitativo increíble a sus años. Verdad que a lo mejor afeaba los conceptos con groseros solecismos, o tropezaba en obstáculos de sintaxis. Pero así y todo, a quien no le conociera le daba el gran chasco, porque advertido por su sagacidad de los peligros de hablar mucho, se concretaba a lo más preciso, y el laconismo y tal cual dicharacho pescado en la boca de Donoso le hacían pasar por hombre profundo y reflexivo. Más de cuatro, que por primera vez en aquellos días se le echaron a la cara, veían en él un sujeto de mucho conocimiento y gravedad, oyéndole estas o parecidas razones: «Tengo para mí que los precios de la cebada serán un enizma en los meses que siguen, por actitud expectante de los labradores». O esta otra: «Señores, yo tengo para mí (el ejemplo de Donoso le hacía estar constantemente teniendo para sí) que ya hay bastante libertad, y bastante naufragio universal, y más [101] derechos que queremos. Pero yo pregunto: ¿Esto basta? La nación, por ventura, ¿no come más que principios? ¡Oh, no!... Antes del principio, désele el cocido de una buena administración, y la sopa de un presupuesto nivelado... Ahí está el quiquiriquí... Ahí le duele... ahí... Que me administren bien, que no gotee un céntimo... que se mire por el contribuyente, y yo seré el primero en felicitarme de ello, a fuer de español y a fuer de contribuyente...». Alguien decía oyéndole hablar: «Un poco tosco es este tío, pero ¡qué bien discurre!». Y ¡qué ingenioso el chiste de llamar naufragio al sufragio! Dicho se está que lo juicioso de sus manifestaciones y su fama de hombre de guita le iban ganando amigos en aquella esfera en que desplegaba sus alas. Manifestaciones eran para él cuanto se hablaba en el mundo, y tan en gracia le cayó el término, que no dejaba de emplearlo en todo caso, así le dieran un tiro. Manifestaciones lo dicho por Cánovas en un discurso que se comentaba; manifestaciones lo dicho por la portera de la casa de la calle de San Blas, acerca de si los chicos del tercero hacían o no hacían aguas menores sobre los balcones del segundo.
     Y ya que se nombra la casa de D. Francisco, debe añadirse que la primera vez que entró en ella Donoso para tratar de un fuerte [102] préstamo que solicitaban los duques de Gravelinas, se asombró de lo mal que vivía su amigo, y valido de la confianza que ya tenía con él, se permitió amonestarle en aquel tonillo paternal que tan buen resultado le daba: «No lo creería si no lo viera, amigo D. Francisco... Es que me enfado; tómelo como quiera, pero me enfado, sí señor... Vamos a ver: ¿no le da vergüenza de vivir en este tugurio? ¿No comprende que hasta su crédito pierde con tener casa tan miserable? ¡Qué dirá la gente! Que es usted Alejandro en puño, un avaro de mal pelaje, como los que se estilan en las comedias. Créame: esto le hace poco favor. Tal como es el hombre, debe ser la casa. Me carga que no se tenga de una personalidad como usted el concepto que merece».
     -¡Pues yo, Sr. D. José, me acomodo tan bien aquí...! Desde que perdí a mi querido hijo, le tomé asco a los barrios del centro. Vivo aquí muy guapamente, y tengo para mí que esta casa me ha traído buena suerte... Pero no vaya a creer ¡cuidado!, que echo en saco roto sus manifestaciones. Se pensará, D. José, se pensará...
     -Piénselo, sí. ¿No le parece que en vez de andar buscando con un candil inquilino para el principal de su casa de la calle de Silva debe usted instalarse en él? [103]
     -¡En aquel principal tan grande... veintitrés piezas, sin contar el...! ¡Oh!, no, ¡qué locura! ¿Qué hago yo en aquel palaciote, yo solo, sin necesidades, yo, que sería capaz de vivir a gusto en un cajón de vigilante de Consumos, o en una garita de guarda-agujas?
     -Siga mi consejo, Sr. D. Francisco -añadió Donoso, cogiéndole la solapa-, y múdese al principal de la calle de Silva. Aquella es la residencia natural del hombre que me escucha. La sociedad tiene también sus derechos, a los cuales es locura querer oponer el gusto individual. Tenemos derecho a ser puercos, sórdidos, y a desayunarnos con un mendrugo de pan, cierto; pero la sociedad puede y debe imponernos un coram vobis decoroso. Hay que mirar por el conjunto.
     -Pero D. José de mi alma, mi personalidad se perderá en aquel caserón, y no sabrá cómo arreglarse para abrir y cerrar tanta puerta.
     -Es que usted...
     Hizo punto Donoso, como sin atreverse con la manifestación que preparaba; pero después de una corta perplejidad, acomodó sus caderas en el sillón no muy blando que de pedestal le servía, miró a D. Francisco severamente, y accionando con el bastón, que parecía signo de autoridad, le dijo: [104]
     «Somos amigos... Tenemos fe el uno en el otro, por cierta compenetración de los caracteres...».
     -¡Compenetración! -repitió Torquemada para sí, apuntando la bonita palabra en su mente- No se me olvidará.
     -Supongo que usted creerá leal y sincero, inspirado en un interés de verdadero amigo, cuanto yo me permita manifestarle.
     -Cierto, por la com... compenetranza... penetración...
     -Pues yo sostengo, amigo D. Francisco, y lo digo sin rodeos, clarito, como se le deben decir a usted las cosas... sostengo que usted debe casarse.
     Aunque parezca lo contrario, no causó desmedido asombro en Torquemada la manifestación de su amigo; pero creyó del caso pintar en su rostro la sorpresa: «¡Casarme yo, a mis años!... ¿Pero lo dice de verdad? ¡Cristo!, casarme... Ahí es nada lo del ojo... Como si fuera beberse un vaso de agua... ¿Soy algún muchacho?».
     -¡Bah!... ¿qué tiene usted, cincuenta y cinco, cincuenta y siete...? ¿Qué vale eso? Está usted hecho un mocetón, y la vida sobria y activa que ha llevado le hacen valer más que toda la juventud encanijada que anda por ahí.
     -Como fuerte, ya lo soy. No siento el correr [105] de la edad... A robustez no me gana nadie, ni a... Qué sé yo... Tengo para mí que no carecería de facultades; digo, me parece... Pero no es eso. Digo que a dónde voy yo ahora con una mujer colgada del brazo, ni qué tengo yo que pintar en el matrimonio, encontrándome, como me encuentro, muy a mis anchas en el elemento soltero.
     -¡Ah!... eso dicen todos... libertad, comodidad... el buey suelto... Pero y en la vejez, ¿quién ha de cuidarle? Y esa atmósfera de santo cariño, ¿con qué se sustituye cuando llegamos a viejos?... ¡La familia, Sr. D. Francisco! ¿Sabe usted lo que es la familia? ¿Puede una personalidad importante vivir en esta celda solitaria y fría, que parece el cuarto de una fonda? ¡Oh!, ¿no lo comprende, bendito de Dios? Cierto que usted tiene una hija; pero su hija mirará más por la familia que ella se cree que por usted. ¿De qué le valdrán sus riquezas en la espantosa soledad de un hogar sin afecciones, sin familia menuda, sin una esposa fiel y hacendosa?... Dígame, ¿de qué le sirven sus millones? Reflexione... considere que nada puedo aconsejarle yo que no sea la misma lealtad. La posición quiere casa, y la casa quiere familia. ¡Buena andaría la sociedad si todos pensaran como usted y procedieran con ese egoísmo furibundo! No, no: nos [106] debemos a la sociedad, a la civilización, al Estado. Crea usted que no se puede pertenecer a las clases directoras sin tener hijos que educar, ciudadanos útiles que ofrecer a esa misma colectividad que nos lleva en sus filas, porque los hijos son la moneda con que se paga a la nación los beneficios que de ella recibimos...
     -Pero venga acá, D. José, venga acá -dijo Torquemada, echándose atrás el sombrero, y tomando muy en serio la cosa-. Vamos a cuentas. Partiendo del principio de que a mí me dé ahora el naipe por contraer matrimonio, queda en pie la cuestión, la madre del cordero... ¿Con quién...?
     -¡Ah!... eso no es cuenta mía. Yo planteo la cuestión: no soy casamentero. ¿Con quién? Busque usted...
     -Pero D. José, venga acá. ¡A mis años...! ¿Qué mujer me va a querer a mí, con esta facha?... digo, mi facha no es tan mala ¡cuidado! Otras hay peores.
     -Digo... si las hay peores.
     -Con cincuenta y seis años que cumpliré el 21 de Septiembre, día de San Mateo... Cierto que no faltaría quien me quisiera por mi guano.... digo, por mi capital; pero eso no me llena, ni puede llenar a ningún hombre de juicio. [107]
     -¡Oh!, naturalmente. Bien sé yo que si usted anunciara su blanca mano se presentarían cien mil candidatas. Pero no se trata de eso. Usted, si acepta mis indicaciones contrarias de todo en todo al celibato, busque, indague, coja la linterna y mire por ahí. ¡Ah, ya sabrá, ya sabrá escoger lo mejorcito! A buena parte van. Mi hombre sabe ver claro, y posee una sagacidad que da quince y raya al lucero del alba. No, no temo yo que pueda resultar una mala elección. ¿Existe la persona que emparejará dignamente con D. Francisco? Pues si existe, contemos con que D. Francisco la encuentra, aunque se esconda cien estados bajo tierra.
     -¡Vaya, que a mis años...! -repitió el usurero con ligera inflexión de lástima de sí mismo.
     -No tergiverse la cuestión ni se escape por la tangente de su edad... ¡Su edad! Si es la mejor. Como usted, en caso de volver a la cofradía, no habría de descolgarse con una mocosa, frívola y llena la cabeza de tonterías, sino con una mujer sentada...
     -¿Sentada?
     -Y de una educación intachable...
     -¡Pero qué cosas tiene D. José!... Salir ahora con la peripecia de que debo casarme... ¡Y todo por la... colectividad! -dijo Torquemada [108] rompiendo a reír como un muchacho, ávido de bromas.
     -No -replicó Donoso, levantándose despacio, como quien acaba de cumplir un alto deber social-, no hago más que señalar una solución conveniente; no hago más que decir al amigo lo que entiendo razonable, y eminentemente práctico.
     Salieron juntos, y aquel día no hablaron más de casorio. Pero antes de que concluyera la semana, D. Francisco se mudó a su amplísimo principal de la calle de Silva.

XIII

Дружба между Доносо и Торквемадой становилась все более тесной. К началу лета дон Франсиско уже не заключал ни одной сделки, не спросив предварительно совета у своего умудренного опытом друга. Доносо расширил представления скряги о путях роста капитала, и теперь Торквемада не ограничивался ссудами под залог недвижимости или под залог жалованья офицеров и чиновников. Он научился выгодно и надежно помещать деньги в более значительные предприятия. У него искали прибежища разорившиеся вельможи, и он связывал их по рукам и ногам своими благодеяниями; близкие к краху акционерные общества уступали ему за бесценок часть акций, гарантируя доходы от них, и даже само государство благосклонно протягивало к нему свою руку. Доносо раскрыл другу тайну банковских операций, равно как и игры на бирже; все выгоды и опасности последней процентщик постиг мгновенно благодаря прирожденному чутью. На советы Доносо можно было положиться; если дон Хосе говорил: «Смело покупайте», — процентщик не колеблясь, покупал. Трогательное согласие царило между новыми друзьями, и что всего удивительнее — участие дона Хосе в делах ростовщика отличалось полнейшим бескорыстием. Устроив Торквемаде несколько крупных ссуд, он не захотел взять ни комиссионных, ни даже скромного подарка.
Рука об руку с нововведениями в коммерции шли нововведения в быту. Прежде всего, наметилась реформа одежды, вначале робкая, а затем все более очевидная: герой наш не хотел внезапно, точно в дешевой комедии, явить взорам общества свой новый облик, резко отличный от старого. Ослепительный костюм из темно-брусничного сукна уживался с потрепанной мягкой шляпой, а глянец цилиндра меркнул рядом с засаленным воротником пальто времен взятия Тетуана нашими доблестными войсками. При всех подобных сочетаниях у скряги хватало ума и чутья, чтобы не выставлять себя в смешном и нелепом виде. И без того уже в предместьях, населенных его должниками, эти обновки мозолят глаза насмешникам, которые так и сыплют остротами и ядовитыми шпильками. Дон Франсиско за три версты обходил старых знакомых, с трудом сохраняя хладнокровие и скрывая неприязнь к бывшим дружкам по кафе «Петух» и к лавочникам на Толедской улице. Некоторых он просто видеть не мог.
Одни находили естественным, что дон Франсиско стал «задирать нос»: ведь денег у него побольше, чем у тех, которые с форсом разъезжают по Мадриду в собственной коляске и, задолжав каретнику, пускаются на шулерство и аферы. Другие, видя, как медленно, но неуклонно отдаляется он от среды, где сколотил свой первый миллион, честили его неблагодарным спесивцем. Впрочем, он поступал, как и все: сначала высосал из бедняков всю кровь до последней капли, а затем направил свой полет к палатам богачей.
Если перемены в одежде и обычаях Торквемады можно было проследить шаг за шагом, то в языке переворот совершился мгновенно, Теперь каждая его фраза, словно намекая на что-то, дышала значительностью, а выражения Доносо он усваивал с поразительной для его лет гибкостью памяти. Правда, ему случалось портить мудрые изречения грубейшими ошибками и изрядно плутать в непроходимых дебрях синтаксиса, но при всем том кто не знал его ближе, частенько попадался на удочку. Понимая, что в многословии нет спасения, дон Франсиско не разрешал себе болтливости, и эта сдержанность вкупе с кое-какими словечками, подслушанными у Доносо, создавала ему славу человека рассудительного и даже глубокомысленного. Не один простак, впервые сведший с ним знакомство в те дни, приписывал ему обширные познания и серьезный ум, слушая, как он изрекал: «Я лично считаю загадкой уровень цен на ячмень в ближайшие месяцы: позиция крестьян выжидательная». Или: «Сеньоры, я того мнения (подражая Доносо, он то и дело высказывал свое мнение), что нам теперь предостаточно свободы, всеобщего избирательного права и прочих блаженств, Но я вас спрашиваю: разве это все? Разве может страна насытиться одними свободами? Нет, накормите ее супом хорошего правления и жарким сбалансированного бюджета! Вот где зарыта собака. Вот в чем наша беда. Пусть нами хорошо управляют, пусть деньги не летят на ветер, пусть считаются с налогоплательщиками, и я первый буду гордиться своим соответствием испанцу и налогоплательщику». Иные говорили: «Он, конечно, мужлан, но как здраво рассуждает! И как остроумно называет блага блаженствами!» Как бы то ни было, основательность суждений Торквемады и слухи о его мошне привлекали к нему все новых друзей из того круга, где расправлял он свои крылья. Спешу оговориться: суждениями наш герой именовал все, что ни услышит; словцо это так ему полюбилось, что он кстати и некстати ввертывал его на каждом шагу. «Суждениями» были для него и отклики в обществе на речь Кановаса и соображения привратницы о том, мочатся или нет мальчишки с третьего этажа на балконы второго.
Скажем мимоходом, коль скоро речь зашла о жилище дона Франсиско, что Доносо, впервые зайдя к нему для переговоров о ссуде герцогу де Гравелинас, был неприятно поражен убогой обстановкой квартиры на улице Сан Блас. На правах близкого друга он позволил себе пожурить ростовщика отеческим тоном, который на того действовал неизменно благотворно:
— Дорогой дон Франсиско! Ни за что бы не поверил, если б не увидел собственными глазами. Сержусь на вас, право сержусь, как вы себе хотите... Да неужто вам не совестно жить в эдакой трущобе? И как вы не понимаете, что нищенский обиход даже коммерции вашей вредит? Вас назовут посмешищем, всемирным скрягой, гнусным скаредом. Поверьте, не на руку это вам. Ведь по дому судят о человеке. А здесь, боюсь, о вас сложится совсем не то мнение, какого вы заслуживаете.
— Но, сеньор дон Хосе! Мне здесь так удобно... Суета шумных улиц опротивела мне с тех пор, как я потерял ненаглядного моего сыночка. Здесь я живу преотлично и держусь мнения, что дом этот приносит мне удачу. Но не подумайте бога ради, будто я пропускаю мимо ушей ваши суждения. Подумаем, дон Хосе, подумаем...
— И впрямь подумайте. Чем днем с огнем искать жильцов для дома на улице де Сильва, не лучше ли вам самому поселиться там?
— В таком большом помещении! Двадцать три комнаты, не считая... С ума сойти! Что мне делать в эдаких хоромах, одному, непривычному к роскоши? Да я бы мог жить в свое удовольствие даже в конуре ночного сторожа или в будке стрелочника!
— Последуйте моему совету, дон Франсиско,— настаивал Доносо, беря друга за лацкан сюртука, — переезжайте на улицу де Сильва. Там ваше место. Общество предъявляет к нам свои требования, и было бы безумием ему противиться. Мы, конечно, вправе жить по уши в грязи, точно свиньи, и жевать черствую корку хлеба, но общество может и обязано предписать нам соблюдение приличий. Ничего не поделаешь, приходится жертвовать собой ради общего блага.
— Но, дорогой дон Хосе, в этой громадине я совсем потеряюсь... Открывать и закрывать столько дверей...
— Дело в том, что вам...
Доносо замялся, словно не решаясь произнести очередное суждение; но устроившись поудобнее в не слишком мягком кресле, он окинул взглядом собеседника и после короткого замешательства многозначительно сказал, играя тростью, казавшейся в его руках посохом жреца:
— Мы с вами друзья и доверяем друг другу. Тождество наших характеров...
«Тождество! — повторил про себя Торквемада, мысленно заприходовав звучное слово. — Не забыть бы его!»
— Вы, я полагаю, не сомневаетесь в моей искренности и бескорыстии. Как и подобает преданному другу, если я позволяю себе высказывать...
— Ну да, разумеется, по тож... тожно... тождеству...
— Так вот, любезнейший дон Франсиско, я считаю и говорю без околичностей, прямо, как и следует нам говорить, я считаю... что вам надобно жениться.
'Как ни странно, суждение друга не слишком изумило Торквемаду; все же он почел за благо изобразить на своем лице крайнее удивление.
— Жениться мне, в мои годы! Да вы, верно, шутите! Мой бог, жениться... Легко сказать... Это ведь не стакан воды проглотить, я не вертопрах какой-нибудь...
— Полно, полно. Сколько вам? Пятьдесят пять? Пятьдесят семь? Пустяки! Выглядите вы молодцом и благодаря жизни деятельной и воздержанной не с одним хлипким юнцом потягаетесь.
— Крепок-то я крепок, не спорю. Годы сил у меня не убавили. И на здоровье жаловаться грех. За способностью дело не станет, таково мое мнение... То есть я хотел сказать... Впрочем, не в этом дело. Я привык жить по собственной воле и не могу теперь пришить себя к жениной юбке. В холостом элементе я как рыба в воде, так на кой шут мне жениться?
— Свобода, независимость, сам себе хозяин — слыхали мы эту песню. А кто позаботится о вас под старость? Чем замените вы преданный уход нежной супруги? Атмосферу семьи? Да знаете ли вы, что это такое? И можно ли персоне с весом и положением жить в голой келье, похожей на номер скверной гостиницы? Боже мой, да неужто вы сами не понимаете? Конечно, у вас есть дочь, но она будет думать, прежде всего, о собственной семье. Чего стоят все ваши богатства рядом с ужасающим одиночеством холодного очага, без любви, без домочадцев, без хлопотливой, верной жены? На что вам ваши миллионы, скажите? Задумайтесь над моими словами, дон Франсиско, от души вам советую. Положение требует дома, а дом — семьи. Хороши б мы были, если бы все рассуждали, по-вашему, слепо предаваясь безудержному эгоизму! Нет, нет; у нас есть обязанности перед обществом, перед цивилизацией и государством. Поверьте, человек без потомства не может принадлежать к правящему классу. Дети — будущие полезные граждане — призваны сменить нас у кормила правления. Они единственная монета, которой мы можем отплатить нации за ее благодеяния...
— Но послушайте, дон Хосе, послушайте, — прервал друга Торквемада, сдвинув назад шляпу и становясь крайне серьезным. — Ближе к делу. При допущении, что мне выпала теперь марьяжная карта, остается еще решить большой вопрос, самый коренной... На ком?
— О, это уж не мое дело! Я лишь ставлю перед вами цель, а не занимаюсь сватовством. На ком, говорите вы? Поищите сами...
— Но помилуйте, дон Хосе... Искать, в мои-то годы!.., Какой женщине полюбится моя наружность? Впрочем, наружность не так уж плоха, чтоб ее! Бывает и хуже.
— Бывает, разумеется.
— Но ведь мне двадцать первого сентября, на святого Матфея, пятьдесят шесть стукнет. Правда, немало найдется таких, что польстятся на мои кругленькие, на капитал то есть. Да меня-то это не устраивает и ни одного здравомыслящего человека не устроит.
— Что за вопрос! Не успеете вы объявить себя женихом, как невесты градом посыплются. Но не об этом речь. Если мои слова убедили вас — ищите, расспрашивайте! Возьмите, образно выражаясь, фонарь, посветите хорошенько вокруг... Уж вы сумеете лакомый кус высмотреть! Как говорится, ищите и обрящете. Я за своего друга не беспокоюсь: его на мякине не проведешь, он не ошибется в выборе, не тот человек! Да неужто не сыскать в целом свете особы под пару дону Франсиско? А если такая достойная особа, вообще говоря, существует, будем рассчитывать, что дон Франсиско повстречает ее, хоть спрячься она за тридевять земель.
— Так-то так, да годы, годы... — повторил ростовщик, словно проникаясь жалостью к самому себе.
— Не увиливайте, дон Франсиско, вы у меня не отвертитесь. Что за ссылки на возраст? Ваш возраст! Да лучшего и не надо. Ведь не возьмете ж вы за себя легкомысленную девчонку-вертихвостку, у которой в голове ветер гуляет.... Вам нужна женщина положительная...
— Положительная?
— Безукоризненного воспитания...
— Нет, каков мой дон Хосе! Заладил одно — жениться да жениться... И все ради... ради всеобщего блага! — со смехом, будто после удачной шутки воскликнул Торквемада.
Доносо поднялся не спеша, с достоинством человека, исполнившего свой святой долг.
— Я лишь указал вам приемлемое решение, — заключил он, — Как не подсказать другу, что именно я считаю в его положении разумным, а главное — практичным?
Друзья вышли вместе и в тот день больше не говорили о браке. Но еще до конца недели дон Франсиско переехал в свой обширный особняк на улице де Сильва.

Capítulos 1 / 2 / 3 / 4 / 5 / 6 / 7 / 8 / 9 / 10 / 11 / 12 / 13 / 14 / 15 / 16 / 17 / 18 / 19 / 20 / 21 / 22 / 23 / 24 / 25 / 26 / 27 / 28 / 29 / 30 / 31 / 32