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Benito Pérez Galdós - Doña Perfecta - 32

perfectaБенито Перес Гальдос - Донья Перфекта. Глава 32

Capítulo XXXII
FINAL

De don Cayetano Polentinos a un su amigo de Madrid
Orbajosa, 21 de abril
Querido amigo:
Envíeme usted sin tardanza la edición de 1622 que dice ha encontrado entre
los libros de la testamentaría de Corchuelo. Pago ese ejemplar a cualquier precio.
Hace tiempo que lo busco inútilmente, y me tendré por mortal venturosísimo
poseyéndolo. Ha de hallar usted en el colofón un casco con emblema sobre la
palabra Tractado, y la segunda X de la fecha MDCXXII ha de tener el rabillo torcido.
Si en efecto, concuerdan estas señas con el ejemplar, póngame usted un parte
telegráfico, porque estoy muy inquieto... aunque ahora me acuerdo de que el
telégrafo, con motivo de estas importunas y fastidiosas guerras, no funciona. A
correo vuelto espero la contestación.
Pronto, amigo mío, pasaré a Madrid con objeto de imprimir este tan esperado
trabajo de los Linajes de Orbajosa. Agradezco a usted su benevolencia, mi querido
amigo; pero no puedo admitirla en lo que tiene de lisonja. No merece mi trabajo, en
verdad, los pomposos calificativos con que usted lo encarece; es obra de paciencia y
estudio, monumento tosco, pero sólido y grande, que elevo a las grandezas de mi
amada patria. Pobre y feo en su hechura, tiene de noble la idea que lo ha
engendrado, la cual no es otra que convertir los ojos de esta generación descreída y
soberbia hacia los maravillosos hechos y acrisoladas virtudes de nuestros
antepasados. ¡Ojalá que la juventud estudiosa de nuestro país diera este paso a que
con todas mis fuerzas la incito! ¡Ojalá fueran puestos en perpetuo olvido los
abominables estudios y hábitos intelectuales introducidos por el desenfreno
escolástico y las erradas doctrinas! ¡Ojalá se emplearan exclusivamente nuestros
sabios en la contemplación de aquellas gloriosas edades, para que, penetrados de la
sustancia y benéfica savia de ellas los modernos tiempos, desapareciera este loco
afán de mudanzas y esta ridícula manía de apropiarnos ideas extrañas, que pugnan
con nuestro primoroso organismo nacional! Temo mucho que mis deseos no se vean
cumplidos, y que la contemplación de las perfecciones pasadas quede circunscrita al
estrecho círculo en que hoy se halla, entre el torbellino de la demente juventud que
corre detrás de vanas utopías y bárbaras novedades. ¡Cómo ha de ser, amigo mío!
Creo que dentro de algún tiempo ha de estar nuestra pobre España tan desfigurada,
que no se conocerá ella misma ni aun mirándose en el clarísimo espejo de su limpia
historia.
No quiero levantar mano de esta carta sin participar a usted un suceso
desagradable; la desastrosa muerte de un estimable joven muy conocido en Madrid,
el ingeniero de caminos don José de Rey, sobrino de mi cuñada. Acaeció este triste
suceso anoche en la huerta de nuestra casa, y aún no he formado juicio exacto sobre
las causas que pudieron arrastrar al desgraciado Rey a esta horrible y criminal
determinación. Según me ha referido Perfecta esta mañana cuando volví de Mundo
Grande, Pepe Rey a eso de las doce de la noche, penetró en la huerta de esta casa y
se pegó un tiro en la sien derecha, quedando muerto en el acto. Figúrese usted la
consternación y alarma que se produciría en esta pacífica y honrada mansión. La
pobre Perfecta se impresionó tan vivamente, que nos hemos asustado; pero ya está
mejor, y esta tarde hemos logrado que tome un sopicaldo. Empleamos todos los
medios de consolarla, y como es buena cristiana, sabe soportar con edificante
resignación las mayores desgracias.
Acá para entre los dos, amigo mío, diré a usted, que en el terrible atentado del
joven Rey contra su propia existencia, debió influir grandemente una pasión
contrariada, tal vez los remordimientos por su conducta y el estado de hipocondría
amarguísima en que se encontraba su espíritu. Yo le apreciaba mucho; creo que no
carecía de excelentes cualidades; pero aquí estaba tan mal estimado, que ni una sola
vez oí hablar bien de él. Según dicen, hacía alarde de ideas y opiniones
extravagantísimas; burlábase de la religión; entraba en la iglesia fumando y con el
sombrero puesto; no respetaba nada y para él no había en el mundo pudor, ni
virtudes, ni alma, ni ideal, ni fe, sino tan sólo teodolitos, escuadras, reglas,
máquinas, niveles, picos y azadas. ¿Qué tal? En honor de la verdad, debo decir, que
en sus conversaciones conmigo, siempre disimuló tales ideas, sin duda por miedo a
ser destrozado por la metralla de mis argumentos; pero de público se refieren de él
mil cuentos de herejías estupendas y desafueros.
No puedo seguir, querido, porque en este momento siento tiros de fusilería. Como no
me entusiasman los combates, ni soy guerrero, el pulso me flaquea un tantico. Ya le
impondrá a usted de algunos pormenores de esta guerra, su afectísimo, etc., etc.
22 de abril
Mi inolvidable amigo:
Hoy hemos tenido una sangrienta refriega en las inmediaciones de Orbajosa. La
gran partida levantada en Villahorrenda ha sido atacada por las tropas con gran
coraje. Ha habido muchas bajas por una y otra parte. Después se dispersaron los
bravos guerrilleros; pero van muy envalentonados, y quizá oiga usted maravillas.
Mándalos, a pesar de estar herido en un brazo, no se sabe cómo ni cuándo, Cristóbal
Caballuco, hijo de aquel egregio Caballuco que usted conoció en la pasada guerra. Es
el caudillo actual hombre de grandes condiciones para el mando, y además honrado
y sencillo. Como al fin hemos de presenciar un arreglito amistoso, presumo que
Caballuco será general del ejército español, con lo cual uno y otro ganarán mucho.
Yo deploro esta guerra, que va tomando proporciones alarmantes; pero
reconozco que nuestros bravos campesinos no son responsables de ella, pues han
sido provocados al cruento batallar por la audacia del Gobierno, por la
desmoralización de sus sacrílegos delegados, por la saña sistemática con que los
representantes del Estado atacan lo más venerando que existe en la conciencia de
los pueblos, la fe religiosa y el acrisolado españolismo, que por fortuna se conservan
en lugares no infestados aún de la asoladora pestilencia. Cuando a un pueblo se le
quiere quitar su alma para infundirle otra; cuando se le quiere descastar, digámoslo
así, mudando sus sentimientos, sus costumbres, sus ideas, es natural que ese
pueblo se defienda, como el que en mitad de solitario camino se ve asaltado de
infames ladrones. Lleven a las esferas del Gobierno el espíritu y la salutífera
sustancia de mi obra de los Linajes (perdóneme usted la inmodestia), y entonces no
habrá guerras.
Hoy hemos tenido aquí una cuestión muy desagradable. El clero, amigo mío, se
ha negado a enterrar en sepultura sagrada al infeliz Rey. Yo he intervenido en este
asunto, impetrando del señor obispo que levantara anatema de tanto peso; pero
nada se ha podido conseguir. Por fin hemos empaquetado el cuerpo del joven en un
hoyo que se hizo en el campo de Mundo-Grande, donde mis pacienzudas
exploraciones han descubierto la riqueza arqueológica que usted conoce. He pasado
un rato muy triste, y aún me dura la penosísima impresión que recibí. Don Juan
Tafetán y yo somos los únicos que acompañaron el fúnebre cortejo. Poco después
fueron allá (cosa rara) esas que llaman aquí las Troyas, y rezaron largo rato sobre la
rústica tumba del matemático. Aunque esto parecía una oficiosidad ridícula, me
conmovió.
Respecto de la muerte de Rey, corre por el pueblo el rumor de que fue
asesinado. No se sabe por quién. Aseguran que él lo declaró así, pues vivió como
hora y media. Guardó secreto, según dicen, respecto a quién fue su matador. Repito
esta versión sin desmentirla ni apoyarla. Perfecta no quiere que se hable de este
asunto, y se aflige mucho siempre que lo tomo en boca.
La pobrecita, apenas ocurrida una desgracia, experimenta otra que a todos nos
contrista muc ho. Amigo mío, ya tenemos una nueva víctima de la funestísima y
rancia enfermedad connaturalizada en nuestra familia. La pobre Rosario, que iba
saliendo adelante, gracias a nuestros cuidados, está ya perdida de la cabeza. Sus
palabras incoherentes, su atroz delirio, su palidez mortal, recuérdanme a mi madre y
hermana. Este caso es el más grave que he presenciado en mi familia, pues no se
trata de manías, sino de verdadera locura. Es triste, tristísimo, que entre tantos, yo
sea el único que ha logrado escapar, conservando mi juicio sano y entero, y
totalmente libre de ese funesto mal.
No he podido dar sus expresiones de usted a don Inocencio, porque el
pobrecito se nos ha puesto malo de repente y no recibe a nadie, ni permite que le
vean sus más íntimos amigos. Pero estoy seguro de que le devuelve a usted sus
recuerdos, y no dude que pondrá mano al instante en la traducción de varios
epigramas latinos que usted le recomienda... Suenan tiros otra vez. Dicen que
tendremos gresca esta tarde. La tropa acaba de salir.
Barcelona, 1 de junio
Acabo de llegar aquí después de dejar a mi sobrina Rosario en San Baudilio de
Llobregat. El director del establecimiento me ha asegurado que es un caso incurable.
Tendrá, sí, una asistencia esmeradísima en aquel grandioso y alegre manicomio. Mi
querido amigo, si alguna vez caigo yo también, llévenme a San Baudilio. Espero
encontrar a mi vuelta pruebas de los Linajes. Pienso añadir seis pliegos, porque sería
gran falta no publicar las razones que tengo para sostener que Mateo Díez Coronel,
autor del Métrico Encomio, desciende por la línea materna de los Guevaras y no de
los Burguillos, como ha sostenido erradamente el autor de la Floresta amena.
Escribo esta carta principalmente para hacerle a usted una advertencia. He oído
aquí a varias personas hablar de la muerte de Pepe Rey, refiriéndola tal como
sucedió efectivamente. Yo revelé a usted este secreto cuando nos vimos en Madrid,
contándole lo que supe algún tiempo después del suceso. Extraño mucho que no
habiéndolo dicho yo a nadie más que a usted, lo cuenten aquí con todos sus pelos y
señales, explicando cómo entró en la huerta, cómo descargó su revólver sobre
Caballuco cuando vio que éste le acometía con la navaja, cómo Ramos le disparó
después con tanto acierto que le dejó en el sitio... En fin, mi querido amigo, por si
inadvertidamente ha hablado de esto con alguien, le recuerdo que es un secreto de
familia, y con esto basta para una persona tan prudente y discreta como usted.
Albricias, albricias. En un periodiquín he leído que Caballuco ha derrotado al
brigadier Batalla.
Orbajosa, 12 de diciembre
Una sensible noticia tengo que dar a usted. Ya no tenemos Penitenciario, no
precisamente porque haya pasado a mejor vida, sino porque el pobrecito está desde
el mes de abril tan acongojado, tan melancólico, tan taciturno que no se le conoce.
Ya no hay en él ni siquiera dejos de aquel humor ático, de aquella jovialidad correcta
y clásica que le hacía tan amable. Huye de la gente, se encierra en su casa, no
recibe a nadie, apenas toma alimento, y ha roto toda clase de relaciones con el
mundo. Si le viera usted no le conocería, porque se ha quedado en los puros huesos.
Lo más particular es que ha reñido con su sobrina, y vive solo, enteramente solo en
una casucha del arrabal de Baidejos. Ahora dice que renuncia su silla en el coro de la
catedral y se marcha a Roma. ¡Ay! Orbajosa pierde mucho, perdiendo a su gran
latino. Me parece que pasarán años tras años y no tendremos otro. Nuestra gloriosa
España se acaba, se aniquila, se muere.
Orbajosa, 23 de diciembre
El joven que recomendé a usted en carta llevada por él mismo es sobrino de nuestro
querido Penitenciario, abogado con puntas de escritor. Esmeradamente educado por
su tío, tiene ideas juiciosas. ¡Cuán sensible sería que se corrompiera en ese lodazal
de filosofismo e incredulidad! Es honrado, trabajador y buen católico, por lo cual creo
que hará carrera en un bufete como el de usted... Quizás le llevará su ambicioncilla
(pues también la tiene) a las lides políticas, y creo que no sería mala ganancia para
la causa del orden y la tradición, hoy que la juventud está pervertida por los de la
cáscara amarga. Acompáñale su madre, una mujer ordinaria y sin barniz social, pero
de corazón excelente y acendrada piedad. El amor materno toma en ella la forma
algo extravagante de la ambición mundana, y dice que su hijo ha de ser ministro.
Bien puede serlo.
Perfecta me da expresiones para usted. No sé a punto fijo qué tiene; pero ello
es que nos inspira cuidado. Ha perdido el apetito de una manera alarmante, y, o yo
no entiendo de males, o allí hay un principio de ictericia. Esta casa está muy triste
desde que falta Rosario, que la alegraba con su sonrisa y su bondad angelical. Ahora
parece que hay una nube negra encima de nosotros. La pobre Perfecta habla
frecuentemente de esta nube, que cada vez se pone más negra, mientras ella se
vuelve cada día más amarilla. La pobre madre halla consuelo a su dolor en la religión
y en los ejercicios de culto, que practica cada vez con más ejemplaridad y
edificación. Pasa casi todo el día en la iglesia, y gasta su gran fortuna en espléndidas
funciones, en novenas y manifiestos brillantísimos. Gracias a ella el culto ha
recobrado en Orbajosa su esplendor de otros días. Esto no deja de ser un alivio en
medio de la decadencia y acabamiento de nuestra nacionalidad...
Mañana irán las pruebas... Añadiré otros dos pliegos, porque he descubierto un nuevo
orbajosense ilustre. Bernardo Armador de Soto, que fue espolique del duque de Osuna, le
sirvió durante la época del virreinato de Nápoles y aun hay indicios de que no hizo nada,
absolutamente nada en el complot contra Venecia.
Capítulo XXXIII
Esto se acabó. Es cuanto por ahora podemos decir de las personas que parecen buenas y no
lo son.

FIN

 

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