Книга Ignacio Manuel Altamirano - La Navidad en las Montañas (глава 11)

navidad-en-las-montanasLa Navidad en las Montañas - Рождество в горах (Ignacio Manuel Altamirano)

Capítulo XI

 

 

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La casa del alcalde era amplia, hermosa e indicaba el bienestar de su dueño. En el patio, rodeado de  
rústicos corredores, y plantado de castaños y nogales, se habían extendido numerosas esteras. Para los  
ancianos y enfermos se había reservado el lugar que estaba al abrigo del frío, y para los demás se  
había destinado la parte despejada del patio, en el centro del cual ardía una hermosa hoguera. Allí la  
gente robusta de la montaña podía cenar alegremente, teniendo por toldo el bellísimo cielo de  
invierno, que ostentaba a la sazón, en su fondo obscuro y sereno, su ejército infinito de estrellas.

La casa estaba coquetamente decorada con el adorno propio del día. El heno colgaba de los árboles,  
entonces despojados de hojas, se enredaba en las columnas de madera de los corredores, formaba  
cortinas en las puertas, se tendía como alfombra en el patio, y cubría casi enteramente las rústicas  
mesas. Tal adorno es el favorito en estas fiestas del invierno en todas partes. Parece que la poética  
imaginación popular lo escoge de preferencia en semejantes días para representar con él las últimas  
pompas de la vegetación. El heno representa la vejez del año, como las rosas representan su juventud.

El alcalde, honrado y buen anciano, padre de una numerosa familia, labrador acomodado del pueblo,  
presidía la cena, como un patriarca de los antiguos tiempos. Junto a él nos sentábamos nosotros, es  
decir, el cura, el maestro de escuela y yo.

La cena fué abundante y sana. Algunos pescados, algunos pavos, la tradicional ensalada de frutas, a  
las que da color el rojo betabel, algunos dulces, un _puding_ hecho con harina de trigo, de maíz y  
pasas, y todo acompañado con el famoso y blanco pan del pueblo, he ahí lo que constituyó ese banquete,  
tan variado en otras partes. Se repartió algún vino; los pastores tomaron una copa de aguardiente a la  
salud del alcalde y del cura, y a mí me obsequiaron con una botella de Jerez seco, muy regular para  
aquellos rumbos.

Concluida que fué la cena, el maestro de escuela llamó por su nombre a uno de los niños, sus alumnos,  
y le indicó que recitara el romance de Navidad que había aprendido ese año. El niño fué a tomar lugar  
en medio de la concurrencia, y con gran despejo y buena declamación, recitó el romance....

Todos aplaudieron al niño; el cura me preguntó:

--¿Conoce Vd. ese romance, capitán?

--Francamente, no; pero me agrada por su fluidez, por su corrección, y por sus imágenes risueñas y  
deliciosas.

--Es del famoso Lope de Vega[1], capitán. Yo desde hace tres años he hecho que uno de los chicos de la  
escuela recite, después del banquete de esta noche, una de estas buenas composiciones poéticas  
españolas, en lugar de los malísimos versos que había costumbre de recitar y que se tomaban de los  
cuadernitos que imprimen en México y que vienen a vender por aquí los mercaderes ambulantes.... De  
este modo, los niños van enriqueciendo su memoria con buenas piezas, que se hacen después populares, y  
se ejercitan en la declamación, dirigidos por mi amigo y su maestro, que es muy hábil en ella.

--Señor,--respondió el maestro de escuela, dirigiéndose a mí,--ya he dicho a Vd. que todo lo que sé,  
lo debo al hermano cura; y ahora añadiré, porque es para mí muy grato recordarlo esta noche, que hoy  
hace justamente tres años.... Permítame Vd., hermano, que yo lo refiera; se lo ruego a Vd.,--añadió,  
contestando al cura que le pedía se callase:--hoy hace tres años que iba yo a ser víctima del  
fanatismo. Era yo un infeliz preceptor de un pueblo cercano, que habiendo recibido una educación  
imperfecta, me dediqué sin embargo, por necesidad, a la enseñanza primaria, recibiendo en cambio una  
mezquina retribución de doce pesos. Servía yo, además, de notario al cura y de secretario al alcalde,  
y trabajaba mucho. Pero en las horas de descanso procuraba yo ilustrar mi pobre espíritu con útiles  
lecturas que me proporcionaba encargando libros o adquiriéndolos de los viajeros que solían pasar, y  
que, mirando mi afición, me regalaban algunos que traían por casualidad. De este modo pasé catorce  
años; y como es natural, a fuerza de perseverancia, llegué a reunir algunos conocimientos, que por  
imperfectos que fuesen me hicieron superior a los vecinos del lugar, que me escuchaban siempre con  
atención y a veces con simpatía y participando de mis opiniones. Entonces acertó a llegar de cura a  
este pueblo un clérigo ... que desaprobó mi método de enseñanza; me ordenó suspender las clases ... y  
acabó por querer también asesorar a la autoridad municipal en todos sus asuntos, ... y tanto, que con  
motivo de las nuevas leyes dadas por el gobierno liberal, predicó la desobediencia y aun se puso de  
acuerdo con las partidas de rebeldes que por ese rumbo aparecieron luchando contra la _Constitución._  
Yo entonces creí conveniente advertir a la autoridad el peligro que había en escuchar las sugestiones  
del cura, y me manifesté opuesto a sujetarme a sus órdenes en cuanto a la enseñanza de mis niños...  
Hablé sobre ello a los vecinos, pero el cura había trabajado con habilidad en la conciencia de esos  
infelices, y haciendo mérito de varias opiniones mías ... me presentó como un hereje, como un maldito  
de Dios y como un hombre abominable. Yo nada pude hacer para contrarrestar aquella hostilidad; las  
autoridades no me sostenían, ... y me resigné a los peligros que me traía mi independencia de  
carácter. No aguardé mucho tiempo. Al llegar la Nochebuena de hace tres años, el pueblo, embriagado y  
excitado ... se dirigió a mi casa, me sacó de ella y me llevó a una barranca cercana a esta población  
para matarme. ¡Figúrese Vd. la aflicción de mi mujer y de mis hijos! Pero el más grandecito de ellos,  
iluminado por una idea feliz, corrió a este pueblo, donde hacía poco había llegado el hermano cura  
aquí presente y que me había dado muestras de amistad las diversas veces que había ido a ver mi  
escuela. Mi hijo le avisó del peligro que yo corría, y no se necesitó más; vino a salvarme. En manos  
de aquellos furiosos caminaba yo maniatado, y ya había llegado a la barranca con el corazón presa de  
una angustia espantosa por mi familia; ya aquellos hombres, ebrios y engañados se precipitaban a darme  
la muerte por hereje y maldito, cuando se detuvieron llenos de un terror y de un respeto sólo  
comparables a su ferocidad. Iba a amanecer, y la indecisa luz de la madrugada alumbraba aquel cuadro  
de muerte, cuando de súbito se apareció en lo alto de una pequeña colina cercana un sacerdote, vestido  
de negro, que hacía señas y que se acercaba al grupo apresuradamente. Seguíanle este mismo señor  
alcalde, que entonces lo era también, y un gran grupo de vecinos. El hermano cura llegó, se encaró con  
mis verdugos y les preguntó porqué iban a matarme.

--Por hereje, señor cura, le respondieron: este hombre no cree en Dios, ni es cristiano, ni va a misa,  
ni respeta a nuestros santos, y es enemigo del _padrecito_ de nuestro pueblo....

Ya supondrá Vd., capitán, lo que el hermano cura les diría. Su voz indignada, pero tranquila, resonaba  
en aquel momento como una voz del cielo. Les echó en cara su crimen; los humilló; los hizo temblar;  
los convenció, y los obligó a ponerse de rodillas para pedir perdón por su delito. Yo creo que temían  
que un rayo los redujera a cenizas. Se apresuraron a desatarme; me entregaron libre al cura, quien me  
abrazó llorando de emoción; vinieron a suplicarme que los perdonara y en ese momento apareció mi  
infeliz mujer, jadeando de fatiga, gritando y mostrando en sus brazos a mi hijo más pequeño,  
implorando piedad para mí. Al verme libre; al ver a un cura, a quien reconoció desde luego, lo  
comprendió todo: corrió a mis brazos, y no pudiendo más, perdió el sentido. Aquella gente estaba  
atónita; el hermano cura que había recibido en sus brazos a mi pequeña criatura, lloraba en silencio,  
y todo el mundo se había arrodillado. En ese momento salió el sol, y parecía que Dios fijaba en  
nosotros su mirada inmensa.

¡Ah, señor capitán! ¡cómo olvidar semejante noche!! La tengo grabada en el alma de una manera  
constante; y si alguna vez he creído ver la sublime imagen de Jesucristo sobre la tierra, ha sido ésa,  
en que el hermano cura me salvó a mí de la muerte, a toda una familia infeliz de la orfandad, y a  
aquellos desgraciados fanáticos del infierno de los remordimientos.

--Y nosotros,--dijo el alcalde, llorando con una voz conmovida pero resuelta, y dirigiéndose al  
concurso que escuchaba enternecido; --nosotros allí mismo hemos jurado no permitir jamás, aun a costa  
de nuestras vidas, que se mate a nadie: no digo a un inocente, pero ni a un criminal, ni a un  
salteador, ni a un asesino. El hermano cura nos convenció para siempre de que los hombres no tenemos  
derecho de privar de la vida a ninguno de nuestros semejantes; de manera que si la ley manda  
ajusticiar a alguno de sus delitos, que ella lo haga, pero fuera de nuestro pueblo: aquí hemos de  
procurar que nunca se haga tal cosa, porque el pueblo se mancharía; y para no vernos en esa vergüenza  
y en ese conflicto, lo que tenemos que hacer es ser honrados siempre. --¡Siempre! ¡siempre! resonó por  
todas partes, pronunciado hasta por la voz de los niños.

El cura me apretaba la mano fuertemente, y yo besé la suya, que regué con unas lágrimas que hacía años  
no había podido derramar.

Cuando hubo pasado aquel momento de profunda emoción, el cura se apresuró a presentarme a dos personas  
respetabilísimas, sentadas cerca de nosotros y que no habían sido las que menos se conmovieran con el  
relato del maestro de escuela. Estas dos personas eran un anciano vestido pobremente de estatura  
pequeña, pero en cuyo semblante, en que podían descubrirse todos los signos de la raza indígena pura,  
había un no sé qué que inspiraba profundo respeto. La mirada era humilde y serena; estaba casi ciego,  
y la melancolía del indio parecía de tal manera característica a ese rostro, que se hubiera dicho que  
jamás una sonrisa había podido iluminarlo.

Los cabellos del anciano eran negros, largos y lustrosos, a pesar de la edad; la frente elevada y  
pensativa; la nariz aguileña; la barba poquísima y la boca severa. El tipo, en fin, era el del  
habitante antiguo de aquellos lugares, no mezclado para nada con la raza conquistadora. Llamábanle el  
tío Francisco. Era el modelo de los esposos y de los padres de familia. Había sido acomodado en su  
juventud; y aunque ciego después y combatido por la más grande miseria, había opuesto a estas dos  
calamidades tal resignación, tal fuerza de espíritu y tal constancia en el trabajo, que se había hecho  
notable entre los montañeses, quienes le señalaban como el modelo del varón fuerte. La rectitud de su  
conciencia, y su instrucción no vulgar entre aquellas gentes, así como su piedad acrisolada, le habían  
hecho el consultor nato del pueblo, y a tal punto se llevaba el respeto por sus decisiones, que se  
tenía por inapelable el fallo que pronunciaba el tío Francisco en las cuestiones sometidas a su  
arbitraje patriarcal. No pocas veces las autoridades acudían a él en las graves dificultades que se  
les ofrecían; y su pobre cabaña en la que se abrigaba su numerosa familia, sujeta casi siempre a  
grandes privaciones, estaba enriquecida por la virtud y santificada por el respeto popular. El anciano  
indígena era el único, antes de la llegada del cura, que dirimía las controversias sobre tierras, a  
quien se llevaban las quejas de las familias, de consultas sobre matrimonios y sobre asuntos _de  
conciencia_, y jamás un vecino tuvo que lamentarse de su decisión, siempre basada en un riguroso  
principio de justicia. Después de la llegada del cura, éste había hallado en el tío Francisco su más  
eficaz auxiliar en las mejoras introducidas en el pueblo, así como su más decidido y virtuoso amigo.  
En cambio, el patriarca montañés profesaba al cura un cariño y una admiración extraordinarios, gustaba  
mucho de oirle hablar sobre religión, y se consolaba en las penas que le ocasionaban su ceguera y su  
pobreza, escuchando las dulces y santas palabras del joven sacerdote.

La otra persona era la mujer del tío Francisco, una virtuosísima anciana, indígena también y tan  
resignada, tan llena de piedad como su marido, a cuyas virtudes añadía las de un corazón tan lleno de  
bondad, de una laboriosidad tan extremada, de una ternura maternal tan ejemplar y de una caridad tan  
ardiente, que hacían de aquella singular matrona una santa, un ángel. El pueblo entero la reputaba  
como su joya más preciada, y tiempo hacía que su nombre se pronunciaba en aquellos lugares como el  
nombre de un genio benéfico. Se llamaba la tía Juana, y tenía siete hijos.

El cura, que me daba todos estos informes, me decía:

--No conocí a mi virtuosa madre; pero tengo la ilusión de que debió parecerse a esta señora en el  
carácter, y de que si hubiera vivido habría tenido la misma serena y santa vejez que me hace ver en  
derredor de esa cabeza venerable una especie de aureola. Note Vd. ¡qué dulzura de mirada, qué corazón  
tan puro revela esa sonrisa! ¡qué alegría y resignación en medio de la miseria y de las espantosas  
privaciones que parecen perseguir a estos dos ancianos! Y esta pobre mujer, envejecida más por los  
trabajos y las enfermedades que por la edad, flaca y pálida ahora, fue una joven dotada de esa gracia  
sencilla y humilde de las montañesas de este rumbo, y que ellas conservan, como Vd. ha podido ver,  
cuando no la destruyen los trabajos, las penas y las lágrimas.

Sin embargo, el cielo, que ha querido afligir a estos desventurados y virtuosos viejos con tantas  
pruebas, les reserva una esperanza. Su hijo mayor está estudiando en un colegio, hace tiempo; y como  
el muchacho se halla dotado de una energía de voluntad verdaderamente extraordinaria, a pesar de los  
obstáculos de la miseria y del desamparo en que comenzó sus estudios, pronto podrá ver el resultado de  
sus afanes y traer al seno de su familia la ventura, tan largo tiempo esperada por sus padres. Tan  
dulce confianza alegra los días de esa familia infeliz, digna de mejor suerte.

Al acabar de decirme esto el cura, se acercó a él la misma señora de edad que lo había llamado aparte  
e iba hablándole cuando llegamos al pueblo. Iba seguida de una joven hermosísima, la más hermosa tal  
vez de la aldea. La examiné con tanta atención, cuanto que la suponía, como era cierto, la heroína de  
la historia de amor que iba a desenlazarse esa noche, según me anunció el cura.

Tenía como veinte años, y era alta, blanca, gallarda y esbelta como un junco de sus montañas. Vestía  
una finísima camisa adornada con encajes, según el estilo del país, enaguas de seda de color obscuro;  
llevaba una pañoleta de seda encarnada sobre el pecho, y se envolvía en un rebozo fino, de seda  
también, con larguísimos flecos morados. Llevaba, además, pendientes de oro; adornaba su cuello con  
una sarta de corales y calzaba zapatos de seda muy bonitos. Revelaba, en fin, a la joven labradora,  
hija de padres acomodados. Este traje gracioso de la virgen montañesa la hizo más bella a mis ojos, y  
me la representó por un instante como la Ruth del idilio bíblico, o como la esposa del _Cantar de los  
Cantares_[2].

La joven bajaba a la sazón los ojos, e inclinaba el semblante llena de rubor; pero cuando lo alzó para  
saludarnos, pude admirar sus ojos negros, aterciopelados y que velaban largas pestañas, así como sus  
mejillas color de rosa, su nariz fina y sus labios rojos y frescos. ¡Era muy linda!

¿Qué penas podría tener aquella encantadora montañesa? Pronto iba a saberlo, y a fe que estaba lleno  
de curiosidad.

La señora mayor se acercó al cura y le dijo:

--Hermano, Vd. nos había prometido que Pablo vendría... ¡y no ha venido!--La señora concluyó esta  
frase con la más grande aflicción.

--Sí: ¡no ha venido!--repitió la joven, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.

Pero el cura se apresuró a responderles.

--Hijas mías, yo he hecho lo posible, y tenía su palabra; pero ¿acaso no está entre los muchachos?

--No, señor, no está,--replicó la joven;--ya lo he buscado con los ojos y no lo veo.

--Pero, Carmen, hija,--añadió el alcalde,--no te apesadumbres, si el hermano cura te responde, tu  
hablarás con Pablo.

--Sí, tío; pero me había dicho que sería hoy, y lo deseaba yo, porque Vd. recuerda que hoy hace tres  
años que se lo llevaron, y como me cree culpable, deseaba yo en este día pedirle perdón... ¡Harto ha  
padecido el pobrecito!

--Amigo mío,--dije yo al cura,--¿podría Vd. decirme qué pena aflige a esta hermosa niña y por qué  
desea ver a esa persona? Vd. me había prometido contarme esto, y mi curiosidad está impaciente.

--¡Oh! es muy fácil,--contestó el sacerdote,--y no creo que ellas se incomoden. Se trata de una  
historia muy sencilla, y que referiré a Vd. en dos palabras, porque la sé por esta muchacha y por el  
mancebo en cuestión. Siéntense Vds., hijas mías, mientras refiero estas cosas al señor  
capitán,--añadió el cura, dirigiéndose a la señora y a Carmen, quienes tomaron un asiento junto al  
alcalde.

--Pablo era un joven huérfano de este pueblo, y desde su niñez había quedado a cargo de una tía muy  
anciana, que murió hace cuatro años. El muchacho era trabajador, valiente, audaz y simpático, y por  
eso lo querían los muchachos del pueblo; pero él se enamoró perdidamente de esta niña Carmen, que es  
la sobrina del señor alcalde, y una de las jóvenes mas virtuosas de toda la comarca.

Carmen no correspondió al afecto de Pablo, sea por que su educación, extremadamente recatada, la  
hiciese muy tímida todavía para los asuntos amorosos, sea, lo que yo creo más probable, que la  
asustaba la ligereza de carácter del joven, muy dado a galanteos, y que había ya tenido varias novias  
a quienes había dejado por los más ligeros motivos.

Pero la esquivez de Carmen no hizo más que avivar el amor de Pablo, ya bastante profundo, y que él ni  
podía ni trataba de dominar.

Seguía a la muchacha por todas partes, aunque sin asediarla con importunas manifestaciones. Recogía  
las más exquisitas y bellas flores de la montaña, y venía a colocarlas todas las mañanas en la puerta  
de la casa de Carmen, quien se encontraba al levantarse con estos hermosos ramilletes, adivinando por  
supuesto qué mano los había colocado allí. Pero todo era en vano: Carmen permanecía esquiva y aun  
aparentaba no comprender que ella era el objeto de la pasión del joven. Éste, al cabo de algún tiempo  
de inútil afán, se apesadumbró, y quizás para olvidar, tomó un mal camino, muy mal camino.

Abandonó el trabajo, contentóse con ganar lo suficiente para alimentarse y se entregó a la bebida y al  
desorden. Desde entonces aquel muchacho tan juicioso antes, tan laborioso, y a quien no se le podía  
echar en cara más que ser algo ligero, se convirtió en un perdido. Perezoso, afecto a la embriaguez,  
irascible, camorrista y valiente como era, comenzó a turbar con frecuencia la paz de este pueblo, tan  
tranquilo siempre, y no pocas veces, con sus escándalos y pendencias, puso en alarma a los habitantes  
y dió que hacer a sus autoridades. En fin, era insufrible, y naturalmente se atrajo la malevolencia de  
los vecinos, y con ella la frialdad, mayor todavía, de Carmen, que si compadecía su suerte, no daba  
muestras ningunas de interesarse por cambiarla, otorgándole su cariño.

Por aquellos días justamente llegué al pueblo, y como es de suponerse, procuré conocer a los vecinos  
todos. El señor alcalde presente, que lo era entonces también, me dió los más verídicos informes, y  
desde luego me alegré mucho de no encontrarme sino con buenas gentes, entre quienes, por sus buenas  
costumbres, no tendría trabajo en realizar mis pensamientos. Pero el alcalde, aunque con el mayor  
pesar, me dijo que no tenía más que un mal informe que añadir a los buenos que me había comunicado, y  
era sobre un muchacho huérfano, antes trabajador y juicioso, pero entonces muy perdido, y que además  
estaba causando al pueblo el grave mal de arrastrar a otros muchachos de su edad por el camino del  
vicio. Respondí al alcalde que ese pobre joven corría de mi cuenta, y que procuraría traerlo a la  
razón.

En efecto, lo hice llamar, lo traté con amistad, le dí excelentes consejos; él se conmovió de verse  
tratado así; pero me contestó que su mal no tenía remedio, y que había resuelto mejor desterrarse para  
no seguir siendo el blanco de los odios del pueblo; pero que era difícil para él cambiar de conducta.

La obstinación de Pablo, cuyo origen comprendía yo, me causó pena, porque me reveló un carácter  
apasionado y enérgico, en el que la contrariedad, lejos de estimularle, le causaba desaliento, y en el  
que el desaliento producía la desesperación. Fueron, pues, vanos mis esfuerzos.

Yo sabía muy bien lo que Pablo necesitaba para volver a ser lo que había sido. La esperanza en su amor  
habría hecho lo que no podía hacer la exhortación más elocuente; pero esta esperanza no se le  
concedía, ni era fácil que se le concediese, pues cada día que pasaba Carmen se mostraba más severa  
con él, a lo que se agregaba que la señora madre de ella y el alcalde su tío no cesaban de abominar la  
conducta del muchacho, y decían frecuentemente que primero querían ver muerta a su hija y sobrina, que  
saber que ella le profesaba el menor cariño.

Además, como los mancebos más acomodados del pueblo deseaban casarse con Carmen, y sólo los contenía  
para hacer sus propuestas el miedo que tenían a Pablo, cuyo valor era conocido y cuya desesperación le  
hacía capaz de cualquiera locura, se hacía urgente tomar una providencia para desembarazarse de un  
sujeto tan pernicioso.

Pronto se presentó una oportunidad para realizar este deseo de los deudos de Carmen. Había estallado  
la guerra civil, y el gobierno había pedido a los distritos de este Estado un cierto número de  
reclutas para formar nuevos batallones. Los prefectos los pidieron a su vez a los pueblos, y como éste  
es pequeño, su gente muy honrada y laboriosa, la autoridad sólo exigió al alcalde que le mandase a los  
vagos y viciosos. Ya conoce Vd. la costumbre de tener el servicio de las armas como una pena, y de  
condenar a él a la gente perdida. Es una desgracia.

--Y muy grande,--respondí,--semejante costumbre es nociva, y yo deseo que concluya cuanto antes esta  
guerra, para que el legislador escoja una manera de formar nuestro ejército sobre bases más conformes  
con nuestra dignidad y con nuestro sistema republicano.

--Pues bien,--continuó el cura.--Por aquellos días, la antevíspera de la Nochebuena, se presentó aquí  
un oficial con una partida de tropa, con el objeto de llevarse a sus reclutas. El pueblo se conmovió,  
temiendo que fueran a diezmarse las familias, los jóvenes se ocultaron y las mujeres lloraban. Pero el  
alcalde tranquilizó a todos diciendo que el prefecto le daba facultad para no entregar más que a los  
viciosos, y que no habiendo en el lugar más que uno, que era Pablo, ése sería condenado al servicio de  
las armas. E inmediatamente mandó aprehenderlo y entregarlo al oficial.

Dióme tristeza la disposición del alcalde cuando la supe, pero no era posible evitarla ya, y además la  
aprehensión de Pablo era el pararrayos que salvaba a los demás jóvenes del pueblo.

Algunas gentes compadecieron al pobre muchacho; pero ninguno se atrevió a abogar por su libertad, y el  
oficial lo recibió preso.

Parece que Pablo, en la noche del día 23, burlando la vigilancia de sus custodios, y merced a su  
conocimiento del lugar y a su agilidad montañesa, pudo escaparse de su prisión, que era la casa  
municipal, donde la tropa se había acuartelado, y corrió a la casa de Carmen: llamó a ésta y a la  
madre, que asustadas, acudieron a la puerta a saber qué quería. Pablo dijo a la joven, que así como  
había venido a hablarla, podía muy bien huir a las montañas; pero que deseaba saber, ya en esos  
momentos muy graves para él, si no podía abrigar esperanza ninguna de ser correspondido, pues en este  
caso se resignaría a su suerte, e iría a buscar la muerte en la guerra; y si sintiendo por él algún  
cariño Carmen, se lo decía, se escaparía inmediatamente, procuraría cambiar de conducta y se haría  
digno de ella.

Carmen reflexionó un momento, habló con la madre y respondió, aunque con pesar, al joven, que no podía  
engañarlo; que no debía tener ninguna esperanza de ser correspondido; que sus parientes lo aborrecían,  
y que ella no había de querer darles una pesadumbre reteniéndolo, particularmente cuando no tenía  
confianza en sus promesas de reformarse, porque ya era tarde para pensar en ello. Así es que sentía  
mucho su suerte, pero que no estaba en su mano evitarla.

Oyendo esto, Pablo se quedó abatido, dijo adiós a Carmen, y se alejó lentamente para volver a su  
prisión.

--¡Ay! Así fué,--dijo Carmen sollozando;--yo tuve la culpa ... de todo lo que ha padecido....

--Pero, hija,--replicó la señora;--si entonces era tan malo....

--Al día siguiente,--continuó el cura,--a las ocho de la mañana, el oficial salió con su partida de  
tropa, batiendo marcha y llevando entre filas y atado al pobre muchacho, que inclinaba la frente  
entristecido, al ver que las gentes salían a mirarlo.

--¡Adiós, Pablo! ... repetían las mujeres y los niños asomándose a la puerta de sus cabañas; pero él  
no oyó la voz querida ni vió el semblante de Carmen entre aquellos curiosos.

En la noche de ese día 24 se hizo la función de Nochebuena, y se dispuso la cena en este mismo lugar;  
pero habiendo comenzado muy alegre, se concluyó tristemente, porque al llegar la hora de la alegría,  
del baile y del bullicio, todo el mundo echó de menos al alegre muchacho, que aunque vicioso, era el  
alma, por su humor ligero, de las fiestas del pueblo.

--¡Ay! ¡pobrecito de Pablo! ¿En dónde estará a estas horas?--preguntó alguien.

--¡En dónde ha de estar!--respondió otro ...--en la cárcel del pueblo cercano; o bien desvelado por el  
frío, y bien amarrado, en el monte donde hizo jornada la tropa.

No bien hubo oído Carmen estas palabras, cuando no pudo más y rompió a llorar. Se había estado  
conteniendo con mucha pena, y entonces no pudo dominarse. Esto causó mucha sorpresa, porque era sabido  
que no quería a Pablo, de modo que aquel llanto hizo pensar a todos, que aunque la muchacha le  
mostraba aversión por sus desórdenes, en el fondo lo quería algo.

El señor alcalde se enfadó, lo mismo que la señora, y se retiraron, concluyéndose en seguida la cena  
de esa manera tan triste.

Han pasado ya tres años. No volvimos a tener noticias de Pablo, hasta hace cinco meses, en que volvió  
a aparecer en el pueblo; se presentó al alcalde enseñando su pasaporte y su licencia absoluta, y  
pidiendo permiso para vivir y trabajar en un lugar de la montaña, a seis leguas de aquí. En dos años  
se había operado un gran cambio en el carácter, y aun en el físico de Pablo. Había servido de soldado,  
se había distinguido entre sus compañeros por su valor, su honradez y su instrucción militar, de modo  
que había llegado hasta ser oficial en tan poco tiempo. Pero habiendo recibido muchas heridas en sus  
campañas, heridas de las que todavía sufre, pidió su licencia para retirarse a descansar de los  
trabajos de la guerra, y sus jefes se la concedieron con muchas recomendaciones.

Pablo no tardó más que algunas horas en el pueblo, cambió su traje militar por el del labrador  
montañés, compró algunas provisiones e instrumentos de labranza, y partió a su montaña sin ver a  
nadie, ni a Carmen, ni a mí. Retirado a aquel lugar, comenzó a llevar una vida de Róbinson[3]. Escogió  
la parte más agreste de las montañas; construyó una choza, desmotó el terreno, y haciendo algunas  
excursiones a las aldeas cercanas, se proporcionó semillas y cuanto se necesitaba para sus proyectos.

Sus viajes de soldado por el centro de la República le han sido muy útiles. Ha aprovechado algunas  
ideas sobre la agricultura y horticultura, y las ha puesto en práctica aquí con tal éxito, que da  
gusto ver su _roza_, como él la llama humildemente. No, no es una simple _roza_ aquélla, sino una  
hermosa plantación de mucho porvenir. Está muy naciente aún; pero ya promete bastante. Sus árboles  
frutales son exquisitos, su pequeña siembra de maíz, de trigo, de chícharo y de lenteja, le ha  
producido de luego a luego una cosecha regular. Merced a él, hemos podido gustar fresas, como las más  
sabrosas del centro, pues las cultiva en abundancia, y no parece extraño a la afición a las flores,  
pues él ha sembrado por todas partes violetas, como las de México[4] (y no inodoras como las de aquí),  
pervincas, mosquetas, malvarosas, además de todas las flores aromáticas y raras de nuestra sierra. Ha  
plantado un pequeño viñedo, y a él he encargado precisamente de cuidar mis moreras nacientes y que  
están colocadas en otro lugar más a propósito por su temperatura. En suma, es infatigable en sus  
tareas, parece poseído por una especie de fiebre de trabajo. Se diría que desea demostrar al pueblo  
que lo arrojó de su seno por su conducta, que no merecía aquella ignominia, y que en su mano estaba  
volver al buen camino, si la persona a quien había hecho tal promesa hubiera dado crédito a sus  
palabras.

Los pastores de los numerosos rebaños que pastan en estas cercanías, como he dicho a Vd., lo adoran,  
porque apenas se ha sentido la presencia de una fiera en tal o cual lugar, por los daños que hace,  
cuando Pablo se pone voluntariamente en su persecución y no descansa hasta no traerla muerta a la  
majada misma que sirve de centro al rebaño perjudicado. Y Pablo no acepta jamás la gratificación que  
es costumbre dar a los otros cazadores de fieras dañinas, sino que después de haber traído muertos al  
tigre, al lobo o al leopardo, o de haber avisado a los pastores en qué lugar queda tendido, se retira  
sin hablar más. Esta singularidad de carácter, junta a su rara generosidad y a su valor temerario, han  
acabado por granjearle el cariño de todo el mundo; sólo que nadie puede expresárselo como quisiera,  
porque Pablo huye de las gentes, pasa los días en una taciturnidad sombría; y a pesar de que padece  
mucho todavía a causa de sus heridas, a nadie acude para curarse limitándose a pedir a los labradores  
montañeses o a los aldeanos que pasan, algunas provisiones a cambio del producto de su plantación.  
Cerca de ésta tiene su pequeña cabaña, rodeada de rocas que él ha cubierto con musgo y flores: allí  
vive como un ermita o como un salvaje, trabajando durante el día, leyendo algunos libros en algunos  
ratos, de noche, y siempre combatido por una tristeza tenaz.

Conmovido yo por semejante situación, he ido a verlo algunas veces. Él me espera, me obsequia, me  
escucha, pero se resiste siempre a venir al pueblo. Un día, en que supe que estaba postrado y  
sufriendo a consecuencia de sus heridas y de la entrada del invierno, quise llevar conmigo a la señora  
madre de Carmen para que esto le sirviese de consuelo; pero él apenas nos divisó a lo lejos, huyó a lo  
más escabroso y escondido de la sierra, y no pudimos hacer otra cosa que dejarle algunas medicinas y  
provisiones, retirándonos llenos de sentimiento por no haberle visto.

--Pero ese muchacho,--interrumpí,--va a acabar por volverse loco, llevando semejante vida, parecida a  
la que hacía Amadís;[5] es preciso sacarlo de ella.

--Indudablemente,--contestó el cura,--eso mismo he pensado yo y he puesto los medios para que termine.  
Vd. habrá comprendido cuál debía ser el único eficaz, porque a mí no se me oculta que Pablo ha seguido  
amando a esta muchacha, con más fuerza cada día; sólo que, altivo por carácter, y resentido en lo  
profundo de su alma por lo que había pasado, no puede ya pensar en el objeto de su cariño sin que la  
sombra de sus recuerdos venga luego a renovar la herida y a engendrarle esa desesperación que se ha  
convertido en una peligrosa melancolía.

--Pero en fin ... esta niña ...--pregunté yo con una rudeza en que había mucho de curiosidad. Carmen  
no respondió; se cubría el rostro con las manos y sollozaba.

--¡Ah! entiendo, señor cura,--continué;--entiendo: y ya era tiempo, porque la suerte de ese infeliz  
amante me iba afligiendo de una manera...

--Como Vd. me concederá también,--repuso el cura,--yo no podía hacer otra cosa, aun conociendo la  
verdadera pena de Pablo, que aguardar a mi vez, porque por nada de este mundo hubiera querido hablar a  
Carmen de los sufrimientos del joven; temía ser la causa de que esta sensible y buena muchacha se  
resolviera a hacer un sacrificio _por compasión_ hacia Pablo, o bien que llegase a tenerle un poco de  
cariño originado por la misma _compasión_. Vd., capitán, en su calidad de hombre de mundo, estimará  
desde luego el valor que podría tener un _amor de compasión_. Nada hay mas frágil que esto, y nada que  
acarrée más desgracias a los corazones que aman.

Yo deseaba saber si Carmen había amado a Pablo antes, y a pesar de sus defectos, aunque lo hubiera  
ocultado aun a sí misma por recato y por respeto a la opinión de sus parientes. Si no hubiera sido  
así, yo deseaba al menos que hoy lo amara, convencida de sus virtudes y estimando en lo que vale su  
noble carácter un poco fiero, es verdad, pero digno y apasionado siempre.

Mientras yo no supiera esto, me parecía peligrosa toda gestión que hiciera para favorecer a mi  
protegido; y ni a éste dije jamás una sola palabra de ello, como él tampoco me dejó conocer nunca, ni  
en la menor expresión, el verdadero motivo de sus padecimientos y de su soledad.

Hice bien en esperar: el amor, el verdadero amor, el que por más obstáculos que encuentre llega por  
fin a estallar, vino pronto en mi auxilio.

Un día, hace apenas tres, el señor alcalde vino a verme a mi casa, me llamó aparte y me dijo:

--Hermano cura, necesitamos mi familia y yo de la bondad de Vd., porque tenemos un asunto grave, y en  
el que se juega tal vez la vida de una persona que queremos muchísimo.

--¿Pues qué hay, señor alcalde?--le pregunté asustado.

--Hay, hermano cura, que la pobre Carmen, mi sobrina, está enamorada, muy enamorada, y ya no puede  
disimularlo ni tener tranquilidad: está enferma, no tiene apetito, no duerme, no quiere ni hablar.

--¿Es posible?--pregunté yo alarmadísimo, porque temí una revelación enteramente contraria a mis  
esperanzas.--¿Y de quién está enamorada Carmen, puede decirse?

--Sí, señor, puede decirse, y a eso vengo precisamente. Ha de saber Vd., que cuando Pablo, ya sabe  
Vd., Pablo, el soldado, la pretendía hace algunos años, mi hermana y yo, que no queríamos al muchacho  
por desordenado y ocioso, procuramos sin embargo averiguar si ella le tenía algún cariño, y nos  
convencimos de que no le tenía ninguno, y de que le repugnaba lo mismo que a nosotros. Por eso yo me  
resolví a entregarlo a la tropa, pues de ese modo quitábamos del pueblo a un sujeto nocivo y libraba  
yo a mi sobrina de un impertinente. Pero Vd. se acordará de aquella misma Nochebuena en que, al hablar  
de Pablo en mi casa, cuando estábamos cenando, Carmen se echó a llorar. Pues bien: desde entonces su  
madre se puso a observarla día a día; y aunque de pronto no le siguió conociendo nada[6]  
extraordinario, después se persuadió de que su hija quería al mancebo. Y se persuadió, porque Carmen  
no quiso nunca oir hablar de casamiento, ni dió oídos a las propuestas que le hacían varios muchachos  
honrados y acomodados del pueblo. Cuando se hablaba de Pablo, Carmen se ponía descolorida, triste, y  
se retiraba a su cuarto; y en fin, no hablaba de él jamás, pero parece que no lo olvidó nunca.

Así ha pasado todo este tiempo; pero desde que volvió Pablo, mi sobrina ha perdido enteramente la  
tranquilidad: el día en que supo que estaba aquí, todos advertimos su turbación aunque no sabíamos  
bien si era la alegría, o el susto, o la sorpresa lo que la había puesto así. Después, cuando ha  
sabido la clase de vida que hace Pablo en la montaña, suspiraba, y a veces lloraba, hasta que por fin  
mi hermana se ha resuelto ahora a preguntarle con franqueza lo que tiene y si quiere a ese mancebo.  
Carmen le ha respondido que sí lo quiere; que lo ha querido siempre, y que por eso se halla triste;  
pero que cree que Pablo la ha de aborrecer ya, porque la ha de considerar como la causa de todos sus  
padecimientos, y eso lo indica el no querer venir al pueblo, ni verla para nada. Que ella desearía  
hablarle, sólo para pedirle perdón, si lo ha ofendido, y para quitarle del corazón esa espina, pues no  
estará contenta mientras él tenga rencor. Esto es lo que pasa, hermano; y ahora vengo a rogar a Vd.  
que vaya a ver a Pablo y lo obligue a venir, con el pretexto de la cena de pasado mañana, para que  
Carmen le hable, y se arregle alguna otra cosa, si es posible, y si el muchacho todavía la quiere;  
porque yo tengo miedo de que mi sobrina pierda la salud si no es así.

--Ya Vd. comprenderá, capitán, mi alegría: ni preparado por mí hubiera salido mejor esto. Aproveché  
una salida del pueblo para una confesión; corrí a la montaña; ví a Pablo; le insté por que viniera, y  
me lo ofreció ... extraño mucho que no haya cumplido.

Al decir esto el cura, un pastor atravesó el patio y vino a decir al cura y al alcalde que Pablo  
estaba descansando en la puerta del patio, porque habiendo estado muy enfermo y habiendo hecho el  
camino muy poco a poco, se había cansado mucho.

Un grito de alegría resonó por todas partes: el alcalde y el cura se levantaron para ir al encuentro  
del joven; la madre de Carmen se mostró muy inquieta, y ésta se puso a temblar, cubriéndose su rostro  
de una palidez mortal....

--Vamos, niña,--le dije,--tranquilícese Vd.; debe tener el corazón como una roca ese muchacho si no se  
muere de amor delante de Vd.

Carmen movió la cabeza con desconfianza, y en este instante el alcalde y el cura entraron trayendo del  
brazo--a un joven alto, moreno, de barba y cabellos negros que realzaba entonces una gran palidez, y  
en cuya mirada, llena de tristeza, podía adivinarse la firmeza de un carácter altivo.

Era Pablo.

Venía vestido como los montañeses, y se apoyaba en un bastón largo y nudoso.

--¡Viva Pablo!--gritaron los muchachos arrojando al aire sus sombreros; las mujeres lloraban, los  
hombres vinieron a saludarlo. El alcalde lo condujo a donde se hallaban su hermana y sobrina,  
diciéndole:

--Ven por acá, picaruelo, aquí te necesitan: si tienes buen corazón, nos has de perdonar a todos.

Pablo, al ver a Carmen, pareció vacilar de emoción, y se aumentó su palidez; pero reponiéndose, dijo  
todo turbado:

--¡Perdonar, señor! ¿y de qué he de perdonar? ¡Al contrario, yo soy quien tiene que pedir perdón de  
tanto como he ofendido al pueblo...!

Entonces se levantó Carmen, y trémula y sonrojada, se adelantó hacia el joven, e inclinando los ojos,  
le dijo:

--Sí, Pablo, te pedimos perdón; yo te pido perdón por lo de hace tres años ... yo soy la causa de tus  
padecimientos ... y por eso, bien sabe Dios lo que he llorado. Te ruego que no me guardes rencor.

La joven no pudo decir más, y tuvo que sentarse para ocultar su emoción y sus lágrimas.

Pablo se quedó atónito. Evidentemente en su alma pasaba algo extraordinario, porque se volvía de un  
lado y de otro para cerciorarse de que no estaba soñando. Pero un instante después, y oyendo que la  
madre de Carmen, con las manos juntas en actitud suplicante, decía:

--¡Pablo, perdónala!--dejó escapar de sus ojos dos gruesas lágrimas, e hizo un esfuerzo para hablar.

--Pero, señora,--respondió;--pero, Carmen; ¿quién ha dicho a Vds. que yo tenía rencor? ¿Y por qué  
había de tenerlo? Era yo vicioso, señor alcalde, y por eso me entregó Vd. a la tropa. Bien hecho: de  
esa manera me corregí y volví a ser hombre de bien. Era yo un ocioso y un perdido, Carmen: tu eres una  
niña virtuosa y buena, y por eso cuando te hablé de amor me dijiste que no me querías. Muy bien hecho;  
¿y qué obligación tenías tú de quererme? Bastante hacías ya, con no avergonzarte de oir mis palabras.  
Yo soy quien te pido perdón, por haber sido atrevido contigo, y por haber estorbado quizás en aquel  
tiempo que tu quisieras al que te dictaba tu corazón. Cuando yo considero esto, me da mucha pena.

--¡Oh! no, eso no, Pablo,--se apresuró a replicar la joven;--eso no debe afligirte, porque yo no  
quería a nadie entonces... ni he querido después--añadió avergonzada;--y si no, pregúntalo en el  
pueblo... te lo juro, yo no he querido a nadie....

--Más que a Vd., amigo Pablo,--me atreví yo a decir con resolución, e impaciente por acercar de una  
vez aquellos dos corazones enamorados.--Vamos,--añadí,--aquí se necesita un poco del carácter militar  
para arreglar este asunto. Vd. que lo ha sido, ayúdeme por su lado. Lo sé todo; sé que Vd. adora a  
esta niña, y da Vd. en ello prueba de que vale mucho. Ella lo ama a Vd. también, y si no que lo digan  
esas lágrimas[7] que derrama, y esos padecimientos que ha tenido desde que Vd. se fué a servir a la  
Patria. Sean Vds. felices ¡qué diantre!--ya era tiempo, porque los dos se estaban muriendo por no  
querer confesarlo.--Acérquese Vd., Pablo, a su amada, y dígale que es Vd. el hombre más feliz de la  
tierra: aparte Vd. esas manos, hermosa Carmen, y deje a este muchacho que lea en esos lindos ojos todo  
el amor que Vd. le tiene; y que el juez y el señor cura se den prisa por concluir este asunto.

Los dos amantes se estrecharon la mano sonriendo de felicidad, y yo recibí una ovación por mi pequeña  
arenga, y por mi manera franca de arreglar matrimonios. Los pastores cantaron y tocaron alegrísimas  
sonatas en sus guitarras, zampoñas y panderos; los muchachos quemaron petardos, y los repiques a vuelo  
con que en ese día se anuncia el toque del alba, invitando a los fieles a orar en las primeras horas  
del gran día cristiano, vinieron a mezclarse oportunamente al bullicioso concierto.

Al escuchar entonces el grave tañido de la campana, que sonaba lento y acompasado, indicando la  
oración, todos los ruidos cesaron; todos aquellos corazones en que rebosaban la felicidad y la ternura  
se elevaron a Dios con un voto unánime de gratitud, por los beneficios que se había dignado otorgar a  
aquel pueblo tan inocente como humilde.

Todos oraban en silencio: el cura prefería esto por ser más conforme con el espíritu de sinceridad que  
debe caracterizar el verdadero culto, y dejaba que cada cual dirigiese al cielo la plegaria que su fe  
y sus sentimientos le dictasen....

Así pues, todos, ancianos, mancebos, niños y mujeres oraban con el mayor recogimiento. El cura parecía  
absorto, derramaba lágrimas, y en su semblante honrado y dulce había desaparecido toda sombra de  
melancolía, iluminándose con una dicha inefable. El maestro de escuela había ido a arrodillarse junto  
a su mujer e hijos, que lo abrazaban con enternecimiento, recordando su peligro de hacía tres años; el  
alcalde, como un patriarca bíblico, ponía las manos sobre la cabeza de sus hijos, agrupados en su  
derredor; el tío Francisco y la tía Juana también, en medio de sus hijos, murmuraban llorando su  
oración; Gertrudis abrazaba a su hermosa hija, quien inclinaba la frente como agobiada por la  
felicidad, y Pablo sollozaba, quizás por la primera vez, teniendo aún entre sus manos la blanca y  
delicada de su adorada Carmen, que acababa de abrir para él las puertas del paraíso. Yo mismo olvidaba  
todas mis penas y me sentía feliz, contemplando aquel cuadro de sencilla virtud y de verdadera y de  
modesta dicha, que en vano había buscado en medio de las ciudades opulentas y en una sociedad agitada  
por terribles pasiones.

Cuando concluyó la oración del alba, la reunión se disolvió, nos despedimos del digno alcalde y de los  
futuros esposos,[8] quienes se quedaron con él a concluir la velada, así como otros muchos vecinos; y  
nos fuimos a descansar, andando apresuradamente, porque a esa hora, como era regular en aquellas  
alturas, durante el invierno, la nieve comenzaba a caer con fuerza, y sus copos doblegaban ya las  
ramas de los árboles, cubrían los techos pajizos de las cabañas y alfombraban el suelo por todas  
partes.

Al día siguiente aun permanecí en el pueblo, que abandoné el 26, no sin estrechar contra mi corazón  
aquel virtuosísimo cura a quien la fortuna me había hecho encontrar, y cuya amistad fué para mí de  
gran valía desde entonces.

Nunca, y Vd. lo habrá conocido por mi narración, he podido olvidar "aquella hermosa _Navidad_, pasada  
en las montañas."

Todo esto me fué referido la noche de Navidad de 1871 por un personaje, hoy muy conocido en México, y  
que durante la guerra de Reforma sirvió en las filas liberales: yo no he hecho más que trasladar al  
papel sus palabras.


Fin