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Benito Pérez Galdós - Doña Perfecta - 24

perfectaБенито Перес Гальдос - Донья Перфекта. Глава 24

Capítulo XXIV
La confesión

Entretanto Rosario, con el corazón hecho pedazos, sin poder llorar, sin poder tener calma ni
sosiego, traspasada por el frío acero de un dolor inmenso, con la mente pasando en veloz
carrera del mundo a Dios y de Dios al mundo, aturdida y medio loca, estaba a altas horas
de la noche en su cuarto, puesta de hinojos, cruzadas las manos, con los pies desnudos
sobre el suelo, la ardiente sien apoyada en el borde del lecho, a oscuras, a solas, en
silencio.
Cuidaba de no hacer el menor ruido, para no llamar la atención de su mamá, que
dormía o aparentaba dormir en la habitación inmediata. Elevó al cielo su exaltado
pensamiento en esta forma:
—Señor, Dios mío, ¿por qué antes no sabía mentir, y ahora sé? ¿Por qué antes
no sabía disimular y ahora disimulo? ¿Soy una mujer infame?... Esto que siento y que a mí
me pasa es la caída de las que no vuelven a levantarse... ¿He dejado de ser buena y
honrada?... Yo no me conozco. ¿Soy yo misma o es otra la que está en este sitio?... ¡Qué de
terribles cosas en tan pocos días! ¡Cuántas sensaciones diversas! ¡Mi corazón está
consumido de tanto sentir!... Señor, Dios mío, ¿oyes mi voz, o estoy condenada a rezar
eternamente sin ser oída?... Yo soy buena, nadie me convencerá de que no soy buena.
Amar, amar muchísimo, ¿es acaso maldad?... Pero no... esto es una ilusión, un engaño. Soy
más mala que las peores mujeres de la tierra. Dentro de mí una gran culebra me muerde y
me envenena el corazón... ¿Qué es esto que siento? ¿Por qué no me matas, Dios mío? ¿Por
qué no me hundes para siempre en el infierno?... Es espantoso, pero lo confieso, lo confieso
a solas a Dios, que me oye, y lo confesaré ante el sacerdote. Aborrezco a mi madre. ¿En
qué consiste esto? No puedo explicármelo. Él no me ha dicho una palabra en contra de mi
madre. Yo no sé cómo ha venido esto... ¡Qué mala soy! Los demonios se han apoderado de
mí. Señor, ven en mi auxilio, porque no puedo con mis propias fuerzas vencerme... Un
impulso terrible me arroja de esta casa. Quiero huir, quiero correr fuera de aquí. Si él no me
lleva, me iré tras él arrastrándome por los caminos... ¿Qué divina alegría es esta que dentro
de mi pecho se confunde con tan amarga pena?... Señor, Dios y padre mío, ilumíname.
Quiero amar tan sólo. Yo no nací para este rencor que me está devorando. Yo no nací para
disimular, ni para mentir, ni para engañar. Mañana saldré a la calle, gritaré en medio de
ella, y a todo el que pase le diré: amo, aborrezco... Mi corazón se desahogará de esta
manera... ¡Qué dicha sería poder conciliarlo todo, amar y respetar a todo el mundo! La
Virgen Santísima me favorezca... Otra vez la idea terrible. No lo quiero pensar, y lo pienso.
No lo quiero sentir, y lo siento. ¡Ah!, no puedo engañarme sobre este particular. No puedo
ni destruirlo ni atenuarlo... pero puedo confesarlo y lo confieso, diciéndote: Señor, que
aborrezco a mi madre.
Al fin se aletargó. En su inseguro sueño la imaginación le reproducía todo lo que había
hecho aquella noche, desfigurándolo sin alterarlo en su esencia. Oía el reloj de la catedral
dando las nueve; veía con júbilo a la criada anciana durmiendo con beatífico sueño, y salía
del cuarto muy despacito para no hacer ruido; bajaba la escalera tan suavemente, que no
movía un pie hasta no estar segura de poder evitar el más ligero ruido. Salía a la huerta,
dando una vuelta por el cuarto de las criadas y la cocina; en la huerta deteníase un
momento para mirar al cielo, que estaba tachonado de estrellas. El viento callaba. Ningún
ruido interrumpía el hondo sosiego de la noche. Parecía existir en ella una atención fija y
silenciosa, propia de ojos que miran sin pestañear y oídos que acechan en la expectativa de
un gran suceso... La noche observaba.
Acercábase después a la puerta-vidriera del comedor, y miraba con cautela a cierta
distancia, temiendo que la vieran los de dentro. A la luz de la lámpara del comedor veía a su
madre de espaldas. El Penitenciario estaba a la derecha y su perfil se descomponía de un
modo extraño; crecíale la nariz, asemejándose al pico de un ave inverosímil, y toda su
figura se tornaba en una recortada sombra negra y espesa, con ángulos aquí y allí, irrisoria,
escueta y delgada. Enfrente estaba Caballuco, más semejante a un dragón que a un
hombre. Rosario veía sus ojos verdes, como dos grandes linternas de convexos cristales.
Aquel fulgor y la imponente figura del animal le infundían miedo. El tío Licurgo y los otros
tres se le presentaban como figuritas grotescas. Ella había visto en alguna parte, sin duda
en los muñecos de barro de las ferias, aquel reír estúpido, aquellos semblantes toscos y
aquel mirar lelo. El dragón agitaba sus brazos; que en vez de accionar, daban vueltas como
aspas de molino, y revolvía los globos verdes, tan semejantes a los fanales de una farmacia,
de un lado para otro. Su mirar cegaba... La conversación parecía interesante. El
Penitenciario agitaba las alas. Era una presumida avecilla que quería volar y no podía. Su
pico se alargaba y se retorcía. Erizábansele las plumas con síntomas de furor, y después,
recogiéndose y aplacándose, escondía la pelada cabeza bajo el ala. Luego, las figurillas de
barro se agitaban queriendo ser personas, y Frasquito González se empeñaba en pasar por
hombre.
Rosario sentía pavor inexplicable en presencia de aquel amistoso concurso. Alejábase
de la vidriera y seguía adelante paso a paso, mirando a todos lados por si era observada.
Sin ver a nadie, creía que un millón de ojos se fijaban en ella... Pero sus temores y su
vergüenza disipábanse de improviso. En la ventana del cuarto donde habitaba el señor
Pinzón aparecía un hombre azul; brillaban en su cuerpo los botones como sartas de
lucecillas. Ella se acercaba. En el mismo instante sentía que unos brazos con galones la
suspendían como una pluma, metiéndola con rápido movimiento dentro de la pieza. Todo
cambiaba. De súbito, sonó un estampido, un golpe seco que estremeció la casa en sus
cimientos. Ni uno ni otro supieron la causa de tal estrépito. Temblaban y callaban.
Era el momento en que el dragón había roto la mesa del comedor.

 

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