Книга Ignacio Manuel Altamirano - La Navidad en las Montañas (глава 10)

navidad-en-las-montanasLa Navidad en las Montañas - Рождество в горах (Ignacio Manuel Altamirano)

Capítulo X

 

 

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--Pero he ahí las once y media,--dijo el cura al oir el alegre repique que anunciaba la _misa de  
gallo_.--Si Vd. gusta, nos dirigiremos a la iglesia, que no tardará en llenarse de gente.

Así lo hicimos: el cura se separó de mí para ir a la sacristía a ponerse sus vestidos sacerdotales. Yo  
penetré en la pequeña nave por la puerta principal, y me acomodé en un rincón desde donde pude  
examinarlo todo. El templo, en efecto, era pequeño como me lo había anunciado el cura: era una  
verdadera capilla rústica, pero me agradó sobremanera. El techo era de paja, pero las delgadas vigas  
que lo sostenían, colocadas simétricamente, y el tejido de blancos juncos que adhería a ellas la paja,  
estaba hecho con tal maestría por los montañeses, que presentaba un aspecto verdaderamente artístico.  
Las paredes eran blancas y lisas, y en las laterales, además de dos puertas de entrada, había una  
hilera de grandes ventanas, todo lo cual proporcionaba la necesaria ventilación....

* * * *

En la iglesia de aquel pueblecillo afortunado, y en presencia de aquel cura virtuoso y esclarecido,  
comprendí de súbito que lo que yo había creído difícil, largo y peligroso, no era sino fácil, breve y  
seguro, siempre que un clero ilustrado ... viniese en ayuda del gobernante.

He ahí a un sacerdote que había realizado en tres años lo que la autoridad civil sola no podrá  
realizar en medio siglo pacíficamente. Allí veía yo una casa de oración ...; allí el espíritu,  
inspirado por la piedad, podía elevarse, sin distracciones,... hacia el Creador para darle gracias y  
para tributarle un homenaje de adoración.

La pequeña iglesia no contenía más altares que el que estaba en el fondo, y que se hallaba a la sazón  
adornado con un Belén....

Las paredes, por todas partes, estaban lisas, y, entonces, los vecinos las habían decorado  
profusamente con grandes ramas de pino y de encina, con guirnaldas de flores y con bellas cortinas de  
heno, salpicadas de escarcha.

Noté, además, que, contra el uso común de las iglesias mexicanas, en ésta había bancos para los  
asistentes, bancos que entonces se habían duplicado para que cupiese toda la concurrencia, de modo que  
ninguno de los fieles se veía obligado a sentarse en el suelo sobre el frío pavimento de ladrillo. Un  
órgano pequeño estaba colocado a la puerta de entrada de la nave, y pulsado por un vecino, iba a  
acompañar los coros de niños y de mancebos que allí se hallaban ya, esperando que comenzara el oficio.

El altar mayor era sencillo y bello. Un poco más elevado que el pavimento, lo dividía de éste un  
barandal de cantería pintado de blanco. Seguía el altar, en el que ardían cuatro hermosos cirios sobre  
candeleros de madera, y en el fondo estaba el _Nacimiento_, es decir, un portalito rústico, con las  
imágenes, bastante bellas, de San José, de la Virgen y del Niño Jesús, con sus indispensables mula y  
toro, y pequeños corderos; todo rodeado de piedras llenas de musgo, de ramas de pino, de encina, de  
parásitas muy vistosas, de heno y de escarcha, que es, como se sabe, el adorno obligado de todo altar  
de Nochebuena.

Tanto este altar, como la iglesia toda, estaban bien iluminados con candelabros, repartidos de trecho  
en trecho, y con dos lámparas rústicas, pendientes de la techumbre.

A las doce, y al sonoro repique a vuelo de las campanas, y a los acentos melodiosos del órgano, el  
oficio se comenzó. El cura, revestido con una alba muy bella y una casulla modesta, y acompañado de  
dos acólitos vestidos de blanco, comenzó la misa. El incienso, que era compuesto de gomas olorosísimas  
que se recogían en los bosques de la tierra caliente, comenzó a envolver con sus nubes el hermoso  
cuadro del altar; la voz del sacerdote se elevó suave y dulce en medio del concurso, y el órgano  
comenzó a acompañar las graves y melancólicas notas del canto llano, con su acento sonoro y  
conmovedor.

Yo no había asistido a una misa desde mi juventud, y había perdido con la costumbre de mi niñez la  
unción que inspiran los sentimientos de la infancia, el ejemplo de piedad de los padres y la fe  
sencilla de los primeros años.

Así es que había desdeñado después asistir a estas funciones, profesando ya otras ideas y no hallando  
en mi alma la disposición que me hacía amarlas en otro tiempo.

Pero entonces, allí, en presencia de un cuadro que me recordaba toda mi niñez, viendo en el altar a un  
sacerdote digno y virtuoso, aspirando el perfume de una religión pura y buena, juzgué digno aquel  
lugar de la Divinidad; el recuerdo de la infancia volvió a mi memoria con su dulcísimo prestigio, y  
con su cortejo de sentimientos inocentes; mi espíritu desplegó sus alas en las regiones místicas de la  
oración, y oré, como cuando era niño.

Parecía que me había rejuvenecido; y es que cuando uno se figura que vuelven aquellos serenos días de  
la niñez, siente algo que hace revivir las ilusiones perdidas, como sienten nueva vida las flores  
marchitas al recibir de nuevo el rocío de la mañana.

* * * *

La misa, por lo demás, nada tuvo de particular para mí. Los pastores cantaron nuevos villancicos,  
alternando con los coros de niños que acompañaba el órgano.

El cura, una vez concluido el oficio, vino a hacer en lengua vulgar[1], delante del concurso, la  
narración sencilla del Evangelio sobre el nacimiento de Jesús. Supo acompañarla de algunas reflexiones  
consoladoras y elocuentes, sirviéndole siempre de tema la fraternidad humana y la caridad, y se alejó  
del presbiterio, dejando conmovidos a sus oyentes.

El pueblo salió de la iglesia, y un gran número de personas se dirigió a la casa del alcalde. Yo me  
dirigí también allá con el cura.