Книга Ignacio Manuel Altamirano - La Navidad en las Montañas (глава 5)

navidad-en-las-montanasLa Navidad en las Montañas - Рождество в горах (Ignacio Manuel Altamirano)

Capítulo V

 

 

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-Vine al país de Vd.,--me dijo,--muy joven y destinado al comercio, como muchos de mis compatriotas.  
Tenía yo un tío en México bastante acomodado, el cual me colocó en una tienda de ropas; pero notando  
algunos meses después de mi llegada que aquella ocupación me repugnaba sobre manera, y que me  
consagraba con más gusto a la lectura, sacrificando a esta inclinación aun las horas de reposo,  
preguntóme un día si no me sentía yo con más vocación para los estudios. Le respondí, que en efecto la  
carrera de las letras me agradaba más; que desde pequeño soñaba yo con ser sacerdote, y que si no  
hubiese tenido la desgracia de quedar huérfano de padre y madre en España, habría quizás logrado los  
medios de alcanzar allá la realización de mis deseos. Debo decir a Vd. que soy oriundo de la provincia  
de Álava,[1] una de las tres vascongadas, y mis padres fueron honradísimos labradores, que murieron  
teniendo yo muy pocos años, razón por la cual una tía a cuyo cargo quedé se apresuró a enviarme a  
México, donde sabía que mi susodicho tío había reunido, merced a su trabajo, una regular fortuna. Este  
generoso tío escuchó con sensatez mi manifestación, y se apresuró a colocarme con arreglo a mis  
inclinaciones. Entré en un colegio, donde, a sus expensas, hice mis primeros estudios con algún  
provecho. Después, teniendo una alta idea de la vida monacal, que hasta allí sólo conocía por los  
elogios interesados que de ella se hacían y por la poética descripción que veía en los libros  
religiosos, que eran mis predilectos, me puse a pensar seriamente en la elección que iba a hacer de la  
Orden regular en que debía consagrarme a las tareas apostólicas, sueño acariciado de mi juventud; y  
después de un detenido examen me decidí a entrar en la religión de los Carmelitas[2] descalzos.  
Comuniqué mi proyecto a mi tío, quien lo aprobó y me ayudó a dar los pasos necesarios para arreglar mi  
aceptación en la citada Orden. A los pocos meses era yo fraile; y previo el noviciado[3] de rigor,  
profesé y recibí las órdenes sacerdotales, tomando el nombre de fray José de San Gregorio, nombre que  
hice estimar, señor capitán, de mis prelados y de mis hermanos todos, durante los años que permanecí  
en mi Orden, que fueron pocos.

Residí en varios conventos, y con gran placer recuerdo los hermosos días de soledad que pasé en el  
pintoresco Desierto de Tenancingo,[4] en donde sólo me inquietaba la amarga pena de ver que perdía en  
el ocio una vida inútil, el vigor juvenil que siempre había deseado consagrar a los trabajos de la  
propaganda evangélica.

Conocí entonces, como Vd. supondrá, lo que verdaderamente valían las órdenes religiosas en México;  
comprendí, con dolor, que habían acabado ya los bellos tiempos en que el convento era el plantel de  
heroicos misioneros que a riesgo de su vida se lanzaban a regiones remotas a llevar con la palabra  
cristiana la luz de la civilización, y en que el fraile era ... el apóstol laborioso que iba a la  
misión lejana a ceñirse la corona de las victorias evangélicas, reduciendo al cristianismo a los  
pueblos salvajes, o la del martirio, en cumplimiento de los preceptos de Jesús.

Varias veces rogué a mis superiores que me permitieran consagrarme a esta santa empresa, y en  
tantas[5] obtuve contestaciones negativas y aun extrañamientos, porque se suponían opuestos a la regla  
de obediencia mis entusiastas propósitos. Cansado de inútiles súplicas, y aconsejado por piadosos  
amigos, acudí a Roma pidiendo mi exclaustración, y al cabo de algún tiempo el Papa me la concedió en  
un Breve, que tendré el placer de enseñar a Vd.

Por fin iba a realizar la constante idea de mí juventud; por fin iba a ser misionero y mártir de la  
civilización cristiana. Pero ¡ay! el Breve pontificio llegó en un tiempo en que atacado de una  
enfermedad que me impedía hacer largos viajes, sólo me dejaba la esperanza de diferir mi empresa para  
cuando hubiese conseguido la salud.

Esto hace tres años. Los médicos opinaron que en este tiempo podía yo sin peligro inmediato  
consagrarme a las misiones lejanas, y entretanto, me aconsejaron que dedicándome a trabajos menos  
fatigosos, como los de la cura de almas en un pueblo pequeño y en un clima frío, procurase conjurar el  
riesgo de una muerte próxima.

Por eso mi nuevo prelado secular me envió a esta aldea, donde he procurado trabajar cuanto me ha sido  
posible, consolándome de no realizar aún mis proyectos, con la idea de que en estas montañas también  
soy misionero, pues sus habitantes vivían, antes de que yo viniese, en un estado muy semejante a la  
idolatría y a la barbarie. Yo soy aquí cura y maestro de escuela, y médico y consejero municipal.  
Dedicadas estas pobres gentes a la agricultura y a la ganadería, sólo conocían los principios que una  
rutina ignorante les había trasmitido, y que no era bastante para sacarlos de la indigencia en que  
necesariamente debían vivir, porque el terreno por su clima es ingrato, y por su situación lejos de  
los grandes mercados no les produce lo que era de desear. Yo les he dado nuevas ideas, que se han  
puesto en práctica con gran provecho, y el pueblo va saliendo poco a poco de su antigua postración.  
Las costumbres, ya de suyo inocentes, se han mejorado; hemos fundado escuelas, que no había, para  
niños y para adultos; se ha introducido el cultivo de algunas artes mecánicas, y puedo asegurar a Vd.,  
que sin la guerra que ha asolado toda la comarca, y que aun la amenaza por algún tiempo, si el cielo  
no se apiada de nosotros, mi humilde pueblecito llegará a disfrutar de un bienestar que antes se creía  
imposible.

En cuanto a mí, señor, vivo feliz, cuanto puede serlo un hombre, en medio de gentes que me aman como a  
un hermano; me creo muy recompensado de mis pobres trabajos con su cariño, y tengo la conciencia de no  
serles gravoso, porque vivo de mi trabajo, no como cura, sino como cultivador y artesano; tengo  
poquísimas necesidades y Dios provee a ellas con lo que me producen mis afanes. Sin embargo, sería  
ingrato si no reconociese el favor que me hacen mis feligreses en auxiliar mi pobreza con donativos de  
semillas y de otros efectos que, sin embargo, procuro que ni sean frecuentes ni costosos, para no  
causarles con ellos un gravamen que justamente he querido evitar, suprimiendo las obvenciones  
parroquiales, usadas generalmente.

--¿De manera, señor cura,--le pregunté,--que Vd. no recibe dinero por bautizos, casamientos, misas y  
entierros?

--No, señor, no recibo nada, como va Vd. a saberlo de boca de los mismos habitantes. Yo tengo mis  
ideas, que ciertamente no son las generales; pero que practico religiosamente.... Si conozco que un  
sacerdote que se consagra a la cura de almas debe vivir de algo, considero también que puede vivir sin  
exigir nada, y contentándose con esperar que la generosidad de los fieles venga en auxilio de sus  
necesidades. Así creo que lo quiso Jesucristo, y así vivió él; ¿por qué, pues, sus apóstoles no habían  
de contentarse con imitar a su Maestro, dándose por muy felices de poder decir que son tan ricos como  
él?

Y no pude contenerme al oir esto; y deteniendo mi caballo, quitándome el sombrero, y no ocultando mi  
emoción que llegaba hasta las lágrimas, alargué una mano al buen cura, y le dije:

--Venga esa mano, señor, Vd. no es un fraile, sino un apóstol de Jesús.... Me ha ensanchado Vd. el  
corazón; me ha hecho Vd. llorar.... Señor, le diré a Vd. francamente y con mi rudeza militar y  
republicana, yo he detestado desde mi juventud a los frailes y a los clérigos; les he hecho la guerra;  
la estoy haciendo todavía en favor de la Reforma, porque he creído que eran una peste; pero si todos  
ellos fuesen como Vd., señor, ¿quién sería el insensato que se atreviese, no digo a esgrimir su espada  
contra ellos, pero ni aun a dejar de adorarlos? ¡Oh, señor! yo soy lo que el clero llama un hereje, un  
impío, un _sansculote_; pero yo aquí digo a Vd., en presencia de Dios, que respeto las verdaderas  
virtudes cristianas.... Así, venero la religión de Jesucristo, como Vd. la practica, es decir, como él  
la enseñó, y no como la practican en todas partes. ¡Bendita Navidad ésta que me reservaba la mayor  
dicha de mi vida, y es el haber encontrado a un discípulo del sublime Misionero, cuya venida al mundo  
se celebra hoy! Y yo venía triste, recordando las Navidades pasadas en mi infancia y en mi juventud, y  
sintiéndome desgraciado por verme en estas montañas solo con mis recuerdos! ¿Qué valen aquellas  
fiestas de mi niñez, sólo gratas por la alegría tradicional y por la presencia de la familia? ¿Qué  
valen los profanos regocijos de la gran ciudad, que no dejan en el espíritu sino una pasajera  
impresión de placer? ¿Qué vale todo eso en comparación de la inmensa dicha de encontrar la virtud  
cristiana, la buena, la santa, la modesta, la práctica, la fecunda en beneficios? Señor cura,  
permítame Vd. apearme y darle un abrazo y protestarle que amo el cristianismo cuando lo encuentro tan  
puro como en los primeros y hermosos días del Evangelio.

El cura se bajó también de su pobre caballejo, y me abrazó, llorando y sorprendido de mi arranque de  
sincera franqueza. No podía hablar por su emoción, y apenas pudo murmurar, al estrecharme contra su  
pecho:

--Pero, señor capitán ... yo no merezco ... yo creo que cumplo ... esto es muy natural; yo no soy nada  
... ¡qué he de ser yo! ¡Jesucristo! ¡Dios! ¡el pueblo!