9. El colchón de plumas (с комментариями на русском)

Глава 9. Перьевая подушка

Leo, Juan y yo decidimos que lo mejor por el momento, era dejar que los
ánimos se calmaran. Así que hicimos lo posible por portamos como a la tía
Gertrudis le gusta que lo hagamos: como idiotas.
Una sola cosa no dejé de hacer: entrenar.
Primero pensé hacerlo sin que nadie se enterara, pero al final no me aguanté
las ganas, y le conté a mamá y a papá lo de Internet.
Fue durante la cena del día que llegó la Gertrudis. Ella también estaba, escuchó
todo y no abrió la boca. Me pareció bien, porque no era con ella la
conversación.
Mis padres estaban contentísimos con mi decisión.
Al otro día, papá ya se enteró de un montón de cosas. Había estado
averiguando por todos lados.
Fue a un club, me inscribió y habló con una entrenadora.
A partir de ese momento, comencé a entrenar tres horas por semana para las
carreras. ¡Una pasada! (одна неделя уже прошла)
Claro que algunas veces cuando algo no me sale bien, me da rabia, digo que
no quiero seguir más y me voy a casa furioso. Pero se me pasa enseguida (это у меня быстро проходит) y
vuelvo a la clase siguiente.
Mi entrenadora dice que es normal que me enoje, pero que siga adelante. Y yo
sigo.
Nadie de mi colegio sabía que estaba entrenando. Sólo Fran porque es mi
mejor amigo y no es un chivato.
Dos días después de que mi abuelo se fuera al pueblo, inauguramos la
biblioteca del colegio con tartas que hicieron las madres, zumos y un discurso (речь)
de la Directora que fue bastante aburrido. De todas maneras la aplaudimos
para que se quedara contenta.
Brindamos con refrescos y nos prestaron un libro a cada alumno.
Yo elegí uno que estaba medio escondido, y que es de cuentos de locos y de
terror. Además tenía pocas páginas.
A mi mucho, mucho, no me gustaba leer (мне очень не нравилось читать) pero igual ése sí me lo leía (а эту я все равно прочитал) porque
eran cuentos bastante cortos.
Lo dejaría para cuando lloviera. (Tenía la esperanza de que lloviera esa
semana porque había que devolver (я должен был вернуть) el libro en siete días).
Habían pasado casi cuatro días desde que me prestaron el libro cuando
comenzó a llover.
Fue una tormenta de esas con viento, relámpagos y truenos.
Imposible entrenar. Del colegio llamaron para decir que no fuéramos porque se
había inundado (ее затопило).
Mis hermanos pidieron permiso para ir a casa de sus amigos y los dejaron ir (должно быть les).
Yo me quedé en casa.
Le dije a mamá que quería leerme el libro y quedó contentísima.
–Te haré compañía – comentó la Tía Gertrudis que no creyó que fuera a leer –
Mientras tú estudias, yo tejeré (я повяжу).
–No es un libro de estudiar. Es un libro para pasarlo bien.
–Pues deberías dedicarte a estudiar y… - ni caso le hice a la Gertrudis. Seguí
hablando con mi mamá.
–¿Un libro para pasarlo bien?
–Sí, mami. Dice la señorita Alejandra que leer es divertido.
–Pues pásatelo muy bien (ну, проведи его хорошо), cariño. Después me cuentas.
Mi madre es genial, se cree todo lo que dice la señorita Alejandra.
A mí me parecía una exageración eso de que “leer es divertido”, pero por si
acaso (на всякий случай), abrí el libro.
De todas maneras, si me aburría mucho, lo dejaba y me veía una de aventuras.
Total, la Señorita dice que no es malo dejar un libro aburrido por la mitad (скучную книгу не плохо оставить посредине).
Cuando comentó eso, yo le dije que los libros de texto eran horribles, y me
respondió que ésos no cuentan (эти не считаются). ¡Qué listilla!
Busqué en el índice y comprobé que el libro tenía doce cuentos.
Era difícil decidirse (принять решение) por los títulos, así que lo hice con los ojos cerrados
señalando con el dedo.
Abrí los ojos. Mi dedo apuntaba a “El almohadón de plumas”.
¡Qué chorrada de título (загадочное название (ср. «шарада»)! Daba igual, si no me gustaba, buscaría otro.
Dije que no me gustaba leer, y es cierto. Dije que creía que la Señorita
Alejandra exageraba cuando decía que era divertido leer un libro y es mentira.
Estaba leyendo ese cuento y no me lo podía creer. ¡Ese tío era genial!
Al principio parecía un cuento aburrido y casi lo dejo, pero como la tía Gertrudis
me estaba observando, seguí un poco más.
La historia iba de un hombre y una mujer que se casan. Ella es muy infeliz
porque el marido no le dice que la quiere y todas esas cosas. Un día ella se
enferma tanto que no quiere salir de su habitación, pasa acostada y ni quiere
que le cambien las sábanas ni el almohadón. Nada. Al final se muere, y cuando
van a cambiar cama, el almohadón pesa tanto que todos se asustan. Entonces
viene el marido que se quedó viudo, saca un cuchillo, abre el almohadón y sale
un bicho asqueroso (противный зверь) lleno de sangre. Entonces se dan cuenta que le había
estado chupado la sangre a la tía que se murió. Pero para mí alucine total, ¡Ése
bicho existe! No se lo inventó el escritor. ¡Qué va! El bicho monstruoso, que es
un piojo, vive en las plumas de las gallinas. ¡Un verdadero monstruo
microscópico que se hace gigante bebiendo sangre humana!
¡Cuando se lo contara a mis hermanos iban a flipar (они будут в шоке)!
Mis hermanos llamaron por teléfono pidiendo permiso para pasar la noche en
casa de sus amigos. “Ningún problema porque es una familia conocida;
además es viernes y mañana no hay colegio”, dijo mi papá.
Cenamos los cuatro solos, incluyendo a la Tía Gertrudis.
Afuera llovía fuerte. Los cristales estaban empañados. De vez en cuando se
escuchaba un trueno.
No pasaba nada, era sólo una tormenta.
–Has pasado una tarde muy atareada, Tía. ¿Qué tejías? – preguntó mamá
que siempre quiere enterarse de todo.
–La funda de un almohadón (чехол на подушку). Pensaba que…
–¿Un almohadón de plumas?
Otra vez me estaba metiendo en una conversación de mayores. Pero no pude
aguantarme la pregunta (я не мог стерпеть и не спросить). Me parecía una extraña coincidencia.
La Tía Gertrudis me miró por encima de sus gafas. Achinó los ojos y sonrió.
–No lo sé. Puede ser. Aunque sería un poco costoso (дороговато)… ¿Por qué? Te gustaría
un almohadón de plumas.
–¡NO! Yo no uso almohadones – respondí de inmediato. ¿Qué pretendía
aquella bruja?
–¿Por qué no?… estarías más cómodo si pusieras un almohadón en tu silla.
–¡Estoy muy cómodo así como estoy! – grité asustado – y... ¡No quiero
almohadones en mi silla!
–Pedro, cariño. ¿Te sientes bien? Esas no son maneras de responderle a la
Tía.
–Por supuesto que se siente bien, Lucía. Es solo la tormenta que nos pone a
todos un poco nerviosos, ¿verdad, Pedro?
La bruja me miraba a los ojos mientras hablaba y yo no podía bajar los míos.
Quería avisarles a mamá y papá de que mi vida estaba en peligro. Se me
ocurrió pedirles que por esa noche se acostaran en mi cuarto, conmigo. Y sobre
todo ¡Que no se durmieran! ¡Que hicieran turnos de guardia para vigilar!
¡Imposible! No podía hablar. Se me secó la garganta y me corría una gota de
sudor por la frente.
Mi padre, mi madre y la Gertrudis me observaban.
Papá me miraba distraído, mi madre preocupada y la tía Gertrudis…
amenazadora, como siempre.
Seguí mudo.
De pronto un trueno gigantesco hizo temblar las ventanas, y se cortó la luz (и вырубило свет).
-¡AH! – grité.
-Tranquilo, cariño. Es sólo un corte de luz. Voy a por velas (пойду за свечами).
La voz de mamá siempre me tranquiliza. Y la mano de papá también.
Al encender las velas, papá tenía mis manos entre las suyas. ¡Fuera de Peligro!
Papá aceptó dormir en la cama de mi hermano Juan. Tía Gertrudis protestó
diciendo que ya estaba grandecito para sentir miedo, pero mamá estuvo de
acuerdo con mi padre porque a ella las tormentas tampoco le gustan.
Me sentí más tranquilo. Al menos por esta noche estaría a salvo.
Dormí mal. Sé que tuve sueños raros, pero no los puedo recordar.
Me desperté a medianoche y también de madrugada.
Fue una noche muy larga, pero al final paró la lluvia y comenzó a amanecer.
Desayuné muy temprano y volví a leer.
Como era sábado, no tenía prisa.
Los sábados no entreno, juego al baloncesto con mis hermanos pero ese
sábado era imposible, había demasiado barro y era peligroso.
Además mis hermanos no habían regresado.
Leo y Juan llegaron al mediodía, con la ropa manchada de barro y las
deportivas sucias.
“¡Son las deportivas nuevas!” - se quejó mamá. Se puso furiosa y los castigó.
Nada de paseos ni de televisión en todo el fin de semana.
–Y ahora quién es el memo? – le pregunté a mi hermano Leo – A ver cómo te
las apañas ahora (посмотрим, как ты теперь запоешь), listillo. Estás castigado. ¡Ja!
–Vete al…!
–Sh! Ahí viene mamá – dijo Juan y puso cara de arrepentido cuando llegó mi
madre con el cesto para la colada (корзина для постиранного белья).
–i quieres lo hacemos nosotros, mami.
–Рor supuesto que lo van a hacer ustedes. ¡A trabajar!
Mis hermanos cogieron el cesto y fueron hacia el trastero. Yo también me iba al
trastero cuando mi madre intervino.
–Tú no tienes por qué ir, Pedro.
–No me importa, mami.
–Está bien. Allá tú, pero nada de jueguitos, que tus hermanos están
castigados.
–Lucía, querida, no deberías dejar que hagan de la reprimenda (чтобы из наказания делали..) una excusa
para una reunión – salió diciendo la metiche (зд. вездесущая) de la Tía Gertrudis - Así no
escarmentarán nunca (они никогда не усвоят урок).
Por suerte mamá es grande, y hace lo que se le antoja.
Dijo que podíamos ir juntos y punto.
Mientras hacíamos la colada, puse al tanto a mis hermanos sobre el cuento que
leí y lo que sucedió con la tía Gertrudis.
Juan y Leo no hicieron ningún comentario ni preguntaron nada. Estaba todo
muy claro. Yo sería la primera víctima.
–Si al menos estuviera aquí el abuelo, sabría qué hacer…
–Pero no está. Sigue en el pueblo, con sus burros, sus patos y sus galli…
–¡Gallinas! – dijimos los tres a la vez.
–¿Cuántas gallinas tiene el abuelo? – preguntó Leo.
–Pues… como treinta.
–Eso era antes, ahora debe tener unas quince o veinte – aseguró Juan.
Juan y Leo no sabían nada de nada.
–Tiene treinta y cinco gallinas y dos gallos – les dije.
–¿En serio?
–Sí.
–¿Y cuántas plumas tiene una gallina?
–Mil, creo – respondí haciéndome el sabelotodo.
–Mil plumas – anotó en su libreta mi hermano Leo, que como quiere ser
ingeniero siempre lleva una libretita y un boli en el bolsillo de los pantalones,
para no perderse ni una oportunidad para hacer cálculos.
–Mil… plumas tiene una gallina, y cada una tiene un piojo… son mil piojos…
hay treinta y cinco gallinas… total que son... ¡Treinta y cinco mil piojos!
–Suficientes para dejarla seca en quince minutos – comentó Leo muy serio.
–¿No será demasiado? – dudó Juan.
–Y no te olvides de los dos gallos – añadí.
–¿Y cuántas plumas tiene un gallo? – preguntó Leo.
–Da igual – dijo Juan, que ya no tenía ninguna duda – hay suficientes piojos
para un buen colchón de plumas. Creo la tía Gertrudis dormirá de miedo en
su nuevo colchón.
Lo escuché decir eso y se me pusieron los pelos de punta (волосы встали дыбом). No podía dejar de
imaginarme las bocas de esos bichos chupando la sangre de la Tía Gertrudis.
¡Shuik, Shuik! (ням, ням)
Más tarde llamamos por teléfono al abuelo desde una cabina y le contamos
nuestro plan.
–¿De qué te ríes abuelo?
–…
–Te lo estoy diciendo en serio, estamos los tres de acuerdo.
Mi hermano Juan era el que hablaba y nos iba contando lo que el abuelo le
respondía.
–Dice que estamos locos. Se ríe tanto que no me escucha.
–Abuelo… ¿puedes dejar de reír?
–…
–¿Nos vas a ayudar o no?
–…
–Pedro, háblale tú que a mí no me escucha – y me pasó el auricular mientras
ponía otra moneda.
–Abuelo, esto es grave – le dije - Soy su próxima víctima. Ella está dispuesta
a utilizar el mismo método conmigo. Me dijo que me iba a regalar un
almohadón para mi silla, abu. Y me preguntó que si lo quería de plumas…
–Pero Hijo, qué cosas tienes. Gertrudis es una vieja gruñona pero no una
asesina. ¿En qué estáis pensando?
–Es la verdad. Y si no nos ayudas, cuando regreses será demasiado tarde.
–Mira, Pedro. Tú y tus hermanos tranquilizaos. No sucederá nada. El
problema de Gertrudis es que es una metiche, nada más. Ninguno de
vosotros está en peligro de muerte… ¡Ay! Ja, ja, ja
–¿Y? – me preguntaron Leo y Juan.
–Dice que es mala pero no tanto.
–¿Qué hacemos?
–Pedro… Pedro, ¿Sigues en línea?
–Sí, abuelo.
–Escucha. Quiero que os tranquilicéis…
–Está bien. Pero vuelve pronto, ¿vale?
–…
Colgué el teléfono y sentí que las cosas no podían ir peor. Abuelo no nos daría
ni una sola pluma. Ni siquiera nos creyó.
Camino de casa les conté a mis hermanos las instrucciones del abuelo.
Tampoco ellos estaban de acuerdo con él. Decidimos no seguir sus consejos y
tratar de conseguir las plumas en el mercado.
De las diez plumas que conseguimos, ninguna tenía un piojo. Las observamos
en el microscopio de Juan, pero estaban sólo sucias.
Supusimos que a los piojos no les gustaban las gallinas de la ciudad.
De todas maneras no hizo falta llevar a cabo nuestro plan, ni ningún otro,
porque la tía Gertrudis, así como vino, se fue.
Es verdad. Una tarde, después de la siesta, bajó con su maleta.
–Me voy – dijo -. Lucía, has sido muy amable en dejarme pasar estos días en
tu casa. Tienes una familia encantadora y unos hijos un poco extraños pero
bastante agradables. Espero sepas educarlos bien.
–Pero cómo que te vas, Tía. Así, de un momento para otro… esto es muy
extraño… ¿Estás a disgusto? ¿Qué ha pasado? – mamá nos miró disgustada.
Nosotros disimulamos la alegría poniendo cara de pena, pero no mucha.
–Tía Gertrudis, ¿es por nosotros? – le pregunté.
–No, Pedro. Es por mí.
–No te entiendo.
–Vine porque me sentía un poco sola, pero ya no quiero molestaros más.
Cada cual debe tener su vida.
–A nosotros no nos molestas – mentí porque me sentí un poco culpable.
–Me lo imagino. ¿Por eso has dejado una pluma de gallina sobre mi
almohada cada noche?
Me puse muy colorado. Mis hermanos me miraron sorprendidos.
¡Me había descubierto!
–¿Qué es eso de una pluma? – quiso saber mamá.
–Una historia muy interesante que tiene que ver con almohadones y plumas.
–¿La conoces? - pregunté.
Eso sí que era una sorpresa. A ver si la autora del libro resultaba ser la Tía
Gertrudis, y había usado un nombre falso para despistar.
–Era mi preferido en el instituto. Mi padre no me dejaba leer ese tipo de
historias por eso me escondía detrás de la casa para leerlo. Después me
daba un miedo terrible y pasaba la noche en vela.
Por primera vez vimos a la Tía Gertrudis sonreír con los ojos y la boca a la vez.
–¡Cómo pasa el tiempo…! Bueno, queridos, me voy.
–Tía Gertrudis, ya no me pareces una vieja tan bruja – se me escapó.
–Te equivocas. Soy Vieja y un poco bruja. Hazme un favor, dile de mi parte a
tu abuelo que la próxima vez no se librará de mí tan fácilmente, tenemos
una conversación pendiente.
–¿Qué conversación?
–Lucía, a ver si le enseñas a tus hijos que es de mala educación meterse en
asuntos de adultos – protestó.
Nos dio un beso a cada uno y se fue.
Quedamos en silencio.
Mamá comentó que la Tía Gertrudis era una excéntrica.
Yo no sé lo que quiso decir pero si ella lo dijo, debe ser cierto.